Hoy, Irene Ortega Silva es una exitosa profesional en comercio exterior, con una especialización en gestión pública y actualmente trabaja en una de las entidades públicas más reconocidas del país. Sin embargo, la situación en la que se encuentra ahora no ha sido siempre su realidad. Antes de llegar a donde está, ella vivió años de escasez, lucha constante y una desesperada búsqueda por un futuro mejor.
Del tranquilo San Vicente de Chucurí a la gran ciudad, Irene se enfrentó a una realidad que aún golpea a miles de jóvenes. La educación es el camino al éxito, pero el precio es altísimo. Esta es la crónica contra todo pronóstico, una historia de superación.
En 1996, Irene, la hija menor de Alcira Silva y Ángel María Ortega, tenía claro que la única manera de forjar su futuro era teniendo un título universitario, por lo que se prometió a sí misma ser profesional, sin importar qué tan difícil y retador fuera el camino. Desde pequeña estudié en el colegio la presentación de San Vicente de Chucurí y en el año 87 terminé el bachillerato. Mis padres me dijeron que no era viable pagarme la universidad para venirme a Bucaramanga, teniendo en cuenta todos los gastos que acarrea al estar en esta ciudad.
Para agregar, somos seis hermanos, entonces era un poco difícil para mis padres. Sabiendo esto, Irene no tuvo otra opción que quedarse en el pueblo trabajando. Trabajó durante muchos años en dos empresas, la primera Alma Café, almacenes generales de depósitos de café, y la segunda en la ferretería en Nogal, que para esa época era la más grande del pueblo.
Trabajó como secretaria, auxiliar contable, cajera, entre otras ocupaciones. Bueno, ella quería comenzar sus estudios profesionales, pero debido a que San Vicente pues era, es aún un pueblo pequeño, San Vicente de Chucurí, allí no habían universidades. Entonces, por lo tanto, también ella era muy pequeña para venirse a vivir en una ciudad como Bucaramanga.
Entonces decidió primero pues trabajar un poco de tiempo allí en San Vicente, para obtener algo de dinero y a la vez esto, obtener también experiencia laboral. Acaban de escuchar a su hermana Hilda Ortega Silva, quien acompañó muy de cerca el proyecto de vida de Irene. Ella, quien se casó joven y no pudo estudiar una carrera, sí anhelaba que su hermana pequeña lo lograra.
En un momento de mi vida sentí que era necesario venirme a la ciudad a estudiar. Ya tenía algo de dinero ahorrado, pero sí o sí tenía que llegar a la ciudad a buscar trabajo y me vine para Bucaramanga cuando ya tenía la edad como de 26 años. Para el segundo semestre del año 1996, Irene entró a estudiar Comercio Exterior en la Universidad Santo Tomás de Aquino, que para esa época estaba ubicada en la carrera 19, entre la calle novena y décima.
Pero la búsqueda de un empleo en la ciudad que le permitiera costear la carrera universitaria chocó de frente con una realidad que de entrada le cierra la puerta a la mayoría de los jóvenes en el país. Citando cifras del DANE y del Ministerio de Educación, cerca del 46 por ciento de los jóvenes no pueden ir a la universidad por razones económicas. Y es que actualmente los costos de matrícula en universidades privadas se encuentran entre los 3 y 30 millones de pesos, valores que para familias de bajos recursos no son accesibles.
La única opción de Irene para lograr ingresar a una carrera y lograr su meta de ser profesional era trabajar de día y estudiar de noche, pero el constante rechazo de hojas de vida la arrastraba como un río turbulento, sumergiéndola en una ola de frustración y desesperación. Ya instalada en la ciudad de Bucaramanga empecé a buscar trabajo, un trabajo que tuviera la oportunidad de estudiar. Buscando ofertas laborales encontré uno que el sueldo en esa época pues era el salario mínimo, en esa época era 172 mil pesos más o menos, sin embargo pues tenía que hacerlo rendir porque tenía que alcanzarme para los gastos.
