Guardianas de la memoria

Por Laura Sofía Morales Barbosa y Daniela Portilla Paredes
(lmorales285@unab.edu.co, dportilla218@unab.edu.co)

A las afueras del Parque Memorial Jardines La Colina (Calle 70 #33-1139, Lagos del Cacique, Bucaramanga), un grupo de mujeres trabaja todos los días en las casetas que han instalado con esfuerzo. No tienen local ni una gran vitrina, pero sí variedad de flores frescas, cintas de colores y una energía que contrasta con el ambiente del cementerio. En este espacio que conecta la vida con el recuerdo, ellas ofrecen sus detalles como quien entrega un abrazo.

Son mujeres que, con dedicación y talento, han establecido su trabajo en medio del dolor ajeno. Además de vender, conversan con las personas, brindan palabras de apoyo y participan de manera respetuosa en los rituales de despedida.

“Me encanta dejar todo bonito y parejito”, afirma Jessica Ramos. / Foto Daniela Portilla Paredes

Jessica Ramos llegó a los 16 años sin imaginar que arreglar y comercializar flores sería su oficio. Empezó ayudando en un puesto y, actualmente, con solo 20 años, ya tiene clientela propia. Le apasiona dejar todo “bonito y parejito”, como afirma ella, porque “un buen ramo también habla”. Su jornada habitual es de 7:30 a.m. a 5:30 p.m., aunque en fechas especiales como Semana Santa, Navidad o Día de Velitas puede pasar más de 15 horas de pie. Lo que más le cuesta es cuando un cliente no valora de la mejor manera su profesión. “Un arreglo de diez mil no son solo rosas. Es el esfuerzo de uno, el tiempo, el calor… esto no es ‘tumbar’, es ganarse la vida con respeto”.

Más allá de las edades, está la experiencia y trayectoria que imponen respeto. Bernarda Jaimes o “Chavita”, como todos la conocen, lleva más de 40 años realizando este arte y 19 en su puesto cerca del cementerio. Con su chaleco fucsia y su voz serena, recuerda cuando trabajaba en el parque Romero (Cl. 45 #12-0, García Rovira, Bucaramanga, Santander). “Pero aquí fue donde eché raíces”, dice orgullosa. Para ella, cada rosa representa algo diferente. “No es solo echar rosas en una espuma. Hay que saber combinar, conocer los colores y entender el momento”. Aunque también crea diseños para matrimonios, bautizos y otras ceremonias, su mayor conexión está con quienes buscan honrar la memoria de sus seres queridos. “Es duro ver tanto llanto, pero también es bonito que la gente confíe en lo que uno arma para alguien que amaron tanto”.

Para Chavita, lo más importante es la confianza que la gente deposita en ella para aquello que le llevan a quienes recuerdan y mantienen en su corazón. / Foto Daniela Portilla Paredes

A las 4 de la mañana, mientras algunos siguen durmiendo, Diana Prada ya está en su local, preparando los detalles para los pedidos de los hoteles. Antes de las 7 ya tiene su punto listo para el público. Lleva 15 años en esto, y aunque ama los retos —como cuando le pidieron un bouquet gigante de rosas y se demoró tres horas en dejarlo perfecto— sabe que lo más difícil no es lo manual. “A veces la gente llega deshecha. Lloran por la mamá, por el esposo, por un hijo… uno se queda sin palabras”.

Paola Torres también sabe lo que es acompañar el duelo. Lleva 13 años en este arte, y lo hace con tanta empatía, que muchos vuelven solo por cómo los trata. Entre las muchas historias, hay una que no olvida. “Una vez vino una abuelita a comprar un ramo fúnebre para su hijo con tanta nostalgia, que mientras escogía las flores, se puso a llorar. Sentí una tristeza muy grande y cuando se lo entregué, solo pude decirle que estaba a la orden y que le pedía a Dios que le diera mucha fortaleza”, recuerda con tristeza.

Tiene claro que su labor no se trata de presionar a nadie: “Uno no tiene que rogarle al cliente para que compre, él llega solito. No se trata de mostrar hambre de vender, sino de que él sienta ganas de llevarse algo”.

“Lo que más me gusta y me apasiona es hacer arreglos de detalle”, afirma Diana Prada / Foto Daniela Portilla Paredes.

Sin embargo, no todos los que se acercan entienden el valor que hay detrás, porque una mirada indiferente o un comentario despreciativo intenta reducir su arte a un simple rebusque, como si el tiempo, el calor, el esfuerzo y la empatía que entregan en su oficio no contaran. A pesar de la indiferencia de algunos, ellas siguen, con paciencia y dignidad, en su profesión que va más allá de lo superficial y conecta lo que se siente en lo más profundo.

Los detalles que se venden frente a Jardines La Colina no se ofrecen al paso como cualquier cosa. Se entregan con el mismo cuidado con el que se acompaña una despedida. Cada mujer que trabaja en esas casetas ha aprendido, entre espinas y pétalos, que un ramo puede ser abrazo y consuelo. Y en medio del ir y venir de quienes lloran, oran o callan, ellas permanecen, firmes, ofreciendo un acto silencioso de amor.

“El cliente llega solito, uno no tiene que demostrar que uno tiene hambre de vender”, asegura Paola Torres. / Foto Daniela Portilla Paredes.