Para la historia y el recuerdo de Bucaramanga

Por Juan David Fonseca y Carolina Figueroa
(jfonseca186@unab.edu.co, cfigueroa135@unab.edu.co)

¿Creería posible que a una persona la velaran en su fallecimiento dentro de la sala principal en una galería que protege el legado indígena? Puede sonar como una paradoja: historia y presente, revivir un recuerdo de antaño y atesorar otro que acaba de partir. Sin embargo, es precisamente esa mezcla lo que convierte al Museo GUA, en un lugar tan único como profundamente conmovedor.

En la ciudad de Bucaramanga hay un lugar particular, diferente a lo que muchos llamarían cementerio. La empresa Jardines La Colina ofrece dentro de sus servicios funerarios un espacio que trasciende de una necrópolis convencional hacia un concepto en donde el recordar a los seres queridos que han abandonado nuestro plano terrenal se convierte en un espacio donde la vibra de luto y cemento se transforma en un jardín de reflexión y conexión con el ambiente: un Parque Memorial, donde la serenidad del descanso eterno se enlaza con la vitalidad de la memoria.

¿Cómo se concibe la idea de que en medio de un cementerio se alzara un custodio de la historia indígena santandereana y un registro del desarrollo de la ciudad bonita? En ocasiones afortunadas un incidente sirve de catalizador para un proyecto, y este fue el caso de este lugar particular, donde según Zaray Toloza, comunicadora del establecimiento, “Aquí se busca conversar, escuchar las historias de nuestros visitantes. De hecho, su nombre proviene del que, se presume, fue el primer vocablo universal, símbolo de comunicación. Una palabra que simboliza la comunicación como puente entre culturas y épocas”. Dichas conclusiones se basan en la presencia de esas tres letras, que conforman esa fonética que está presente en nombres tan representativos de la región: Guanes, otro pueblo indígena santandereano que compartía territorio con diversas tribus más, además de Guane, pueblo llamado en su memoria. La provincia de Guanentá, una sección importante al abarcar municipios como Barichara, Jordán o San Gil. Y propiamente la palabra lengua y lenguaje que también contienen dicha fonética, estas son solo una parte de la presencia del vocablo universal en la cultura de nuestra región.

Gracias a las ideas innovadoras de la señora María Cristina González y la materialización de estas por su hija Isabel Cristina, GUA abrió sus puertas como un santuario de aprendizaje en medio de la paz de las memorias.

Allí, contrario a la solemnidad que se espera de un panteón entre tumbas de concreto, GUA se presenta como un espacio vivo y cercano donde los visitantes son invitados a descubrir y compartir sus historias.

Fundado sobre la base de un hallazgo arqueológico de hace más de medio siglo, exactamente en 1971, durante la construcción del parque memorial, donde se encontraron varias vasijas indígenas,  lo cual despertó la curiosidad por conocer la historia de los primeros habitantes de esta región: la tribu Sachagua y la cual ha sido descrita en diversas exhibiciones que se presentan bajo la investigación del sociólogo, Emilio Arenas.

Las vitrinas de aquel lugar se complementan con una donación fotográfica realizada por la familia Gavassa donde se retrata a la antigua Bucaramanga y se muestran momentos representativos de su desarrollo como lo fue la llegada de la luz, el arribo de los primeros aviones, las flotas de buses, el mercado campesino y la llegada de los primeros automotores. Estas imágenes sumergen a los visitantes en el proceso de transformación de Bucaramanga, desde sus comienzos indígenas hasta convertirse en una gran ciudad.

El recorrido abierto para todo público se divide en dos partes. La primera centrada en el pasado indígena de la región mostrando las vasijas, piedras y collares hallados, los cuales “permiten imaginar cómo vivían, cómo cazaban, cómo se defendían. Eran sociedades muy autosuficientes”, explica Toloza.

La segunda enfocada en la Bucaramanga de antaño, donde a través de fotografías se retratan momentos relevantes para la ciudad, a su vez, se exhiben objetos antiguos como el Aguamanil, que transporta a la época anterior a la existencia del acueducto, hasta una máquina de coser la cual representa la transformación de los oficios. “Bucaramanga fue la tercera ciudad del país en tener energía eléctrica, después de Bogotá y Panamá. Eso habla de nuestra importancia histórica”, añade Toloza con orgullo.
Este espacio, como lo recalca la docente, Lucia Leonor Patiño del colegio Humberto Gómez Nigrinis: “Ha sido fundamental para nuestros estudiantes. Vivimos la historia de una manera práctica, entendiendo cómo fuimos influenciados por diversas culturas europeas y cómo eso forma parte de nuestra identidad”.

Además de objetos, aquel santuario del recuerdo también resguarda documentos históricos que cuentan cómo ha evolucionado el castellano y mapas que ilustran y permiten entender el crecimiento de la región. Hoy, el museo GUA trabaja en realizar nuevas exposiciones temporales como la llegada de la comunidad sirio-libanesa a Bucaramanga lo cual permite expandir el conocimiento de la historia local.

El registro fotográfico desarrollo urbano de Bucaramanga que se exhibe instalaciones de la casona, en su mayoría, fue donado por Edmundo Gavassa y su familia. 

Se ha logrado llevar su mensaje más allá de la casona donde está ubicado ya que en ocasiones realizan recorridos por diferentes lugares con el propósito de contar la historia desde los mismos lugares donde sucedieron los acontecimientos buscando fortalecer la memoria histórica.

Según el testimonio de Zaray, las personas que visitan los extensos prados y zonas verdes del parque aprovechan la paz del lugar para ejercitarse, meditar, leer, y demás. “Yo les pregunto a los visitantes ¿cuál es la intención de un parque memorial? Resguardar. ¿Y ahora cuál es la intención de un museo? Lo mismo, van muy de la mano, con los dos espacios buscamos eso: preservar, compartir, divulgar, resguardar también con mucho respeto para eso, para que la historia sea contada.