Alba Rodríguez: la historia de una artista callejera

Alba Rodríguez: la historia de una artista callejera

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viernes, 13 noviembre 2020
Entrevistas

Por: Andrés Julián Galeano

Unab Radio · La historia de una artista callejera – Entrevista Alba Rodríguez

La música está en todos los lugares y la calle no es la excepción. Ese lugar se ha convertido en un escenario en el que miles de músicos callejeros cantan y tocan sus instrumentos a lo largo del día.

Estos artistas tienen un público especial: los cientos de transeúntes que,
diariamente, se desplazan por los diferentes parques o vías de la ciudad.
A esos hombre, mujeres y niños, son las personas a los que los cantantes de la calle le interpretan sus canciones y de los cuales ellos esperan ser
recompensados, no con aplausos, pero sí con algún par de monedas.

Uno de esos artistas es Alba Rodríguez, una cantante de 27 años que durante largas jornadas se sitúa sobre la carrera 27 con 56 y canta con su micrófono y parlante mientras el semáforo cambia de color.

Alba nació en Venezuela, específicamente en el Estado Cojedes, ubicado al
noroeste del país. Pero, desde hace dos años y medio, cruzó la frontera y llegó a Bucaramanga junto a su esposo en busca de una mejor estabilidad económica para ellos y para sus dos hijos. Alba afirma que la decisión de quedarse en la capital santandereana fue debido al querer vivir en un lugar en donde el sentimiento de odio hacia los extranjeros no estuviera tan presente.

“En realidad no teníamos como una meta definida. O sea, hacia dónde ir, no
sabíamos hacia dónde. No queríamos ir tampoco hacia dónde estuviera muy abarrotado de venezolanos por la cuestión de la xenofobia o del maltrato. Entonces queríamos quedarnos como en una ciudad neutra y bonita, entonces nos pareció Bucaramanga que era bien y por eso decidimos quedarnos aquí”.

Su vida antes de llegar a Colombia era completamente diferente. Alba estudió derecho en la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora y durante un tiempo trabajó en un despacho de abogados. Pero por el nacimiento de su hijo Luciano decidió renunciar.
Por lo que, debido a la falta de oportunidades y a la dificultad de solventar las necesidades básicas de su primer bebé, Alba decidió dejar a su hijo junto a su madre y, como miles de venezolanos, migrar hacia un nuevo país.
Ella asegura que el poder salir de su patria fue sencillamente un milagro, pues muchas personas no podían hacerlo por la falta de documentos.

“Veníamos tres amigas y a una de ellas la regresaron. Nosotros nos asustamos y así como que no, no vamos a pasar, no vamos a pasar. Entonces yo mostré solamente la cédula y la chica de migración me dijo como que sí, pasa, y yo, así como que no lo puedo creer, ya crucé, esta es una bendición de Dios. Gracias Dios por hacerme invisible. O sea, para mí, eso fue un milagro porque a muchos nos regresaban.”

Sin embargo, Bucaramanga no fue la primera ciudad que la recibió luego de
cruzar el Puente Internacional Simón Bolívar completamente indocumentada. El primer territorio al que llegó Alba junto a su amiga fue a Cúcuta y su primer trabajo fue como vendedora de café.

Pero al no contar con la experiencia para ofrecer ni con mucho dinero para pagar un hospedaje, durante los primeros días Alba y su amiga durmieron en las calles de la ciudad.

Alba manifiesta que el vivir esa experiencia fue aterradora debido a que nunca antes había estado en esa situación.

“Fue horrible porque nosotras nunca en la vida habíamos pasado por eso.
Nosotras caminábamos entre buscando trabajo y vendiendo café y con los bolsos encima, con lo poco que nos quedó”.

Mientras caminaban por las calles de Cúcuta, Alba y su amiga llegaron a una iglesia en donde el pastor las invitó a que narraran la difícil situación por la que estaban pasando.

Dicha historia conmovió tanto a los feligreses que, muchas de ellos, les
colaboraron económicamente y, gracias a ese acto, Alba y su amiga recolectaron $170.000 que los utilizaron para arrendar una habitación y emprender un nuevo negocio: la venta de ropa.

Pero con el tiempo, el negocio tampoco prosperó. Así que juntas tomaron la
decisión de trabajar vendiendo dulces y cantando en el transporte público. Alba apunta que la necesidad fue la principal razón por la que decidieron hacerlo.

“No nos quedó de otra porque obviamente teníamos que pagar el arriendo,
teníamos que comer, no queríamos volver a las calles. O sea, era horrible.
Entonces, bueno, tomamos la valentía y nos subimos a un bus. El primer día, yo creo que la primera venta y nos echamos a llorar. Eso nosotras llorábamos demasiado. Fue horrible”.

En comparación con los otros negocios, ese trabajo hizo que las dos amigas
tuvieran un poco de estabilidad económica, la situación había comenzado a
mejorar. En ese momento Alba conoció a Israel, un cantante que actualmente es su pareja y padre de su hijo menor. Pero mientras una persona llegaba a su vida, otra se iba, y esa era precisamente su compañera de viaje. Ella había tomado la decisión de trasladarse a Perú e Israel y Alba a Bucaramanga.

Por lo tanto, la pareja emprendió su viaje a pie, pues no tenían dinero para
comprar los pasajes. Pero estando en las carreteras, muchos conductores, los acercaban a su lugar de destino. Así fue como, tres días después, Alba e Israel llegaron a Bucaramanga y, hoy en día, viven de la música. Alba declara que el cantar representa una bendición para su vida, pues considera que todo se lo debe a esta profesión.

