Entre palcos de pasto verde y palmeras inmensas, el Parque García Rovira dejó de ser solo un punto en el mapa para convertirse en un escenario vivo de memoria y tradición. Durante Semana Santa de 2025, el corazón de la ciudad latió al ritmo del Ancestral: Mercado Artesanal, una feria que no solo exhibió productos hechos a mano, sino también historias hiladas con dignidad, cultura y pasión.
Por Michelle Dayanna Martínez y Nicoll Dayanna Montañez
(mmartinez264@unab.edu.co, nmontanez27@unab.edu.co)
A veces, caminar por un lugar conmemorativo es más que recorrer un espacio verde. Es adentrarse en un capítulo abierto de una ciudad que respira, que recuerda y que transforma. Así se siente el Parque García Rovira, ubicado en el corazón histórico de Bucaramanga, un lugar donde las hojas de sus grandes palmeras parecen susurrar los ecos de la historia santandereana, y donde los pasos de cientos de personas no solo marcan la piel gris de la ciudad, sino también las memorias colectivas que nos definen.
Durante la semana del 16 al 20 de abril, no fue simplemente un pulmón urbano ni un sitio de paso para oficinistas y estudiantes. Se transformó en un punto de encuentro cultural gracias al evento “Ancestral: Mercado Artesanal”, una celebración que combinó la creatividad de los artesanos, la riqueza del patrimonio ancestral y la fuerza inquebrantable de la identidad santandereana y tuvo como objetivo poner en valor el talento y la creatividad de estos emprendedores, quienes mediante sus productos reflejan la esencia de las raíces culturales.

Un parque con memoria
Antes de que las carpas coloridas se instalaran y el aroma de los dulces típicos invadiera el aire, el Parque García Rovira ya era un lugar profundamente simbólico. Fundado en 1890, lleva el nombre de José Custodio García Rovira, héroe de la independencia. Su estatua de bronce, firme en el centro de este centro conmemorativo, no solo es un tributo a su vida, sino también una invitación a recordar el valor de los ideales por los que luchó.
La arquitectura que lo rodea refuerza esa atmósfera solemne: la Iglesia de San Laureano, la sede de la Gobernación de Santander y el Palacio de Justicia, todos alineados como guardianes de un pasado que se niega a ser olvidado.
Pero en el marco de BucaraSanta, la solemnidad se mezcló con los colores vivos de las telas tejidas a mano, el olor del café y otros dulces típicos santandereanos y la música suave que envolvía a los transeúntes.

Voces del mercado: esencia santandereana
-La idea era que esto fuera muy incluyente-, explica con entusiasmo una de las organizadoras, gestora territorial de Artesanías de Colombia, Marlene Cecilia Vargas verdugo. “Se abrió espacio para madres cuidadoras, personas privadas de la libertad, la población con discapacidad, la comunidad LGTBI, comunidades indígenas… todos tienen un lugar acá.”
Y en medio de ese mosaico humano, está Janez Sanabria, una mujer de sonrisa serena. “Soy artesana. Mi emprendimiento se llama Sofía Arte. Hago alcancías personalizadas, bonsáis en alambrismo, tejido en miyuki artesanal y manillas.” Su historia comenzó cuando una profesora enviada por la Alcaldía de Girón llegó a su barrio. “Nos enseñó lo del alambrismo. Y de ahí nació todo, no he parado.”
“Yo vivo de esto. Entre semana fabrico, y los domingos salgo a vender con mis compañeras” Las ferias no son solo una vitrina, son un sustento para muchas familias de Santander: “Nos convocan por redes o por la asociación a la que pertenezco. Y ahí llevamos lo que hacemos.”
También está Elmira Rodríguez, de San Gil. “Mi emprendimiento se llama Artesanía Chapala. Es el legado de los abuelos de mi esposo.” Desde 2017, tejer canastos con zuncho es un legado que ahora comparten con su familia.
Un ritual de conexión
Más de 70 artesanos participaron en esta edición del mercado, seleccionados tras una rigurosa convocatoria. “Se evaluó el producto según técnica, color, materia prima, terminaciones… y todo lo hizo una persona externa, imparcial.” dijo Marlene Vargas. El 70% eran verdaderas artesanías y el 30% eran manualidades.
Y aunque las ventas no fueron las mejores para todos, el impacto del evento fue claro. “Si la alcaldía hace tres ferias, y la gobernación otras tres, sería buenísimo. Porque esto mueve la economía, y ayuda especialmente a las mujeres cabeza de hogar”.

La feria ofreció talleres de tejido, cocina típica, presentaciones musicales de tiple, bambucos y guabinas. Los visitantes paseaban como si recorrieran un museo al aire libre: probaban solteritas, admiraban collares de semillas y presenciaban técnicas ancestrales de bordado y cerámica.
“Ancestral no es solo un mercado. Es un ritual de memoria”, decía Lina Arbeláez, coordinadora del evento. “Queremos que la gente se reconecte con sus raíces, que los niños aprendan historias que están quedando en el olvido y que los turistas se lleven más que un recuerdo: una historia, un sentir de “verraquera santandereana”.”
Ninguno de los artesanos pagó por estar en este evento. Las carpas, mesas, sillas y hasta refrigerios fueron proporcionados por la Alcaldía. ¿La intención? Que la ciudad bonita no se vacíe en Semana Santa, que la ciudad viva a través del arte, la cultura, la gastronomía. Que el turismo traiga economía y que la economía dignifique. “Los artesanos no producen para guardar en la casa”, recalca la gestora. Necesitan vender, y para eso necesitan ferias como esta. Porque cuando una feria tiene alma, no solo se venden productos: se tejen redes, se preservan saberes, se dignifica al creador.
Una herencia viva
El evento cerró el 20 de abril con el cielo santandereano que comenzaba a teñirse de violeta, muchos entendieron que este parque no solo honra a un prócer, sino también a un pueblo que, día a día, sigue tejiendo su legado con hilos de tradición y resistencia.
