A Puro Corazón: La Historia de Omaira Acero y sus Niños

En Colombia durante gran parte del siglo XX el fútbol fue un territorio construido y vigilado por hombres. La cancha, el balón y hasta la noción misma de quién podía jugar estaban atravesados por una idea rígida, el deporte es masculino. Las estadísticas históricas lo confirman.

En 1970 menos del 1% de las mujeres colombianas participaban en clubes deportivos federados. Para 1980 aunque la cifra creció aún no superaba el 4% y el fútbol femenino como disciplina no tenía liga oficial, no tenía escuela y en muchos casos no tenían ni siquiera permiso social. En ese tiempo era común escuchar la frase, como las niñas no juegan fútbol eso es para machos o una mujer en el deporte es una excepción, no la regla.

Dentro de ese contexto donde la mujer aparecía relegada a la gradería nunca a la cancha surge una figura que rompe el molde, Omaira Acero Torres, hoy de 90 años conocida como la dama del fútbol, la primera mujer en su región en fundar, dirigir y sostener un club de fútbol masculino, un acto que no sólo desafió tradiciones también le dio un lugar en la historia. Para entender lo que significaba la aborda Omaira hay que regresar en ese tiempo donde los deportes tenían dueño. A nivel mundial hasta 1971 la FIFA prohibía el fútbol femenino organizado en varios países y en América Latina no existían programas formales para mujeres.

En Colombia antes de los años 90 los clubes y las ligas eran dirigidos casi exclusivamente por hombres, los roles permitidos para una mujer eran la logística, la hidratación o la tribuna. Ser entrenadora y menos aún fundadora de un club era un acto que rompía una frontera cultural, pero Omaira no sabía de fronteras o mejor dicho nunca le interesaron. Omaira nació en un entorno donde el deporte no se concebía como destino para una mujer y sin embargo algo empezaba a inquietarla, ver a los niños del barrio corriendo sin rumbo, con pelota o sin ella, pasando el tiempo sin guía.

A Omaira todo esto le llamaba la atención como los niños parecían transformarse cuando tenían un balón cerca. A mí el fútbol me llamó la atención porque los pelados se asustaba el balón. Y dije yo voy a hacer algo por los niños también y me propuse Empecé a botarles el balón yo misma a mis hijos para que dieran patada.

Me metí a trabajar en el fútbol y creé el Club Deportivo Tibur. Y todo esto las llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida y la de cientos de jóvenes. Fundó su primer y propio club, Dimor, sin apoyo institucional, sin un centavo de por medio y sin buscar reconocimiento.

Lo hizo por una razón que aún hoy repite con serenidad, quería ayudar. Jamás intenté curar, nunca. Todo lo que hice en mi vida lo pude.

Todo lo que podía hacer en mi vida lo hice con cariño, con voluntad. Comercia por otro también me ayudaba a evolucionar el país. Trabajar uno porque le nace.

Mientras otros clubes exigían mensualidades, uniformes costosos y horarios estrictos, Omaira abrió un espacio donde lo primero no era ganar, era pertenecer. Ella los entrenaba con disciplina, sí, pero también con una ternura que rara vez se ve asociada al fútbol competitivo y aunque nunca cobró un peso, asumió responsabilidades que pocos ven, estar pendiente de lo que al niño le hacía falta, de si tiene tenis, si comió, si está triste o si está solo. Eso marcó su manera de dirigir y también con el tiempo su cansancio.

Yo pienso a veces que es la gente, que es la comunidad la que a mí me atrae. Y por supuesto con los niños uno los puede querer mucho, mucho, pero también hay que darle una luciente porque los niños que se peguen, si uno es bueno con ellos, en el sentido de no tratarlo mal. Y estar pendiente que tienen, que no tienen.

Hay cosas que duelen. Y yo sufría, por lo menos que llegue un niño y me alejó. Ay, pero ojo, es que yo no desayuné.

Todo eso me tardaba. Y ellos no dicen así, en esa forma, que no han desayunado.  Pero ojo, yo no he comido nada.

Todo eso a mí me aburría el alma, que los niños no tuvieran.  Y yo siempre vivía como pendiente de eso, porque me daba tristeza. Pero, ni lo hice por lo que he recibido de cariño, que no lo hice por algo.

Tal vez compensado, mi Dios, por el trabajo que hacía con los niños en Cobran. Cuando uno escucha a quienes pasaron por el dimor, descubre algo claro. Omaira no únicamente entrenaba fútbol, entrenaba carácter, humanidad y valores.

Y por eso, los testimonios de quienes fueron sus jugadores coinciden en algo. Ella los enseñó primero a ser personas y después a ser jugadores. Doña Omaira nos enseñó primero a ser personas antes que ser jugadores.

Sus entrenamientos eran siempre serios, fuertes. Cada uno concentraba en lo suyo, específico. Manejaba cada línea en el campo de juego, los defensas, mediocampo, los delanteros, los arqueros.

Y pues nosotros entrenamos lunes, miércoles y viernes, dependiendo de las categorías. Y lo hacíamos en una cancha pequeña, que se jugaba 8 para 8, que era en la concha acústica. Josué Jaimes es solo uno de los muchos jóvenes que recibieron de Omaira algo más profundo que técnica deportiva, una brújula para la vida.

