Sandra y el Corfescu: la definición de la cultura en Bucaramanga

Por: Sergio Gamboa, estudiante de Periodismo

Cuando alguien piensa en la cultura de Bucaramanga, los espacios culturales y los artistas surgen nombres de artistas que se han medido en los escenarios más icónicos de la ciudad. Sin embargo, hay un nombre que es especialmente importante porque sin esta persona, muchos de estos artistas que subieron a la tarima y le dieron la cara al público
cuando el telón subió, nunca hubieran conocido los nervios que trae el escenario.

Sandra Liliana Barrera Ruiz es el nombre de la mujer que ha hecho de la cultura en Bucaramanga un constante, la que hizo que se presentaran artistas que estaban en lo más alto de la escena artística mundial y de quien ha dedicado su vida entera a llenar de arte y cultura las calles de Santander. Sandra es la quinta de siete hijos nacidos del matrimonio
entre Gladys Cecilia Ruiz y Otto Enrique Barrera. Nació en San Gil, pero solo porque en Guane, su pueblo, no había un hospital en el que pudiera venir al mundo.

A sus seis meses de vida, sus padres se trasladaron a Bucaramanga, ciudad que estaba conociendo a la que se convertiría en la promotora cultural más importante. En una oficina en la dirección cultural de la Universidad Industrial de Santander en la que ahora trabaja, Sandra recuerda toda su vida y cómo desde que era una niña, la cultura fue
importante. Desde las tertulias musicales que hacían sus padres en su casa en el barrio terrazas, hasta los programas de televisión de la época, fueron encaminándola en una ruta que la llevaría a hacer de Bucaramanga un destino cultural indispensable internacionalmente.

“A mis papás siempre les gustó la música colombiana, la bohemia, iban muchos amigos de ellos a la casa a tocar guitarra y hacer tertulias musicales en casa. Yo creo que era eso Y la televisión que había en esa época era una televisión muy diferente, muy cultural. Tú veías programas como “Naturalia” o veías “música para todos” los domingos en la mañana que eran conciertos clásicos . Yo creo que es que los contenidos de la televisión y lo que uno veía en esa época era muy diferente, eso lo incentivaba a uno mucho”.

Sandra se define como una soñadora romántica y lo reafirma con la forma en que me cuenta con alegría y un poco de nostalgia, cómo todo en su vida siempre la llevo al arte. Desde el colegio cuando hacían actos y semanas culturales, hasta la universidad, donde Sandra descubrió todo su potencial en la cultura. En la universidad, Sandra tuvo su primer
contacto con la promoción cultural, estudiando trabajo social en la Universidad Industrial de Santander, empezó junto a sus compañeros el movimiento “los estudiantes viven” que buscaba ser un refugio para los estudiantes artistas en una época en la que la violencia llenaba de sangre las calles de Colombia.

“Muchas cosas empezaron un poco a callarse esas voces porque había mucha represalia y mucha persecución, mucha estigmatización de que “el que está en la poesía o el que está haciendo música protesta es guerrillero. Pasaron cosas bastante serias con compañeros de la universidad, empleados y estudiantes que desaparecieron, torturaron y los vincularon con asuntos que yo no puedo decir si sucedió, pero era muy fuerte. Entonces la gente dejó de hacer cosas y nosotros decidimos hacer algo que se llamaba “los estudiantes viven” porque había como un silencio, una tristeza y una cosa que además se combinaba con la época fuerte del narcotráfico en Colombia. Entonces cuando entramos a la universidad hubo una generación de gente que escribía, hacía poesía, contaba cuentos, bailaba, cantaba y nos fuimos uniendo y empezamos a generar un movimiento al interior de la universidad y nosotros por iniciativa propia empezamos a hacer actividad cultural dentro de la universidad”.

Desde ese movimiento, Sandra nunca paró en su camino dentro de la cultura. En esa misma universidad conoció a Francisco Centeno, un estudiante de ingeniería de petróleos que también era cuentero.

“Luego conocí a Pacho, me enamoré. Él contaba cuentos, me echó el cuento, lo creí y también construimos muchos sueños juntos. Yo me casé con Pacho, nos organizamos, nos fuimos a vivir, nos casamos y nos separamos”.

