Donde la ciudad nunca duerme

Por Juana Rueda P. y Alexandra Ariza B.
(jrueda400@unab.edu.co, aariza252@unab.edu.co)

La carrera 27 con calle 56 de Bucaramanga no duerme. A toda hora, este cruce es un organismo vivo: carros que suenan, vendedores que ofrecen sus productos, peatones que cruzan en todas direcciones, taxis que pitan, motos a toda velocidad. Aquí, la vida no se detiene, solo cambia de ritmo.

A las 7:00 a.m., el calor del asfalto ya se siente. Henry Corzo, vendedor ambulante, se instala temprano. “Trabajo hace dos meses y elegí este lugar para vender. Llevo trabajando con Salud Total hace un tiempo y los trasladaron aquí”, comenta mientras acomoda su pequeño puesto improvisado. Su jornada empieza a las 7:30 a.m. y se extiende hasta las 5:00 p.m., enfrentándose cada día a un flujo interminable de personas: “De toda clase. Como muy corrientes las personas”.

En la misma intersección, Nidia Gutiérrez Báez lleva casi tres décadas ofreciendo flores. “En esta esquina voy a cumplir 28 años. Trabajo desde niña en la calle, desde antes de que hicieran el intercambiador”, recuerda. Su rutina diaria comienza antes del amanecer: “Madrugo, llego a arreglar las flores, tengo que primero ir a comprar lo del día, me toca cambiarles el agua, despuntarlas…”. Para ella, este cruce es su segunda casa, a lo largo del tiempo ha cultivado diferentes amistades: “Las amigas que tengo, con las que más me la paso, son amigas de muchos años. Estoy hablando de una de 33 años casi, la otra como 20 años”.

Henry Corzo trabajando en su puesto junto al local de Salud Total / Foto por Juana Rueda

Geysy Yurley Galindo también vende flores en la esquina. Hace doce años llegó por casualidad: “Pues cosas de la vida, acá me conocí con el papá de mi hijo”, dice mientras acomoda rosas y girasoles. Su jornada depende del clima y de sus responsabilidades como madre: “Hay veces que llego a las 8, otras a las 9 o a las 10. Primero me toca desempeñarme para darle desayuno, alistar uniforme, tareas, y ahí sí me vengo para acá”. De su día a día comenta: “Uno ya está acostumbrado a mirar diariamente varias caras diferentes”.

El cruce no solo pertenece a los vendedores. Iván Serrano, un transeúnte ocasional, cuenta que su experiencia cruzando allí ha sido buena: “Gracias a Dios es puntual y es seguro. Pienso que es un lugar ameno”. Aunque ahora pasa menos seguido, recuerda las veces en que el tráfico era insoportable: “Me molesta que cuando uno viene en el carro, el trancón que se arma con la parte del intercambiador es violento”.

En medio de ese flujo incesante, Germán Amado, vendedor ambulante también ha encontrado su sustento durante más de dos décadas. “Llevo más de 20 años trabajando aquí en la 27 con 56”, afirma. Su jornada se divide en dos turnos: de 7 a 1 y de 2 a 7. Sabe que el tráfico, aunque molesto para algunos, es vital para su negocio: “Cuando hay carrito porque hay trancón, nos favorece. Cuando no hay carro no se vende nada”. Agradecido, dice: “De aquí es donde comemos, vivimos y todo, gracias a Dios”.

Felipe Quintero, otro transeúnte habitual, también comparte su perspectiva sobre el cruce: “La movilidad no es buena, las personas no respetan, hay vendedores ambulantes por todos lados y peatones que no respetan las señales de tránsito”. A pesar del caos, reconoce que el cruce tiene su vida propia: “Siempre hay algo pasando, siempre hay gente vendiendo, corriendo, pitando”.

Rafael Carrillo, quien trabaja cerca de la intersección, ve las cosas desde una perspectiva más crítica: “Esto es un desorden. Nadie respeta, ni los carros, ni las motos, ni los peatones. Todo el mundo hace lo que quiere”. Él cree que, aunque hay movimiento, falta orden y respeto en las vías.

Nidia Gutiérrez junto a su hija en su puesto de flores en la carrera 27 / Foto por Juana Rueda

Jonathan Gonzales, un joven que transita por allí casi a diario, lo describe así: “Es muy peligroso. Muchas veces uno tiene que cruzar corriendo porque los carros no paran”. Sin embargo, admite que ya se ha acostumbrado: “Uno ya sabe por dónde meterse”.

La esquina vibra de manera diferente según la hora. En la mañana, el movimiento es apurado, eléctrico. Al mediodía, el calor aplasta los ánimos, y los vendedores buscan la sombra escasa de los semáforos o los toldos improvisados. Hacia las 6 de la tarde, como cuenta Nidia Gutiérrez: “Ya después de tipo 6 de la tarde ya es un poco más solita, porque ya cierran la mayoría de los negocios”.

Algunas historias marcan esta esquina como cicatrices invisibles. Nidia recuerda una en particular: “Un día estaba arreglando las flores y hubo un accidente ahí al frente en ese árbol. El taxi se estrelló de frente y me da hasta la marca en el palito. Para mí fue un milagro porque el muchacho no se mató”. Son esos momentos los que se quedan grabados en la memoria colectiva del cruce.

Otros, como Geysy Yurley, no tienen anécdotas extraordinarias: “No, no, es lo mismo de siempre, todos los días es una cara diferente”, dice con una sonrisa tranquila. Pero precisamente en esa repetición está la vida: en las caras que van y vienen, en los que se detienen a comprar una rosa o en los que esquivan el tráfico apresurados.

La carrera 27 con 56 no es solo un cruce de caminos; es un corazón que late con la energía de cientos de personas que, cada día, sin saberlo, mantienen viva una pequeña pero esencial parte de la ciudad.