Pues recuerdo con nostalgia al mismo tiempo pues como con resiliencia de las situaciones que se presentaban en esos momentos que era acostarme a dormir sin comer y guardar ese dinero para los buses o guardar esos dineros para mandar a hacer impresiones de trabajo en las papelerías cerca de la universidad o era comer, lo que más sobrepesaba en esos momentos. Recuerdo mucho cariño a un señor que tenía una papelería y cerca la Santoto que se llamaba Jorge y él nos fiaba mucho, muchos compañeros nos fiaban las fotocopias y a fin de mes que nos pagaran o en quincena nosotros íbamos y le pagábamos y ese era uno de mis casos, nos fiaban las fotocopias a mí y lo pagaba uno a fin de mes con mucho agradecimiento lo recuerdo. Situaciones como esas se repitieron casi durante toda la carrera, tenía que trasnochar mucho porque llegaba de la universidad casi a las diez de la noche salíamos a las nueve y veinte, nueve y media y mientras llegaba al apartamento eran más o menos diez para las diez a dormir, tenía que llegar a alistar las cosas del otro día, ir a trabajar, las cosas de la universidad en fin y levantarme muy temprano porque tenía clase a las seis de la mañana en la universidad, tenía que salir ya desayunada porque de la universidad ya pasaba trabajo pero así me tocó prácticamente toda la carrera.
Ese ingreso de 172 mil pesos para 1996 si lo ajustamos por la inflación tendría un valor adquisitivo cercano al millón 150 mil pesos colombianos en la actualidad, Irene intentaba pagar su universidad y subsistir con un ingreso que apenas roza el salario mínimo de hoy, una presión insostenible, el economista Klissman Landinez explica la raíz de este problema. El problema es la falta de dinero y la necesidad de trabajar que tienen muchos jóvenes y adultos, lo cual realmente dificulta la permanencia de estos dentro de las universidades y esto no sólo genera dificultades para estas personas sino también para nuestra sociedad, para nuestro país, estamos perdiendo mano de obra calificada, que no hay unas políticas educativas, no hay unas políticas laborales que permitan que ellos puedan formarse y no sólo una formación técnica sino realmente una formación profesional que permita salir adelante a estas personas para tener una vida plena. Conseguir trabajo no fue fácil en el sentido que tenía que la empresa tenía que adaptarse a mi horario de la universidad, fue difícil pero para Dios nada es imposible, conseguí un trabajo en una ferretería en la carrera 15 con Quebrada Seca Esquina, empecé a trabajar como secretaria de gerencia comercial, mi horario era de 8 a 2 y de 2 a 6, entonces dije bueno pues sí, los sábados también se trabajaba de 8 a 12, entonces dije bueno pues me sirve porque yo estuve en la universidad de 6 a 7 y 40 más o menos, 7 y 45 mientras tomaba el bus me alcanzaba divinamente a llegar a las 8 a la ferretería, salía a las 6 y no era más sino pararme en una puerta de la ferretería y pasaba el bus y tomaba el bus y a las 6 y 20 más o menos estaba ya en la universidad nuevamente.
En esta empresa, en esta ferretería de venta y materiales de construcción, mi jefe era el gerente comercial y se la pasaba continuamente diciendo que no le servía que yo estudiara, bendito Dios alcancé a estudiar dos semestres en esa ferretería pero un día llegó así como como decimos los santandereanos con el pelo encrespado y me dijo que no le servía más como secretaria porque yo me asimilaba a un obrero de construcción que a las 6 de la tarde soltaba el balde, la pala y el palustre y demás implementos de construcción y que no le servía y de inmediato pasó a cancelarme el contrato. Irene se enfrentó entonces a un dilema que tiene consecuencias graves para el país. Según el Ministerio de Educación, más del 12% de los estudiantes universitarios en Colombia desertan anualmente el sistema.
La falta de recursos y la imposibilidad de conciliar trabajo y estudio son las causas principales de esta crisis social. Las cifras de deserción reflejan la batalla diaria de estudiantes como lo fue Irene. El DANI ha reportado que los estudiantes universitarios que también trabajan invierten un promedio de 42 horas a la semana en su empleo, esto es casi una jornada laboral de tiempo completo que se suma a la carga académica, el transporte y los trabajos en grupo.