“La música para mí en este momento ha sido mi salvación porque cuando no tuve nada, la música llegó a mi vida y me ha dado lo que hoy tengo y para mí eso ya es suficiente. Poder legar a mi casa, poder decir que tengo a mis dos hijos aquí, que también pude traer a mi mamá gracias a la música. O sea, para mí ha sido mi salvación”.

Alba cuenta con un repertorio de ocho canciones entre las que se destacan Supe que me amabas, El mismo cielo, Dame tus ojos y Al final. Dichos temas musicales, son seleccionados por ella misma, pero afirma que sus favoritas son las canciones de la artista mexicana Marcela Gándara.

Al momento de cantar, Alba también cuenta con un ritual especial que consiste en cambiar la canción de acuerdo a qué tan bien le esté yendo económicamente. Es por eso que, si al ver que la respuesta de las personas no es tan positiva, ella le da tres oportunidades a la pista hasta encontrar la indicada.

Según Alba, lo más importante a la hora de interpretar es poder transmitirles a las personas sentimientos positivos y es por eso que ella manifiesta que cantar melodías referentes a Dios no es solo su forma de agradecerle, sino hacer que las personas también estén en contacto con él.

“Siempre va a llegar alguien que, esa canción que tú le cantas se va a transmitir, va a sentir ese contacto con Dios. Se va a sentir identificado o va a sentir que sí está cerca de Dios. Entonces quizá ahí es donde está nuestra retribución con Dios”.

Las jornadas laborales de Alba dependen del cambio de horario del semáforo. Por lo que, normalmente, canta de 10:45, hasta la 1:00 de la tarde y de 4:25 hasta 8:20 de la noche. En estas seis horas son en las que el semáforo dura aproximadamente 2 minutos y en donde hay más flujo vehicular.

Una de las cosas que más le causa gracia a Alba son las diferentes actitudes de las personas que la escuchan. De acuerdo con ella, existen conductores que inmediatamente la reconocen al verla y otros que, por el contrario, con tan solo escucharla suben los vidrios de sus carros.

Pero, a pesar de todo, Alba recalca que la razón por la que sigue trabajando en el mismo lugar es debido a que la calle 56 con 27 no es un lugar muy abarrotado por venezolanos y, gracias a esto, las persona están más dispuestas a escucharla.

“Cuando tú trabajas en la calle, aunque yo nunca había trabajado en la calle, yo no tenía experiencia en eso. Pero es a medida que uno va aprendiendo que menos, es más. Mientras tu estés en donde no haya tanta gente pidiendo, te va a ir como mejor en el aspecto de la receptividad. Que la gente no va a sentir miedo. Porque es que realmente muchos sienten miedo”.

Sin embargo, a pesar de que, en ese sector de la ciudad, los venezolanos no
están tan presentes, uno de los mayores retos a los que se enfrenta diariamente Alba es a la fuerte competencia que existe entre los diferentes vendedores ambulantes.

Una de las experiencias que más recuerda, fue la vez cuando al llegar a su lugar de trabajo, una pareja de malabaristas había ocupado su espacio y le decían que debía irse porque sencillamente ellos habían llegado de primeros.

Pero, al ver que Alba no les prestaba atención y que, por el contrario, seguía
cantando como todos los días, uno de ellos le lanzó un pin de bolos sobre la cara y en ese momento un conductor se bajó de su automóvil y la defendió. Alba considera que el vivir esa experiencia fue mala y buena por diferentes motivos.

“Digamos que fue mala y buena. O sea, fue malo porque esa fue una mala
experiencia para mí, yo nunca había peleado y pudiera decirse que lo bueno fue que hubo gente que me defendió porque me conocía y porque saben que yo siempre estoy ahí”.

Según Alba, existen otros dos grandes retos que ella tuvo que enfrentar desde que decidió dedicarse a la música. El primero de ellos fue el poder afinar correctamente y el otro fue dejar el temor y pararse por primera vez frente a un grupo de personas a interpretar sus canciones.

Ella recuerda que, a pesar de que cantar en el semáforo con el paso de los días no le produjo mayor temor, durante la cuarenta ese sentimiento volvió a ella luego de que, junto con su esposo, tomaran la decisión de cantar a las afueras de los edificios.

Pero, a pesar de esto, Alba confirma que, durante esos momentos, muchas
personas fueron atentas y otras no tanto.

“Gracias a Dios en el tiempo que nosotros estuvimos por los edificios la gente fue muy receptiva. La gente le gustaba, muchos nos aplaudían, muchos otros nos cerraban las ventanas. Pero es un reto, todo es un reto, no debes que agradarles a todos”.

Alba considera que sí se puede vivir de la música, siempre y cuando a las
personas les guste el talento. Pero manifiesta que, como todo trabajo de calle, el dinero es relativo. Existen días que se devuelve a su casa con tan solo veinte mil pesos y otros en los que gana hasta cien mil.

Por esa razón, el trabajo de calle le ha enseñado múltiples lesiones como a ser más valiente, a tener más confianza con ella misma y, lo más importante, a ser más paciente y humilde, pues como ella asegura, esas dos cualidades no las tiene todo el mundo.

“Este trabajo es de paciencia. Mucha gente te mira feo, hay mucha gente que literalmente provoca mentarles la madre por cosas que dicen o a veces por expresiones o por cosas que hacen. Pero te enseñan también a ser humilde como a tener esa humildad de que si lanzan una moneda en el suelo agacharse a recogerla”.

Por el momento Alba tiene pensado seguir cantando en las calles de
Bucaramanga junto a su esposo, pero más adelante le gustaría emprender un negocio de comidas o un salón de belleza.

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