En 1994, Sandra, junto a “Pacho”, como ella le dice, y otros compañeros, fundan la Corporación Festival de Cuenteros, en la que se encargaron de promover la cultura en el país. Ese mismo año nació Abrapalabra, uno de los festivales culturales más importantes del país que agrupaba artistas internacionales en Bucaramanga y traían a la ciudad el arte
del mundo.

“Después de que nosotros ya habíamos hecho dos festivales nacionales y recorrimos bastante el mundo cuenteril en Colombia y viajamos, conocimos gente de otros países que contaban cuentos y se nos ocurrió que, después de hacer dos festivales con solo invitados nacionales, estábamos listos para hacer un festival internacional. Arrancamos con Concha real verde, de Cuba vino el maestro Francisco Garzón Céspedes, de Costa Rica vino Moises Mendelewicz, de Uruguay vino Sara Larocca, de Argentina Roberto Nield y de Colombia estuvieron Gonzálo Valderrama, Andres López, Carolina Rueda”.

Sin embargo, no fue hasta veinte años después, cuando Abrapalabra encontraría su hogar y Sandra comenzaría el proyecto más ambicioso de su vida y lo que significó un cambio total en la cultura de Bucaramanga. En 2011 el antiguo teatro Analucía que había quedado abandonado luego de convertirse en una iglesia cristiana, se convertiría en el teatro Corfescu. Cuando se le pregunta por el teatro, Sandra cambia su expresión, sus ojos se llenan de nostalgia y los recuerdos empapan el relato de cómo llegó a hacer de esa edificación en ruinas, un teatro majestuoso y al servicio de la ciudad.

“Llegamos buscando una sede más grande para la corporación porque teníamos muchos proyectos. Estábamos compartiendo espacio en un apartamento duplex pero estábamos tremendamente acosados y salimos a buscar una casa y pasamos una, dos, tres veces por enfrente de un teatro desocupado, vuelto nada. Para un gestor cultural pasar por enfrente de un letrero que dice “se arrienda teatro” es una tentación muy grande. Me metí de cabeza, nos enloquecimos con ese tema, nos apasionamos, creo que hicimos una cosa absolutamente increíble para esta ciudad”.

Durante casi diez años, el teatro Corfescu contó con programación cultural permanente, lo que significó un hito para la cultura en Santander. En su punto más exitoso, el teatro logró albergar el 60 % de la programación cultural que se gestaba en la ciudad. Abrapalabra y el Corfescu se convirtieron en uno solo y Sandra se convirtió en la promotora cultural más importante de la ciudad. Sin embargo, no todo fue felicidad en la historia del teatro y el festival, pues en muchas ocasiones hubo problemas económicos que afectaron la sostenibilidad de algunos eventos. Por esta razón, en 2015, casi no sucede el cierre del festival Abrapalabra en el que se presentarían Julieta Venegas y Draco Rosa.

“El gobernador de la época, Richard Aguilar, se había comprometido con 300 millones de pesos en una reunión que habíamos tenido con él y la cámara de comercio. Pero a diez días de festival nos retiraron los 300 millones de pesos de apoyo ya habiendo contratado a Julieta, a Draco y habiéndoles pagado porque se acudió a un crédito bancario para poder hacer esa operación y quedamos, como se dice en Colombia, ‘embalados’”.

Pero Sandra logró hacerle frente a la adversidad y le cumplió al público trayendo dos artistas de talla internacional a Bucaramanga.

“Soy más consciente de la aventura casi inverosímil que emprendimos en ese momento, increíble”.

Más allá de la cultura, lo que la impulsa a hacer las cosas, es el amor por sus hijos: Nicolás y Camila. Sandra no repara en elogios para definirlos como lo mejor que le ha pasado en la vida y la razón de su existir. Desafortunadamente, a Camila, su hija mayor, una enfermedad le causó la muerte y dejó un gran vacío en su corazón. Cuando la recuerda,
Sandra mira hacia arriba como buscando fuerzas para encontrar las palabras que ese momento tan difícil en su vida le arrebató. Con tristeza por la nostalgia, pero con la felicidad que deja el recuerdo de su hija, Sandra la define como el amor absoluto, e incluso ahí, el teatro, Abrapalabra y la cultura, la acompañaron y encontró en el momento más doloroso de su vida, la fuerza que hoy la impulsa para seguir viviendo.