Porque en esos entrenamientos también se enseñaba el respeto, el compañerismo, el autocuidado y la responsabilidad. Y entre esos valores había uno que muchos definían la personalidad del club, la puntualidad. Doña Omaira nos enseñó a ser puntuales.

Con ella, digamos, nos acostumbró a llegar 30 minutos antes a los partidos, a los entrenamientos, para uno prepararse. Y pues es algo que, digamos, yo todavía procuro aplicar en las reuniones y en las cosas que tengo, estar listo antes. Entonces, pues eso fue algo que aprendí de ella, para formar en nosotros ciertos principios, ciertos valores que hasta el día de hoy nos acompañan.

Y pues es algo que le queda a uno así como muy grado en la memoria. Lo curioso es que esa exigencia no venía desde la autoridad rígida, sino desde un profundo compromiso con los niños. Para Homayra, llegar a tiempo era una forma de respeto hacia el grupo, pero también una manera de mostrar que se podía ser responsable de sí mismo, como nos cuenta Johan Jaimes, quien hoy en día pone en práctica eso en su vida.

Pero así como el fútbol enseña disciplina, juego limpio y trabajo en equipo, también enseña cansancio. No el cansancio de correr una cancha o de llegar a la final, hablo de ese cansancio más silencioso, el que se acumula en el cuerpo y en el alma cuando la responsabilidad empieza a pesar más de lo que uno se imaginó. Y eso fue lo que comenzó a sentir Omaira, pues durante años ella no sólo entrenó a niños, los acompañó, los aconsejó y los cuidó.

Conocía sus vidas, de sus tristezas y de sus necesidades, pero sin embargo ella también contaba con una familia numerosa, pues hoy en día tiene 13 hijos, a los cuales desde muy pequeños ella siempre ha estado pendiente de ellos y de lo que necesitan en sus vidas. Entonces tuvo que hacer una pausa en el camino del fútbol colombiano y tener que dedicarse a su hogar. La vida también tiene reglas, pues yo no era que me sentara, que no era capaz, no, pero es mejor retirarse de uno cuando está bien, que cuando ya está fallando y por eso lo hice, pero yo llevo en el alma.

Hoy con 90 años Omaira Acero Torres mira hacia atrás y reconoce que lo que hizo no fue pequeño. En una época en la que la mujer no tenía lugar en la dirección deportiva, ella creó uno y no sólo abrió una cancha, abrió un destino para cientos de jóvenes. Su historia demuestra que el deporte también es un acto de resistencia, que la mujer incluso en los territorios que la negaron puede transformar, construir y sostener, que el fútbol no es masculino ni femenino, es humano y que a veces lo más revolucionario es simplemente creer que un niño merece oportunidades y regalárselas sin esperar nada a cambio.

Era muy inteligente para el tema del fútbol, o sea pues era impresionante que una señora en esa época donde pues en el fútbol puros hombres, era impresionante pues tener una señora que fuera la que nos enseñara fútbol. A esta altura cuando uno mira hacia atrás y piensa en la trayectoria de Omaira Acero Torres surge una sensación difícil de describir, la de haber conocido a alguien que trabajó con una convicción inquebrantable. No lo hacía para sobresalir ni para figurar, lo hacía porque entendía que cada entrenamiento podía abrir una posibilidad distinta en la vida de quienes la rodeaban.

Sus antiguos jugadores coinciden en algo que no necesita adornos, con ella aprendieron a asumir responsabilidades sin que nadie se los exigiera, aprendieron a organizarse, a valorar el esfuerzo diario y a mantenerse firmes incluso cuando el cansancio parecía ganar. Omaira enseñaba desde el ejemplo, sin discursos largos ni fórmulas infalibles, sólo con la constancia de quien cree en lo que hace. Josué recuerda que cada sensación tenía un propósito claro, no sólo mejorar en la cancha sino adquirir comportamientos que le sirvieran fuera de ella.

Johan por su parte cuenta que su forma de relacionarse con el tiempo cambió por completo gracias a las reglas simples pero firmes que ella establecía, lo curioso es que sin darse cuenta esas pequeñas rutinas terminaron acompañándolos hasta el día de hoy. Quizá por eso su historia resulta tan valiosa, no está llena de titulares ni reconocimientos oficiales pero está compuesta de momentos que definieron la vida de muchos y aunque ahora ya no dirige equipos su presencia sigue viva en quienes la escucharon dar indicaciones, corregir posiciones o animar a alguien que dudaba de sí mismo. A sus 90 años Omaira se ha convertido en una memoria viva del esfuerzo y la dedicación, no necesita volver a las canchas para seguir inspirando, basta con recordar su manera de mirar a los jugadores mientras entrenaban, con esa mezcla de firmeza y cariño que pocas personas son capaces de sostener durante tanto tiempo.

Quizá esa sea la razón por la que su nombre continúa apareciendo cada vez que uno conversa con quienes pasaron por sus manos, no porque lo repitan con compromiso sino porque reconocen que algo en su forma de enseñar se creó grabado sin esforzarse, algo que no desaparece con los años ni con la distancia.