La chatarra como modo de vivir

La chatarra como modo de vivir

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Lunes, 17 Junio 2019
Informes especiales

Oculto pero necesario es el oficio del chatarrero, el cual ha sido confundido, mal nombrado e incluso discriminado por la ignorancia de lo importante que es esta labor en el desarrollo ambiental y económico de una región. El oficio del chatarrero consiste en la comercialización de chatarra, pero también en la selección de materiales para darles un nuevo uso.

El impacto ambiental que tiene esta labor es imprescindible debido a que permite que ciertos elementos puedan ser reutilizados, siempre y cuando estén en buen estado. Además, mediante los enlaces de un chatarrero con diferentes empresas, se hace la venta de aquellos objetos que ya cumplieron su ciclo de funcionamiento para ser fundidos y así crear otros elementos útiles.

El oficio de chatarrero suele ser confundido con el oficio del reciclador, lo que ha generado un problema de desinformación en la sociedad. El chatarrero es aquel que se encarga únicamente de materiales como los metales, a diferencia de los recicladores que trabajan con elementos como el papel, el cartón y el plástico.

Enrique Eusebio Castillo es chatarrero desde hace 10 años en Sabana de Torres, Santander y junto a su esposa Nancy Elvira Martínez y sus tres hijos: Lisseth Katherine, Yuri Neliza y Jeison Enrique ha fundado y mantenido la “Chatarrería Castillo”, que es un negocio familiar conocido en el sector. Para él y su familia este trabajo ha sido su mayor empujón para salir adelante.

Enrique Castillo, conocido como “El Mono Chatarrero”, sostiene que gracias a su trabajo ha podido brindarle una mejor condición de vida a su familia.

“Lo que tengo lo tengo es del negocio y en 10 años, porque hace 10 años no tenía nada, una mano adelante y la otra atrás, para llevar los niños al parque me tocaba darles arroz y huevo aquí para que no pidieran en el parque nada y hoy en día no, si quieren comer en el parque que coman allá, si no quieren comer aquí que vayan y coman afuera lo que quieran, ¿sí ve? Lo que no les pude dar desde niños”.

Enrique explica que este negocio es rentable, pues dentro de los materiales que emplean están el hierro, el bronce, el aluminio, el cobre, los aceros, el plomo, el hierro gris, que es un poco más costoso que el hierro común, y la chatarra. Los precios de compra para el chatarrero suelen variar, pues algunos de los materiales cambian su precio dependiendo del dólar, sin embargo, estos son unos de los precios que actualmente se manejan: para la chatarra son de 300 pesos a 350 pesos, el aluminio a 2.000 pesos o 2.200 pesos y el cobre varía entre 10.000 pesos y 10.500 pesos, siendo este uno de los más costosos. Estos materiales se comercializan de acuerdo a su peso en kilos. Es decir, si cada kilo de chatarra cuesta 350 pesos, una tonelada le costaría 350 mil pesos al chatarrero.

Para hoy ser conocido en su sector y haber consolidado su empresa, Enrique tuvo que afrontar diferentes situaciones que le ayudaron a desarrollar su negocio familiar.

