LA VIDA DE UNA ANCIANA QUE RECICLA PARA SOBREVIVIR

LA VIDA DE UNA ANCIANA QUE RECICLA PARA SOBREVIVIR

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Viernes, 26 Abril 2019
Noticias

CMes a mes en Bucaramanga se recogen aproximadamente 636 toneladas de reciclaje, tarea realizada por un centenar de personas a lo largo y ancho de la ciudad. De las personas que realizan esta actividad, se pueden extraer datos interesantes.  Según la Secretaría de Salud y Ambiente de Bucaramanga, para el año 2017 el 45% de los recicladores apenas tienen educación básica primaria, un 63,09% tiene más de 40 años y el 55% dice que vive en estrato 1.

El sustento de estas personas depende de la cantidad de elementos reciclables que puedan reunir en el transcurrir del día, por lo que existen días buenos y días malos. Dicho trabajo requiere una preparación que consiste en recolectar o pedir elementos reciclables en los negocios, en las casas e incluso recogerlos en los contenedores de basura.

El material debe estar preparado, para luego ser vendido a un precio bastante bajo. Cargar con el peso de cartones aglomerados, cientos de botellas de plástico, acomodadas en un carrito de ruedas desgastadas o una carreta difícil de empujar, es un trabajo arduo, y más cuando la persona debe enfrentar los obstáculos propiciados por la tercera edad.

Hoy, se conocerá la historia de una mujer luchadora y humilde, quien lleva mucho tiempo desempeñando esta función y a sus 78 años, sale cada tarde en busca de su sustento. Ella es Rosa Villamizar.

“A veces le duelen a uno la cabeza, la espalda, los pies, los brazos, las manos, todos los días, le duele a uno el cuerpo”.

Desde las cinco de la mañana Rosa inicia las labores de casa, pues sabe que el tiempo de su mañana es limitado. Preparar el desayuno, vestir a su esposo, limpiar, lavar ropa, son algunas de las actividades que conforman el primer espacio del día. Sin embargo, el preparar su material de trabajo, es una rutina inevitable y necesaria para el paso siguiente que determinará el ingreso económico de aquel día.

“A las ocho, le dio el desayunito después lo arreglo, me toca vestirlo, limpiarlo, bañarlo, eso un trajín. Se me va ahí toda la mañana, haciendo el almuerzo”.

Sale a buscar material a los negocios que adornan las mismas calles que recorre siempre, las calles del barrio La Cumbre, ubicado en el municipio de Floridablanca en Santander. El barrio ya sabe quién es Rosa, qué necesita y qué hace con ello.

“Los señores por ahí de los almacenes, tocar ir a recogerlo hasta allá y algunas veces por ahí los vecinos me traen otro poco y así vamos poco a poco”.

Algunas veces corre con suerte, recoge una cantidad considerable de cajas de cartón, botellas de plástico vacías, otras en cambio, regresa a su casa con poco en sus manos.

“Hay días que llevo y hay días que no llevo porque tengo que ir a recoger. A veces lo arreglo allá mismo donde me lo dan y lo llevo, cuando hay bastantico de una vez lo llevo abajo, pero a veces me dan poquito y me toca venirme pa’ acá. Meterme el viaje hasta allá”.

Llega a su casa, toma el material y lo arroja en el espacio que parece ser la sala del lugar, apretado, ahogado por un cumulo de elementos que necesitan ser preparados y que incluso impiden el paso que conecta la sala con un pasillo que lleva hacia la cocina.

Pero ella, al entender que su trabajo no es más que acumular, cargar y limpiar, no se percata en lo más mínimo de buscar otro lugar para llevar su material, en realidad es lo que menos le importa.

En medio del desorden, caídas las cinco de la tarde, Rosa toma cartón por cartón conforme a su tamaño y calidad.

“Uno tiene que seleccionarlo, para no llevarlo así sucio”. (1:54-1:59)

Desarma las cajas, les salpica unas cuantas gotas de agua, y los deja secar durante media hora. Esto se hace para que estas no se caigan al momento de transportarlas. Pues el único medio para transportar un cargamento es un angosto carrito de rejillas delgadas y un metro de altura aproximadamente.