“Camila era realmente mi ancla al mundo en muchas cosas. Yo conocí el amor el día que nació mi hija, todo lo demás es carreta. El amor es Camila, entendí lo que era amar cuando todos se fueron y yo me quedé a solas con mi hija, y también entendí lo que era el amor cuando la vi morir, la dimensión más profunda del amor. Verla irse apagado y
querer cortar su sufrimiento, no permitir que ella sufriera y que estuviera pasando lo que pasaba, fue todo tan rápido. Camila murió un miércoles, el sábado me entregaron las cenizas en la mañana, y ese sábado empezaron a llegar los artistas del festival, no hubo tiempo de parar. Afortunadamente vino el festival porque eso de alguna manera distrajo mi mente. Claro, ya cuando me di cuenta, cuando ya hubo una parada en el camino que fue hacia enero, casi perdemos a la gestora cultural”.

En el teatro Corfescu, a parte del festival Abrapalabra, se gestaron eventos culturales para las familias de Bucaramanga, pero hay uno que Sandra recuerda con cariño y que, según ella, cambió la vida de muchas familias: Domingos en familia ofrecía obras de teatro gratuitas para las personas que llegaran al corfescu.

“Era un programa muy hermoso, para mí era mi programa favorito. Desde que abrimos el teatro teníamos el programa Domingos en familia siempre. Yo me acuerdo que mucha gente decía ‘es que este chino no puede llegar el domingo porque desde las seis de la mañana está: papá levántese, vamos para el teatro’”.

El 14 de marzo de 2020, Dave Evans, exvocalista de la mundialmente reconocida banda AC/DC se presentó en el teatro ante un público lleno de fanáticos de su música. Desafortunadamente, ese sería el único evento que se haría en 2020 en el teatro, pues una pandemia mundial azotó a la humanidad y paralizó el mundo entero. Sandra recuerda con tristeza lo que, para ella, fue el inicio de la orfandad en la oferta cultural para las familias de Bucaramanga.

“Con los compañeros, ese mes de pandemia que desbaratamos el teatro dormimos durante diez días en el teatro, en el piso, en el escenario, en pufs, desbaratando todo y desbaratando los sueños, empacándolos en cajas, regalando camionados de utilería”.

El Corfescu cerró sus puertas y Abrapalabra desapareció, y aunque a Sandra le gustaría volver a retomar su administración, tuvo que abandonarlo, dejando ir lo que fue uno de los teatros más importantes en la historia de la ciudad. Hoy, en esa oficina en la que cumple su sueño de trabajar como directora cultural de la Universidad Industrial de Santander, no olvida su mayor inspiración: sus hijos y sus sueños. Con felicidad, Sandra recuerda que no hay un sueño que no haya cumplido. Ella es el ejemplo de la perseverancia y así se muestra :feliz y expectante.

“Yo todavía tengo pila para rato, porque a pesar de que la situación se pone difícil muchas veces, realmente a veces uno no alcanza a dimensionar lo fuerte que uno puede llegar a ser. De la gente que ha pasado por mi vida a través del trabajo cultural no quisiera que recordaran a Sandra, sino lo que pasó por la piel de ellos en cada experiencia vivida a través de lo que fue mi proyecto de vida que se convirtió de alguna forma en un regalo para la gente”.

En Bucaramanga, no hay historia parecida a la de Sandra con el Corfescu y Abrapalabra. Ella entregó su vida al arte y de esta forma cambió la vida de muchos más bumangueses, que cada vez que se abría el telón, esperaban expectantes a un show que los llevara a mundos fantásticos, les causara carcajadas o, simplemente, los inspirara a soñar y ser felices como Sandra Barrera, la promotora cultural más importante de la ciudad.