Misión gatuna

Laura Claros: Dicen que uno termina encontrando aquello que alguna vez temió y esta historia es precisamente eso, la historia de una mujer que pasó de evitar a los gatos a hacerlos parte fundamental de su vida.

Mayra Barrera: En su infancia no hubo gatos, no hubo arenero, ni ronroneos, ni bigotes, sólo una idea heredada: “los animales son libres, no son para tener en casa”, pero la vida como siempre tenía otros planes.

Laura Claros: Para entender cómo empezó todo, tenemos que volver a su infancia, antes de los gatos, antes de los rescates, a una casa donde los animales estaban, pero no como compañía.

Doña Marta: En mi casa, pues mi papá y mi mamá de origen campesino, ellos se vinieron a vivir a la ciudad, entonces ellos estaban acostumbrados al trato con animales. A mi papá no le gustaba que nosotros tuviéramos mascotas, porque él decía que los animales debían ser libres.

Laura Claros: Pero aunque creció rodeada de animales, nunca hubo un gato, y quizá por eso, cuando se fue a vivir sola, no quería ni uno cerca.

Mayra Barrera: De hecho los evitaba.

Doña Marta: El temor a los gatos no era un temor así como una fobia, sino que era como la falta de costumbre de tener un animal como un gato en la casa, como nunca tuvimos un gato, era esa falta de costumbre, ese desconocimiento de cómo era un gato. El comportamiento de ellos, digamos que para mi mente y mi concepto, ellos usaban las uñas para arañar todo lo que veían por delante.
De hecho, yo recuerdo que cuando yo me fui a vivir sola, un vecino de nosotros tenía un gatito negro que lo dejaba salir, y entonces el gatito, como era un conjunto de apartamentos, lo que hacía era meterse en los demás apartamentos; en una de esas se metió a mi apartamento y yo tenía los muebles nuevos, entonces yo le decía al niño: “No, no, sáquenlo, que me arañan mis muebles”.

Laura Claros: Y así pasó años sin tocarlos, sin entenderlos, hasta que un día cualquiera la historia cambió.

Mayra Barrera: Era un primero de mayo, ella estaba en su local y alguien dejó un gatito ahí, solo.

Doña Marta: Me habían dejado un gatito blanco, pequeñito, flaquito, de ojos saltones, y el gatito miraba para todos lados, como explorando. Él no se movía del sitio donde lo dejaron, no caminaba. Estaba simplemente mirando hacia el techo, mirando alrededor, como tratando de identificar por qué estaba ahí. Mi novio me dijo que nos lo lleváramos y yo no quería, yo le decía que no, que yo no quería gatos en la casa. Entonces él le mandó a una empleada a comprar leche y una tacita. Le echó la leche y él tomaba muchísima, se notaba que tenía hambre. Aun así yo seguía negándome, a mí no me gustaban los gatos, yo no quería que llevara gatos al apartamento. Entonces al fin me dijo: “Bueno, pues tengámoslo ahí una semana y luego yo me lo llevo para el trabajo”. Entonces yo accedí, dije: “Bueno, está bien, si es solamente por una semana…”.

Laura Claros: Esa semana se convirtió en toda una vida.

Mayra Barrera: Ese gato sería Poncho, su primer gato, su primer aprendizaje y su primer amor felino.

Doña Marta: A partir de ahí, yo tomé más conciencia de lo que era cuidar un gato y le cogí cariño. Al principio yo seguía teniéndole temor y lo tocaba con miedo.
Pero una sobrina lo tocaba con calma, y él respondía con calma. Así aprendí que yo debía ser tranquila para transmitirle tranquilidad al animal.

Laura Claros: Y así empezó la historia, pero cuando uno adopta un gato, a veces no adopta uno: adopta un antes y un después.

Mayra Barrera: Llegó Pepa, luego Lucas, un gato que la siguió hasta la puerta, y después Pancha y Osa, una hallada dentro de un locker, otra rescatada de una empresa.