No es un carro común, de esos que utilizan la mayoría de recicladores informales, conformados por una amplia base de madera desgastada, cuatro ruedas y una palanca para empujar.

Un carrito igual de barato que el precio de su trabajo. El kilo de material cuesta 200 pesos, por lo que su sueldo diario no supera los 8000. Sin duda, una cifra bastante pequeña para sustentarse.

Sin embargo, con un monto también pequeño, otorgado por el gobierno…

“La pensioncita que le dan a uno, 120 cada dos meses”.  (2:13-2:20).

Rosa puede pagar los servicios públicos y tener algo de ‘mercadito’, según cuenta.R

“Con eso se hace mercado, se paga luz, agua, gas y se ayuda uno por ahí cuando necesite traer una leche o un café o una panelita”.

En Colombia, la canasta básica alimentaria tiene un costo aproximado de 190.000 pesos, sin embargo, el precio varía según las diferencias socio económicas de las ciudades que la conforman.

Desde el primero de enero del 2019, el salario mínimo aumentó a 828 mil 116 pesos. Si tenemos en cuenta el precio de los alimentos, el gasto de la canasta representa el 34,2% del sueldo mínimo por lo que el porcentaje restante pertenece a los gastos de salud, vivienda, recreación, transporte, entre otros. Y aún siendo un cálculo para una sola persona, los colombianos se han quejado por no ser una cifra suficiente para cubrirlos todos.

Rosa por su parte, estaría ganando al mes 200.000 pesos y en relación con lo antes mencionado, es una mujer que vive con un exiguo ingreso, que apenas le alcanza para comer, pero a pesar de su difícil situación económica, cuenta con la visita de personas que llegan con la intención de ayudarla.

“Y ahí veces por ahí nos viene a visitar y nos dan chichuitas. Los mismos de la iglesia Movimiento Misionero. A veces viene los hermanos a visitar y me traen unos centavitos”.

Por otro lado, adquirir objetos comunes como la ropa es de bastante dificultad para ella, por lo que el cuidado de la que ya tiene, resulta ser muy importante.

“Pues, de la ropa que hemos tenido siempre cuando tamos trabajando, como eso dura tanto esos trapos y lave y lave y planche y planche… a veces le dan a uno por ahí en las casas le dan ropa. Esto me lo dieron por allá abajo en la guardería, cuando estábamos allá. Que tuvimos como unos doce años en una fundación, se llama ‘Caritas Felices’ y allá tuvimos como unos doce, trece años. Cuando ya Octavio no podía trabajar, entonces busco pa’ allá pa’ dentro y yo me fui con él también pa´ allá, porque como no me dejaba sola”.

Recibir ropa regalada, es la principal razón por la que Rosa cuida la misma, debido a que es difícil obtenerla por sus propios medios. Es por ello, que no sólo usa sus manos para reciclar, sino también se esmera por preservar cada elemento de su hogar.

“Todos los días, hecho una lavadita a los trapos que nos vamos quitando, lave que lave. Las cobijas y sábanas cuando se lavan, es lo único que me ataca más duro porque las cobijas me pesan, las sábanas también. Me toca a totazos porque esta mano me duele mucho”.

Además de lavar, cocinar, planchar y cuidar de su esposo, Rosa también siembra plantas al frente de su casa. Es un oficio que le gusta hacer en las mañanas y al cual también debe dedicarle mucho cuidado, puesto que, en varias oportunidades, los niños residentes en los alrededores han dañado accidentalmente el jardín que adorna la entrada de su hogar e incluso el interior del mismo.

“Toca sembrarlas ahí porque es que los muchachos se ponen a jugar balón y botando esas pelotas pal techo y taparon eso, ta tapado, ta negro aquí mire, detrás de la puerta, porque eso botaban pelotas, medias, trapos, bolas de papel y se tapó, eso toca que escarbar y eso cuánto no vale”.