“Yo en verdad empecé desde cero, yo no tuve nada, como le digo, lo que me rebuscara con el carrito. Yo no tuve una herencia, no tuve un capital para empezar que diga con estos cinco millones de pesos arranco, con estos dos millones, con este millón, con estos 500 mil pesos. Hasta el mismo carro que se dañó, se motoreó, con ese mismo lo piqué y eso fue una base fundamental para el negocio y de ayudante de los buses por allá, rabicaliente por allá para Expreso Brasilia, Berlinas, Copetran y Niño Bonito. Después me puse enfermo y me puse a pensar y dije ‘no, esta huevonada no’ ya llegaba como 10 años y ningún futuro, nada, nada. Así a toda hora y con el bolso entre el carro, no era más y no, me vine al lado de la negra. Entonces nos pusimos a vender por ahí chance, es vaina y dije ‘vamos a rebuscarnos la vida, qué carajo’, entonces ya Miguelito me dio la oportunidad de trabajar en los billares, Miguel Angarita, en unos billares al lado del Bachué. Yo le pedí trabajo y me dijo ‘espere yo le doy las vacaciones a otro man y usted cubre las vacaciones y así me dio siempre como año y medio de trabajo y yo ya estaba bien, ya había ahorrado unos pesitos. Me ilusionaron que para que me fuera para Bucaramanga a vigilante y me importó un carajo coger mis chiros con la mujer y nos fuimos para allá. Laboré dos años y más llevaba cuando me fui que lo que me traje y otra vez en la misma historia. Entonces ya le dije al cuñado que tenía el carrito allá botado y ‘cuñado, déjeme ese carro y yo se lo pago como sea’, al carro le faltaba la caja, le faltaba un poco de repuestos, por allá los conseguí fiados o no fiados y me los traje, eso vivía más debajo del carro que encima, a mí mismo me tocó aprender la mecánica y hágale. Al fin me mamé de ese carro y ya empecé con los paga diarios, pero era la misma gente de acá, entonces no. Una señora me prestó una plata y le quedé debiendo como cuatro cuotas, cuatro días y ya el sábado llegó toda brava que si no me pagaba que no sé qué y me amenazó, ‘señora sinceramente yo no le pago es porque no tengo con qué pagarle, pero el día que tenga plata, yo le pago’ y así fue. El carrito empezó a empeorar y a empeorar y ash, ya ni andaba y le dije a un man que llegó de Bucaramanga, un chatarrero ‘¿mano, cuánto me da por ese carro?’ estaba ahí parqueado y dijo ‘mano, yo le doy como 100 mil pesos, pero a mí no me queda tiempo de picarlo, dijo ‘más bien píquelo y cuando yo baje se lo compro pesado’ y sí, lo piqué y lo pesamos y me dio 400 mil pesos y eso fue lo mejor que pude hacer. Ya ese carro estaba parado ahí, ya me había tocado irme con la mujer por allá a asolearme a sembrar palma y todo. Se me daba por cambiar la chatarra por la carrera y me iba bien, metía la chatarrita en el carro y la descargaba, ya cuando tenía un montoncito, ya llamaba al chatarrero allí a don José o a don Cinzeno o a otros de Bucaramanga. Entonces yo trabajé con un señor y me dijo ‘no mijo, haga un montoncito más grande y llévelo a Bucaramanga, allá pagan mejor’ y así se fue consiguiendo, ya uno ya empieza a caminar y ‘no, que fulano paga mejor, ‘que ese paga mejor’, entonces uno va escuchando y va y le hace la visita o pide el número y entonces yo ya tengo como unos seis proveedores”.

En la actualidad, él cuenta con más de cuatro compradores directos, entre ellos Fundiciones Diaco y tiene más de 30 vendedores fijos en Sabana de Torres, en mayoría de talleres que lo llaman para ofrecerle chatarra y demás elementos que a ellos ya no le funcionan.

Además de estos vendedores, las personas se dirigen continuamente a su bodega para venderle o comprarle cualquier cosa que consideren innecesaria o, por el c-contrario, que necesiten.

  • Orlando (cliente): “¿Mono, usted en su chatarra no tendrá unos tubitos de aluminio?”

 +   Chatarrero: “¿Cómo de?”

  • Orlando (cliente): “Así de grueso como este”.

+   Chatarrero: “No”.

  • Orlando (cliente): “No, ¿y en acero no tiene?”

+   Chatarrero: “No, no hay nada”.

  • Orlando (cliente): “¿Tampoco?”

 +   Chatarrero: “Hay galvanizado”.

  • Orlando (cliente): “¿Galvanizado? Muestre”.

 +   Chatarrero: “Si quiere pase y los mira allá por detrás de la malla”…

       “¿Le vendió el aluminio?, bueno, ¿necesitaba ese nomás?”

  • Orlando (cliente): “Pues, no hay más, pero yo creo que de ahí me salen dos”.

