Por María Alejandra Godoy Torres y Andrea Julieth Acevedo Ortega
(mgodoy620@unab.edu.co, aacevedo528@unab.edu.co)
En 1827, por medio de un decreto, las autoridades de Floridablanca prohibieron el entierro de cadáveres en templos, capillas o bóvedas. Se ordenó la construcción de un “camposanto” a las afueras de la ciudad para evitar malos olores y enfermedades. Así nació uno de los más conocidos puntos de referencia del lugar: el cementerio de Floridablanca, ubicado en la cra. 6 #7-76, a escasas tres cuadras del parque principal del municipio.

La necrópolis contiene una capilla en la que, todos los lunes a las 4 pm, los feligreses se reúnen a celebrar la eucaristía por las ánimas, presidida por el párroco Jorge Santamaría, quien eleva una oración especial a las almas del purgatorio. El panteón es un lote inclinado en el que se pueden encontrar osarios, cenizarios, bóvedas y monumentos funerarios del siglo XX que son testimonio de la evolución de este lugar.
“Acá hay tumbas de gitanos”, afirma Joaquín Peña Calderón, quien ha trabajado en este espacio desde 1999. Mientras el sepulturero señala una tumba extravagante con techo y decorada de baldosa blanca y flores azules, comenta que antes la visitaban seguido y le botaban comida y licor. “La construcción es diferente a las de otros muertos; la tumba tiene tres niveles, pero solo hay un cuerpo bajo tierra”.

Allí hay una pared con bóvedas vacías para restaurar. Peña Calderón expresa que, si las familias no pagan la administración, sacarán los cuerpos y los echarán a la fosa común. “Los cuerpos se guardan en bolsas y se arrojan a la fosa común; con el tiempo se van pudriendo, se descomponen”.
Esta remodelación ha sido muy esperada por los visitantes del lugar, ya que presenta condiciones de deterioro. “Está muy abandonado y le hace falta agüita a ese prado”, opina Patricio Martínez, quien visita el camposanto con el fin de despedir las cenizas de su madre. Marta Janet Martínez Patiño concuerda con el comentario de su padre, asegurando que aquí se puede hacer lo mismo que en otros cementerios, pero le falta una buena administración.


Para poder mantener a los familiares difuntos en este espacio sagrado, se deben pagar 60 mil pesos anuales. Sin embargo, el sepulturero cuenta que “unos pagan y otros no”. A pesar de esto, las tumbas muestran una variedad de estilos y materiales a lo largo del tiempo, desde las de piedra de alrededor de 1840 hasta los mausoleos de los años 60, incluyendo elementos como cruces, inscripciones y ornamentos en piedra, mármol, hierro y cobre.
Esto se ve reflejado en el panteón de la Hermandad de Jesús Nazareno de Floridablanca, que tiene forma de casa y bóvedas, las cuales rodean la imagen de Jesús cargando la cruz. Así como se pueden identificar tumbas de las primeras familias más reconocidas del municipio.

Según José Vásquez, joven sepulturero del lugar, hay alrededor de 1.100 bóvedas y 3.000 osarios, añadiendo que aún hay cúpulas libres. Sin embargo, para Marta Janet Martínez no es un lugar en el que le gustaría estar enterrada: “Es tranquilo, pero le falta mucho”. En contraste, su padre, Patricio Martínez, prefiere este sacramental como santuario final: “que me dejen acá; los ricos son muy envidiosos, quiero estar separado de ellos, a 5 metros bajo tierra”, dijo en tono irónico.
Se piensa que trabajar en un espacio como este requiere de mucha fuerza de voluntad y buen manejo de sentimientos. Pero para Peña y Vásquez es una labor ordinaria. “Cuando uno coge práctica, esto no es un trabajo difícil”, responde el más experimentado de los dos. El oficio de sepulturero, al igual que otros, puede ser heredado a través de las generaciones, como es el caso de José Vásquez, quien lo aprendió de su padre, pensionado del panteón central; “desde niño me acostumbré a este ambiente”, concluye.

Actualmente, existe un debate entre camposantos públicos y privados. Debido a que cuando Floridablanca empezó a crecer como ciudad y a aumentar su población, se dieron cuenta de que el terreno no era suficiente para todas las personas que estaban muriendo. De esta situación nacieron otros sitios para sepultar. “Acá la exhumación no vale ni 400 mil pesos, pero la gente no mira eso; igual al final, se pudren los bonitos y los feos”, reflexiona Joaquín Peña.
Aunque la opinión de los visitantes varía en este tema, Yolanda Martínez Jaimes testifica que el cementerio es bastante importante: “En este pueblo somos de mucha fe; venir acá ya es parte de la vida de uno”, agrega. Ella cuenta que en ese espacio descansan los cuerpos de muchos familiares como sus padres, hermanos, sobrinos, tías y suegra; a quienes visita cada tres meses o en fechas especiales y describe su rutina como algo sencillo pero significativo: orar en la capilla, visitar sus tumbas y colocar flores.