A la edad de Rosa, trabajar y ser una ama de casa no es un trabajo fácil. Debe hacer todas estas actividades sola, pues no cuenta con la ayuda de alguien más, alguien que se diera cuenta de la realidad que amerita hacer actividades como estas a los 78 años, ni siquiera su familia. Aquella que estuvo ausente por décadas y que seguro, lo estará durante los años que se avecinan.

¿Y los hijos?

Rosa no tiene hijos, y aunque su esposo, el señor Octavio Rojas, tiene tres, afirma que sólo uno de ellos, se ha preocupado por la salud de su padre.

“No, por parte mía no, una sola. Vive acá, es la que lo ayuda. Los otros no se han aparecido por ahí, no han venido a visitarlo desde que nos casamos con él”.

Octavio el esposo de Rosa, nació en Yarumal, un municipio de Colombia, localizado en el departamento de Antioquía. También de una familia humilde, en la cual le fue inculcado la importancia de trabajar para ganar el sustento y ser responsable de su propia familia.

A pesar de sus dificultades a lo largo del camino, él siguió el consejo de sus allegados y tan pronto como le fue posible empezó a trabajar hasta que ahorró una considerable suma de dinero. Dinero que utilizó para comprar una casa, la misma que ha sido testigo del hogar que comenzó con Rosa y donde ahora residen.

“Esto es de Octavio, él la compró, ya la tenía. Vivía solo”.

Ya son 30 años viviendo en esa pequeña casa apenas compuesta de dos habitaciones, un baño, cocina y un reducido patio trasero. Casi tres décadas es el tiempo que lleva casada, en realidad, manifiesta no recordar la fecha exacta.

Como veinticinco, como veintipico, yo ni me acuerdo ya. (Risas), falta tener eso uno anotado ¿cierto?

¡Cierto!, aunque más importante que recordar la fecha, es lo que su esposo afrontó luego de obtener aquella vivienda.

El señor Octavio, trabajó como mecánico, reparando, montando repuestos, lavando y automatizando los coches, hasta que, luego de un largo tiempo transcurrido, la experticia laboral le paso factura en su cuerpo, este enfermó y sufrió algunos daños como cuenta su esposa.

“No pues ese trabajo es tenaz, eso le enfermó la columna, esta parte de la nariz, los brazos y hasta las rodillas, porque de hacer fuerza y eso”.

Ahora, él, tiene una enfermedad en las rodillas que le impide caminar, por lo que ella debe estar al pendiente de su cuidado. Desde que Octavio está en esa situación, sólo ha contado con el amor de Rosa y el cuidado que esta le brinda cada día durante el tiempo que ha estado con él.

Osteoporosis, una enfermedad esquelética en la que se produce una disminución de la densidad de la masa ósea. La cual le fue diagnosticada hace más de 14 años, el mismo tiempo que lleva su esposa en el oficio del reciclaje.

Antes de eso Rosa solo tuvo un trabajo formal limpiando un edificio cerca al Parque de los Niños. Allí laboró desde 2001 con un contrato que se extendió por 13 años y que, con el cambio de administrador, finalizó. Recibió de liquidación cinco millones de pesos en ese momento, pero el tiempo trabajado no le alcanzó para poder cotizar pensión. Luego, le fue difícil conseguir otro empleo porque fue despedida con 68 años.

Ya, sin otra alternativa, inicia con el reciclaje.

Y es que la dura travesía para conseguir trabajo, es algo que muchas personas de tercera edad, enfrentan en el país.

Anteriormente, existía una limitación de edad máxima por Ley, a los 69 años, pero un Sentencia del Tribunal Constitucional estableció que este límite contradecía el derecho a trabajar, establecido en artículo 35.1 de la Constitución y sólo será posible establecer este límite dentro del marco de una política de empleo, esto hablando en términos de condiciones laborales actuales.

Sin embargo, para ese momento, en el que Rosa inicia la búsqueda del sustento económico, las empresas no sólo tenían claro las desventajas que traería consigo contratar a alguien luego de los 60 años, sino las ventajas que podrían encontrar si en vez de este, llegara alguien joven.