Doña Marta: El tercer gato fue Lucas. Lo abandonaron un diciembre. Desde que adopté a Poncho, adquirí un oído fino para el llanto de los gatos, y Lucas lloraba muchísimo.
Yo lo veía desde mi terraza; la gente le tiraba pan porque era dócil, pero cuando todos se iban, él quedaba solo. Una noche le llevé comida y agua. Cuando me devolví al apartamento, él se vino detrás de mí. Llegó hasta mi puerta y pensé: “¿Qué hago?”. Lo dejé entrar, aunque pensé que era mala idea.
Mi sobrina me dijo: “No tía, usted se tiene que quedar con este gato”.

Laura Claros: Y mientras su casa se llenaba de gatos, el barrio también empezó a mostrarle otro camino.

Mayra Barrera: El camino de los gatos de la calle, los abandonados, los invisibles.

Doña Marta: Empecé a ayudar gatos en situación de calle. Había una bodega donde la gente los dejaba por una rejita. Yo les echaba comida y agua, y ellos ya sabían que yo llegaba. Pero si estaban enfermos no había forma de ayudarlos. Una vez mandé a operar una gata. La puse en adopción sin revisar a los adoptantes. La amarraron, se lastimó, estuvo días bajo lluvia… cuando la encontraron, murió. Ese fue uno de los errores: entregarla en adopción.

Laura Claros: Ese error dolió, pero también enseñó, y Doña Marta lo tomó como una promesa: no volvería a dejar que un gato pasara por lo mismo.

Mayra Barrera: Quienes la acompañan lo confirman. Entre ellas está Olga, una vecina que ha sido testigo de su transformación.

Doña Olga: Desde que la conocí, la vi alimentando gatos callejeros, sin importar cuántos llegaran cada día. Los enfermos, los recién nacidos, las gaticas embarazadas… a todos. La admiré porque empezó con muy poquitos y cada vez llegaban más. Sin importar lluvia o clima, ella madrugaba a alimentarlos, privándose de paseos y de lo suyo. Eso es amor por los animales.

Laura Claros: Hoy Doña Marta convive con cinco gatos y ayuda a decenas más.

Mayra Barrera: De un miedo nació un propósito; de un gatito abandonado nació una rescatista; y de una historia nació La Casa de Manchas.

Doña Marta: La Casa de Manchas me ayudó mucho porque me puso en contacto con los gatos del parque. Me facilitó cuidarlos, defenderlos de quienes les hacían daño, concientizar a la gente sobre no comprar animales y adoptar. También aparecieron perros. Los refugios trabajan con muy pocos recursos, pero con mucho amor. La mejor ayuda es adoptar.

Laura Claros: Y no es solo su voz la que habla de la Casa de Manchas.

Mayra Barrera: Uno de ellos es su joven compañero de tienda, Carlos.

Carlos: Trabajar con ella es ver su corazón en acción todo el día. Siempre está pendiente de los gatos; es como si tuviera un radar. Una vez estaba lloviendo horrible y salió corriendo a ver un gato mojado.

Laura Claros: Lo que empezó como un miedo terminó siendo una misión de vida.

Mayra Barrera: Y lo que empezó como un gatito flaco frente a un local hoy es una red de cuidado y segundas oportunidades.

Doña Marta: Mientras no rompamos esos esquemas de usar a los animales para divertirnos —toreo, coleo, peleas— no avanzaremos. No estamos humanizando a los animales, les estamos dando el espacio de ser seres sintientes. Si usted duda sobre si algo está bien, pruébelo en su cuerpo. Si no le gustaría sentirlo, tampoco debería hacérselo a un ser vivo.

Laura Claros: Esta es la historia de alguien que convirtió el miedo en ternura, la ternura en acción y la acción en una comunidad cuidando gatos.

Mayra Barrera: Y también es la prueba de que cualquier acto pequeño —una tacita de leche, una bolsa de comida— puede cambiar una vida, o muchas.