+   Chatarrero: “Lleve ese”.

  • Orlando (cliente): “¿Cuánto vale?”

+    Chatarrero: “Por ahí 10 mil pesitos”.

  • Orlando (cliente): “¿Por eso? ¿En serio?

+    Chatarrero: “En serio, galvanizado vale 10 mil el metro, ahora el aluminio vale como 20 mil, sí Orlando”.

  • Orlando (cliente): “¿Sí, todo eso vale?”

+   Chatarrero: “Jum, le echa una ligadita y le queda más bacana”.

  • Orlando (cliente): “Listo”.

Manuel Méndez Rodríguez, es un ornamentador de la región que ocasionalmente vende a los chatarreros materiales de su trabajo que ya no considera útiles.

“Eso es lo que le queda a uno de los trabajos que uno hace, ¿cómo le digo yo a usted? por ejemplo, lo de maquinaria agrícola, por ejemplo, de pronto de arreglos de carros que quedan por ahí, pedazos de lámina, hechuras de puerta que le quedan a uno también por ahí que arreglan puertas entonces quedan unos pedazos, todo eso, entonces consiste en eso. La maquinaria agrícola a veces bota mucho hierro colado”.

Este continuo comercio de materiales y la evolución de su empresa, ha generado un cambio personal en Enrique, pues le ha ayudado a modificar su manera de pensar.

“Ha cambiado uno mucho el sistema de trabajo, de pensar, el pensamiento que tenía antes ya no, ya se metió fue el cuento del trabajo, ya usted sabe que el trabajo lo evoluciona a uno mucho”.

Por esto Neguib Joilianis Navarro, psicólogo conocedor del tema explica que el desarrollo personal se ve modificado de acuerdo al trabajo que una persona ejecute y de cómo perciba el trabajo de alguien más en comparación.

“Normalmente de acuerdo a su trabajo todas y cada una de las personas cambian la percepción del mundo, ya que tienen un conocimiento previo o adicional de alguna acción. Por ejemplo, si una persona es un ingeniero, pues va a ver a una persona que barre, que ejecuta una acción de barrer, como una persona que su mente está capacitada para hacer eso, pero la percepción va a cambiar cuando soy yo quien está barriendo, quien está ejecutando esa acción. Entre mayor capacitación tiene, pues obviamente la percepción se va viendo cada vez más diseccionada, a menos de que ese aprendizaje sea sobre esa área, pero frente a los oficios de los demás, esa acción va a cambiar”.

Si la labor a ejecutar es empírica o informal, es decir que no necesita ningún estudio profesional ni básico, más que el saber leer, sumar, restar, multiplicar y dividir, el actor del oficio podría no contar con algún interés de avanzar en sus estudios, pues su trabajo es lo que conoce y lo que entiende, lo que implica que la educación tiene intercepción en la evolución de un chatarrero y de si este estudiaría para algo más.

“Yo estudié por ahí hasta tercero por la economía, porque en ese tiempo sí nadie apoyaba ni el gobierno apoyaba el estudio ni nada. Allá le tocaba a uno estudiar y trabajar, eso salí de la escuela y me tocó fue ponerme a trabajar a la edad de once años. En ese tiempo nadie mamaba gallo, cuando eso era obrero, jornalero, tirar machete y azadón”.

Es decir que los recursos diarios de aquel que se dedica a una labor empírica, como el chatarrero, no suelen cambiar su perspectiva de vida en lo que se ha especializado.

Neguib Joilianis afirma que la manera de que un trabajador se desarrolle está confrontada por esta relación educación-trabajo.

“Si yo tengo una especialización en… equivale a lo mismo hombre, yo me especialicé durante toda la vida en lavar platos, si yo soy lavador de platos toda la vida, pues mi percepción cambia porque igual yo empiezo a determinar, no desde el punto de lavado de platos, sino desde las necesidades que con eso conlleva, o sea, mi nivel de recurso económico, mis posibilidades económicas, mi desenvolvimiento social, mi funcionamiento personal va a ser visto bajo esa perspectiva, no en una perspectiva más amplia”.

