Por Sara Lucía Roa Angarita y Nathalia Andrea Díaz Rivera
(sroa401@unab.edu.co, ndiaz371@unab.edu.co)
En las primeras horas de la madrugada, cuando el sol aún no se asoma, la plaza de Villabel ubicada en la calle 13, 12- 43 en Floridablanca, ya no se encuentra dormida. Tampoco lo estuvo ayer. Ni lo estará mañana. Desde hace más de cinco décadas, en cada amanecer, la despiertan los mismos sonidos: las estrepitosas licuadoras, la sierra que corta huesos en el pabellón de carnes, las voces que repiten como una canción: “¿qué va a llevar, veci?”, “siempre a la orden”, “fresquito, fresquito”.

La placita no es común y corriente. Es una pequeña ciudad en sí misma donde late un corazón colectivo. Entre techos de aluminio, paredes blancas, baldosas de colores y rejas de colores que marcan la ruta del mercado —rojo para las carnes, azul para el pescado, verde para las frutas— se mueve la vida cotidiana. En ella no solo encontrarás lo de siempre, pues está dividida en nueve entradas que organizan todo lo que puedas necesitar, desde lácteos, útiles de aseo, hierbas medicinales, granos y huevos, hasta artesanías, panadería, productos para mascotas, floristería, corresponsal bancario e incluso textiles.
Fundada el 27 de julio de 1971 sobre el antiguo terreno de un trapiche. Es un símbolo de progreso; con el pasar de los años ha experimentado mejoras y adecuaciones para mantener su funcionalidad y servicio a la comunidad. Estas mejoras han sido impulsadas por la colaboración entre los comerciantes y la comunidad, reflejando el compromiso continuo con el desarrollo y la preservación de este importante espacio comercial. Los baños están limpios, los pasillos organizados. Muchos clientes coinciden en lo mismo: “Aquí no huele mal”. Aquí da gusto venir”.
La señora Rubiela Morales, clienta desde hace tres años, dejó de ir al supermercado cuando descubrió que en ella encuentra de todo, más fresco y más barato. “Ya sé a qué puesto ir. Aquí uno apoya a la gente que trabaja”.

En su interior no solo se vende: también se sueña. Aquí se han criado hijos, pagado carreras, construido casas, generado un sustento y hasta nacido proyectos de vida que empezaron entre costales de papa y bandejas de pescado.
Un ejemplo de ello es Jeanette Calderón, conocida como “la vice”; es la dueña de los puestos 63 y 64. Desde niña, ayudó a su madre, Delia Ferreira, a cargar plátanos y a vender entre pasillos. Hoy, junto con su hijo Duván Arley de veinte años — quien es su ayudante — mantiene viva la herencia de una familia que, literalmente, nació entre bultos de papa. Y aunque el plan nunca fue ese. Nos contó que, cuando su madre vendió el puesto, ella quiso seguir el hilo. Pero su mamá se negó y le dijo: “Para eso le di estudio”. Aun así, ella concluye con una sonrisa: “Pero bueno, los caminos de Dios son perfectos; ya llevo 20 años sacando adelante a mi familia y a mi hijo, próximo a futuro jefe de enfermería”.

En el puesto 22 de la pescadería se encuentra Miguel Ángel Hernández; quien opina sobre el lugar “es muy bonita y cómoda, aquí uno viene a mercar con sus comodidades, precios muy económicos, de verdad les invito a que la visiten”. Trabaja allí desde hace 35 años y aunque su historia no comenzó en el mercado: primero fue mecánico automotriz y hasta jugó fútbol, el destino lo trajo aquí. “Y gracias a esto saqué a mis hijos adelante. Aquí se vive bien, si uno le mete juicio”.
Otra historia inspiradora es doña Rosalba Solano, una mujer que la pandemia la obligó a cerrar su restaurante. Pero en vez de quedarse quieta, encontró su lugar entre los condimentos. Llegó para reemplazar a una compañera y luego, cuando su jefe quiso vender el local, se lo ofreció a ella. “Me gusta atender bien, que se vea bonito. Aquí todo está organizado para que la gente entre y se provoque”.
Y no podíamos dejar atrás a las gemelas Marín Márquez — Lizeth y Katherine — Desde los nueve años trabajan junto a su mamá Mariana Márquez. Hoy, con más de veinte años de experiencia, manejan el negocio con una mezcla de agilidad y amabilidad. “Este negocio sacó adelante a las cuatro hijas de mi mamá”, dicen con orgullo. Son conocidas por sus ensaladas de frutas y jugos como el salpicón. Sus clientes vienen de todas partes, incluso del extranjero. “Tenemos clientes de Estados Unidos, Argentina, Italia. “¡Y vienen por nosotras!”, dicen entre risas. Aseguran que lo más bonito es el reconocimiento, saber que la gente vuelve por el trato, por el cariño”.

