Por Melissa Castro y Sebastián Páez
(jpaez612@unab.edu.co, mcastro382@unab.edu.co)
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre,
les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”
Juan 1:12
-¿Qué desean?, preguntó con urgencia, como si él viniera con hambre y ella con pistola. Tenemos el menú del día; sopita ya no nos queda.
En realidad, solo iban por una tarde de oración.
-Regálenos un vasito de agua, por favor.
Luego se percataron de que el letrero de restaurante, la terraza de restaurante, las sillas de restaurante y los platillos que corrían hacia los comensales, significaban que esto ya no era una iglesia, sino (efectivamente) un restaurante.
-¿Carrera 36 con calle 44 número 48?
-Sí. Es aquí.
-¿Seguro? Tal vez se fueron al local de al lado.
No. Ni al lado, ni arriba, ni abajo. En ninguna parte. Ni siquiera en el mapa. La iglesia, de hecho, no estaba. De su registro solo queda una foto. Pero esa foto basta, confirma que aún no están del todo locos.
-“Hot and tasty pancakes. Brown Day. Cocina americana y bar”. Llamar así al mausoleo de Dios… ¡Vaya ocurrencia!

Ocho años habían pasado desde que un punto de encuentro cristiano más desapareció sin dejar rastro. En esa misma dirección. Quedaron atrás un par de evangélicos rotos y un local perfecto para arrendar. En 2019 ya se habían instalado los nuevos inquilinos de refinado vocabulario gringo.
Los sabios del lugar (celadores de bolillo colgao’ y semblante rupestre) hablan con aires penitentes sobre la transformación de la cuadra. Primero fue el McDonald’s, luego vino el Farmatodo y, al final, prácticamente lo remodelaron todo. ¿La iglesia? Nadie sabe. ¡Puf! De espíritu a fantasma. Ni siquiera se puede descubrir su nombre. En Bucaramanga, tal parece, los templos caídos no resucitan al tercer día. Más bien, desaparecen en la vorágine del olvido. El tiempo, encima, tan ajeno. Tan distraído.
Las que no desaparecen, se profanan. Con fritanga o crossfit, con lo que haga falta. Una vez deshabitado el local, queda en manos del libre mercado. Aquellas paredes que una vez consagraron la inquebrantable fe criolla hoy están plagadas de infinitas capas de pinturas de colores, excéntricos valores comerciales y una mentalidad blasfema.
Extraño caso, porque en esta ciudad Dios es incuestionable. Porque siempre lo ha sido. Y porque lo será hasta el fin de los tiempos.

¿Diversidad?
En la capital santandereana predomina el catolicismo y, por allá, algo lejos, se encuentra el cristianismo. Al menos, así lo apunta la evidencia (mejor dicho, un estudio titulado Actividades religiosas en Bucaramanga, escrito por tres doctores en economía de la UIS y publicado por SciELO en 2007). En él se confiesa que, aunque el 88 % de los ciudadanos se declara creyente, solo el 67 % lo hace dentro del catolicismo (un índice por debajo de la media nacional). Aunque en ese entonces, a los cristianos y protestantes los metieran en el mismo saco, pero ya puede calcular usted.
-“Las iglesias cristianas, por lo general, empiezan en una casa”, comenta Eduardo Morales Sanguino, cristiano desde la cuna. “Luego las reconstruyen, las remodelan, las amplían. Al principio, crecen en la misma casa”.

-¿De dónde sacan plata para las remodelaciones?
-“Eeeh. Se empieza a orar. Digamos: hay una casa de 15 por 15 (metros), y oramos por la de al lado, por la siguiente y la siguiente… A eso se le llama fe: declarar que el terreno de Dios va a seguir expandiéndose. Con el tiempo, a los vecinos les toca unirse… o venden el terreno. Así ha pasado con muchas iglesias. Han orado, y gracias a eso han duplicado su tamaño”.
Ojalá que, después de tanta oración y revoloteo, también les alcance para arrendar un pedacito de cielo.
Al preguntarle a un grupo de cristianos respecto al valor sagrado de sus templos de culto, respondieron sin discreción:
-“Dios está con uno. Puede estar en el parque, puede estar en el salón social de un edificio o puede estar en una de esas casas; sin embargo, Dios no está pegado a los muros. La religión somos los creyentes; todos somos parte del Espíritu Santo”. (Sergio Reyes Calderón, 46 años)
-“Lo que hace especial un templo son las personas que se reúnen a escuchar la palabra del Señor. Ese es el propósito de una iglesia”. (Silvia Andrea Osorio, 44 años)
-“Cualquier lugar puede ser santo. Siempre que cumplan con los parámetros de Dios”. (Carolina González, 36 años)
Parecían haberse puesto de acuerdo, aunque no se conocieran y vivieran relativamente lejos. Con todo, ninguno supo responder si el vasito de agua gringo de aquel día podría clasificarse como agua bendita. Ya que, quizá un día de estos, cuando “Brown Day” cierre por remodelación, alguien ore lo suficiente y aparezca un nuevo templo. Con snacks americanos y un bar.