Irene no sólo luchaba por un título, luchaba contra el reloj, contra el sueño y contra el agotamiento extremo. Bueno pues a pesar de esta lamentable situación me dieron una certificación laboral en la cual constaban que era una persona honesta, responsable, cumplidora de mis obligaciones, de mi horario, bueno en fin con esta recomendación un conocido me buscó una entrevista en una ferretería que en ese momento quedaba en la carrera 17 con 61 esquina y entré a trabajar ahí como secretaria y auxiliar contable, auxiliar de ventas, entré a trabajar en la ferretería cementos, hierros y pinturas, el propietario era el señor José Luis Silva Gandúr, una persona con unos valores increíbles, muy buena gente, muy buena persona, muy humana y me facilitaba los sábados también para que yo pudiera ir a estudiar y en la tarde pues iba y trabajaba para reponer el tiempo. Ahí sí me dieron más flexibilidad de horario, no, estaba bien, gracias a Dios de esos seres humanos deberían duplicarse porque mucha gente hoy en día no consigue trabajo precisamente porque los dueños de las empresas no les facilitan este tema del estudio.
Irene también tuvo la fortuna de coincidir con personas que estudiaban su misma carrera y la ayudaban y apoyaban en los diferentes trabajos en grupo, una de ellas es Patricia Luque Pedroso quien recuerda con nostalgia una anécdota que marca el testimonio de lo duro que ha sido la historia de vida de Irene Ortega. En una ocasión por el cumplimiento de los deberes con el tema empresarial recuerdo a una gran amiga Irene Ortega que teníamos parcial de inglés y pues no era nada fácil para nosotros una segunda lengua, sin embargo por temas laborales ella llega un poco más tarde y la profesora simplemente no dejó presentar el examen, esto conllevó a que ella pues le llorara, le suplicara, que le permitiera pues por lo menos presentarlo para no colocar un cero, sin embargo no fue viable, es una de las anécdotas que tengo más presentes por el mismo dolor que se presentó la situación. Irene jamás pensó en rendirse porque tenía claro que no sería nadie con tres o cuatro semestres de comercio exterior y por nada del mundo quería seguir ganando un salario mínimo, su refugio un puerto seguro donde encontraba consuelo y fuerzas para seguir adelante su madre Alcira Silva Pinto quien con lo poco que tenía siempre la apoyó.
Yo no pude estudiar una carrera pero siempre le colaboraba con lo que ella pudiera al menos con cuadernos, con los libros o laborales para que ella con la ayuda de dios ella sí pudiera estudiar, hacer una carrera que ella deseaba hacer entonces pues al menos le colaboramos ahí con fuera aunque fuera poco. Nunca yo sentí resentimiento hacia mis padres por no haberme pagado mis estudios, lo entendía perfectamente, éramos muchos hermanos, los gastos eran muchos entonces pues en ese sentido lo único que tuve en ese momento y he tenido toda la vida es agradecimiento por mis padres en la forma como ellos me criaron, valorar todas las cosas, ser un ser agradecido por lo grande y por lo pequeño de las cosas de la vida. El esfuerzo efectivamente dio sus frutos y un 30 de noviembre del 2001 su nombre fue llamado a recibir diploma universitario.
Tras realizar sus pasantías en la dirección de impuestos y aduanas nacionales Dian Seccional Bucaramanga, Irene Ortega fue contratada y desde entonces ha desarrollado su carrera allí durante 17 años. Actualmente trabaja en Zona Franca Santander y es la encargada de controlar el ingreso y salida de mercancías de la Zona Franca. Siento mucha satisfacción al darme cuenta de todo lo que he logrado, recuerdo con nostalgia los momentos difíciles pero que fueron necesarios para convertirme en la mujer que hoy soy, tenía claro que quería ser profesional y como decimos los santandereanos, para atrás ni para coger impulso.
Ese es un testimonio claro de cómo la determinación y perseverancia pueden transformar los anhelos en realidad. Yo soy Andrea Acevedo, estudiante de comunicación social de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y escuchaste la crónica contra todo pronóstico, una historia de superación.
Realizado por: Andrea Julieth Acevedo Ortega
