Ángela Ruiz

Me llamo Ángela Ruiz, tengo 38 años y nací en Bogotá. Llevo alrededor de cuatro años en
Bucaramanga, llegué en enero de 2021. En la universidad estoy desde febrero de este año.
Llegué porque, no sé, “la vida me trajo”. Antes estaba trabajando en un gimnasio, y sentí
que era el momento de hacer una pausa, buscar algo más tranquilo y con menos presión,
así que me di un tiempo. Una compañera de otro trabajo me comentó que en la universidad
estaban dando una oportunidad, y decidí presentarme.

Soy tecnóloga en Entrenamiento Deportivo del SENA en Bogotá, y además hice una
especialización tecnológica, también en el SENA, en Entrenamiento Físico Personalizado.
Debo decir que no fue fácil llegar a esto. Al salir del colegio no sabía qué estudiar.
Inicialmente, me metí a un instituto a estudiar Ingeniería de Sistemas porque la veía como
una buena entrada económica, y a la vez trabajaba. Sin embargo, al primer semestre me di
cuenta de que eran muchos números, mucha matemática y mucha parte tecnológica, y no
me fluía; no me veía tanto tiempo encerrada detrás de un computador.

Dejé eso y también lo intenté con Idiomas, pero no funcionó. Luego estudié Regencia en
Farmacia, y cuando estaba a un mes de graduarme de esa tecnología, sentí que tampoco
me llenaba, así que lo dejé pasar.

Cuando tenía unos 25 años, me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo sin decidir qué
hacer. Ya no tenía ahorros ni quién me pagara la universidad, por lo que necesitaba hacer
algo. En el SENA se presentó la oportunidad de estudiar algo relacionado con la Actividad
Física. Siempre me había gustado el deporte, pero nunca lo vi como una opción de trabajo
porque no me parecía una buena entrada económica. Sin embargo, me presenté, quedé, y
ahí me enamoré del deporte y la actividad física.

Desde entonces, he trabajado no solo en gimnasios, sino también dando clases de natación
y clases de deporte, en especial con Comfenalco, donde trabajé un buen tiempo.
Cuando terminé de estudiar en el SENA, me pregunté qué haría ahora, porque empezar a
trabajar es complejo. Tenía que hacer una escuela de profesores: después de estudiar,
había que pasar un proceso de selección entre 600 personas para poder obtener un puesto.
Logré quedar entre las 35 personas que se vincularon a ese trabajo. Era un trabajo
demandante; teníamos que preparar clases de rumba, aeróbicos y yoga. No tenía idea de
métrica musical ni de ritmo, pero tuve que aprender.

En el futuro, me gustaría enfocarme más hacia la Fisioterapia, en una combinación, ya que
siento que la fisioterapia va de la mano con el entrenamiento. Pero sé que es una carrera
costosa, entonces, si se da la oportunidad económica más adelante, me gustaría estudiarla.
La idea de estar aquí en el gimnasio de la universidad es, primero, cuidar la salud de los
estudiantes. Aunque muchos ya saben entrenar, mi función es estar pendiente de que no
hagan “ejercicios locos” o variaciones que ven en redes sociales; la idea es orientarlos para
que hagan las variaciones de forma correcta y sin lesionarse.

Para los estudiantes nuevos que nunca han entrenado, hay un acompañamiento más
constante todos los días. Empezamos con un proceso de adaptación, y después se les
envía una rutina de entrenamiento. Cada vez que vienen, nos muestran la rutina y les
orientamos sobre los ejercicios diarios.