Este oficio suele estar oculto en la economía, pero no debería ser así puesto que es un trabajo rentable y que permite a los interesados desarrollarse en muchos aspectos de su vida. Sin embargo, este continúa siendo poco visibilizado, es como si la población supiera que existe, pero lo pasan por alto y no le dan la importancia que este requiere. ¿Pero por qué el ser chatarrero y el oficio en sí, está minimizado a no ser visible o importante para la sociedad? Según Enrique Castillo, chatarrero de profesión, uno de los motivos por el que esta labor está siendo vista de tal modo se debe a que las personas sienten pena o vergüenza.

“Esta profesión es como oculta, como que a la gente no le interesa. Tienen su chatarra y no, ‘que pase alguien para que se lleve esta chatarra’, ‘pase alguien para esa mugre que hay ahí’. La persona que tiene eso no le interesa si es un negocio bueno, un negocio comercial”.

Hay una desinformación en el medio que no permite que las personas, en su mayoría, noten la chatarrería como un trabajo rentable y que es digno de que cualquier persona lo realice. Para entender mejor cómo funciona la propagación de la información acerca de las personas que se dedican a la chatarra, se consultó con entidades como el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, pero no se encontró ningún tipo de documento o información acerca del oficio, así como se comunicó con la Cámara de Comercio de Bucaramanga y se averiguó que esta entidad no cuenta con ningún conocimiento acerca del chatarrero, pues en sí el nombre del oficio les sonó extraño. Esta ola de desinterés por parte de las instituciones del estado y de gran relevancia a nivel nacional no ayuda a la mejor percepción de la población sobre las personas que se dedican a esto o del trabajo en sí.  Además, son muy pocos los informes, crónicas o noticias hechas sobre el chatarrero, ya que la mayoría de los realizados son acerca de grandes empresas de chatarrería o sobre aquel empresario que comercializa millones de materiales de chatarra y metales diariamente, lo cual, crea un escalón invisible de superioridad a los que más venden y de indiferencia a los pequeños empresarios de la industria chatarrera.

Para Lisseth Katherine Castillo Martínez, hija de un chatarrero y parte de la empresa familiar, este oficio les ayudó a cambiar su manera de vivir y de pensar.

“Cada quien va creciendo en su entorno familiar y en base a las circunstancias de la situación no haber empleo ni nada de eso, pues mi papá empezó con lo de la chatarrería y a uno como niño le toca irse a apoyar a la familia y saber de que de ahí, pues todos de pronto teníamos para un plato de comida, creo yo que son cosas del destino, ¿no? De pronto uno quiere ‘Ay no, yo hubiera querido ser niña de familia adinerada’ pero pues, no lo fui y tocó esto y hay que salir adelante y apoyar”.

Por medio del trabajo de su padre, ella y sus hermanos pudieron terminar su bachillerato e incluso tener estudio técnico, pero a pesar de esto no han podido ejecutar sus conocimientos debido al desempleo de la región, han pasado hojas de vidas, se han inscrito en diferentes páginas para conseguir trabajo, pero no les ha funcionado, es por eso que en el momento les ayudan a sus padres en el negocio.

Este caso aplica para apoyar la idea de que por falta de trabajo, justo como su padre y su madre antes de iniciar en la chatarrería, para ellas en este momento su único modo de salir adelante y progresar individualmente es la chatarra, pues es algo que conocen desde muy jóvenes y que entienden cómo funciona. Básicamente, el desempleo es uno de los motivos por el que una persona decide dedicarse a ser chatarrero o chatarrera.

La labor de un chatarrero es de suma importancia por su impacto ambiental y porque, por medio lo que hace, tiene la rentabilidad necesaria para mejorar su condición de vida, además de generar interés en la reutilización de materiales metálicos en la comunidad donde radique, lo que significa que también tiene gran influencia e impacto social en su región.

Por Linda Saavedra.

@jonesquintero16

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