“Porque ya no le daban a uno trabajo. Ehm… iba a buscar y no. Le preguntaban a uno por los años y decían: ¡no!, necesito una de 20, 24, 25, 18,17… y yo todavía tenía alientos cuando eso, ahora sí estoy más achacada”.

Robinson Cuadros, presidente de la Asociación Colombiana de Gerontología y Geriatría (Acgg), expresó a través de un artículo sobre el panorama del adulto mayor en Colombia, que después de los sesenta años, más de la mitad de los colombianos tienen que trabajar por necesidad, informalmente y en condiciones adversas de seguridad social. La cifra de mayores de 60 años bordea el 11% de la población hoy, cuando en el 2005 apenas representaba el 7,5.

La Asociación calcula, que en el 2020 existirán 6,5 millones de personas en estas condiciones, un crecimiento que en Colombia requirió 26 años, mientras que a Francia le tomó 115. Y tanto en Bucaramanga, lugar donde migró en busca de oportunidades, como en otras ciudades del país, la situación es la misma.

Aunque se tratase de una ciudad tan santandereana como ella misma, el sueño de visionar una mejor calidad de vida, quedó plasmado sólo en los intentos.

Rosa nació en Santo Domingo de Silos, o también conocido como Silos, un municipio ubicado en Norte de Santander, al nordeste de Colombia. El municipio más antiguo y alto del departamento y más de 20mil hectáreas de su territorio hacen parte del páramo de Santurbán.

Un lugar de casas pequeñas y gente humilde, como lo era Rosa y su familia. Tuvo tres hermanos: una mayor, Helena y el menor que se llama Luis. Su padre, por ser el esposo de una tía, se negó a darle el apellido.

Y además de ello, desde muy pequeña afrontó el sufrimiento de estar separada de sus padres, quienes no volvieron a aparecer, pues decidieron dar paso a que su hija, aún siendo una niña, buscara el rumbo de su vida por sí misma.  

“Desde allá de la casa donde yo vivía, porque yo vivía con una madrina, mi mamá me regaló pequeñita. Entonces yo de ahí me fui pa’ Pamplona, ahí duré un tiempo. No sé qué tiempo sería porque como uno estaba chiquito, no sé qué meses, qué día, qué… qué fecha ni nada”.

Al vivir su infancia en el campo, Rosa no tuvo la oportunidad de obtener la educación básica, pero en su adultez, tomó la decisión de estudiar la primaria.

“Ehh… primer añito, pero nocturna ¿usted sabe dónde es la Salle? Allá.

Y así como Rosa, cientos de adultos mayores en Colombia, han tomado la opción incluso en su edad avanzada de adquirir el estudio básico a través de programas intensivos o nocturnos que ofrecen las instituciones educativas legalmente autorizadas del país.

Sin embargo, después de la primaria, es poca la probabilidad de que estas personas, incluyendo a Rosa, puedan continuar estudiando. Ella no lo puedo hacer, pues siendo la responsable del sustento de su casa, el hecho de conseguir dinero para sobrevivir, resulta ser más importante.

Y aunque reciclar es un trabajo gratificante en cuanto a ayudar a la naturaleza se trata, quienes participan de ello deben enfrentar situaciones realmente difíciles.

Según el último censo realizado por la Alcaldía en el 2018, 365 personas dedican su vida a ser recicladores en la ciudad de Bucaramanga, lo que permite que este municipio sea catalogado como uno de los que más reciclan en Colombia.   De cada 10 recicladores que existen en la ciudad, 6 recogen los materiales en las calles. El 61% no hacen ningún tipo de aporte a seguridad social, el 58% no se encuentra afiliado a ninguna empresa de riesgos profesionales y el 69% aseguró ser la cabeza de su hogar y por lo tanto quien se encargaba de llevar el sustento.

Evidentemente la historia de Rosa Villamizar es una muestra de ello, de las precarias condiciones de vida que puede enfrentar un reciclador informal en el país.

Por Crichelly Niño.

@crichelly31

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