El salvavidas económico de algunas familias barranqueñas

Por Sarah Ariza Parra y Vanessa Castro Cáceres
(sariza737@unab.edu.co, vcastro799@unab.edu.co)

En los barrios, donde el empleo formal muchas veces no alcanza y las oportunidades escasean, hay quienes han encontrado en la venta de comida rápida una solución para enfrentar la vida. Con una plancha, unas papas y mucho empeño han levantado negocios que no solo llenan estómagos, sino que también sostienen hogares enteros.

“De un puestico al local”
A las 11 de la mañana, Paola López abre las puertas de su restaurante. Sus empleadas ya han llegado y están adelantando las preparaciones del almuerzo. Mientras tanto, ella organiza cuentas, mira el inventario, coordina los pedidos del día. Su local, “Mi Comedero Paola López”, tiene 17 años y nació de la urgencia. “Yo estaba pasando por un momento económico muy difícil, así que decidí empezar a vender comida rápida en la calle: perros, hamburguesas y salchipapas. Solita, con un carrito en la 50”, recuerda. Durante doce años trabajó a la intemperie, dependiendo del clima y del paso de la gente. Pero el sabor y la constancia la hicieron crecer.
Hoy tiene un local y tres empleadas. Sin embargo, cada noche, saca su carrito a la acera frente al restaurante. No porque lo necesite, sino porque no quiere olvidar de dónde viene. “Ese carrito me recuerda todo lo que luché para llegar hasta aquí. Me hizo salir adelante y por él soy reconocida en el barrio”.
“Gracias a este negocio pude pagar mis deudas, sacar adelante a mi hijo y hasta darnos el gusto de viajar”, cuenta con esa mezcla de orgullo y humildad que solo tienen quienes han sudado cada centavo. Aunque ahora también ofrecen almuerzos al mediodía, su especialidad sigue siendo: perros calientes, hamburguesas y salchipapas que salen entre las 7 y las 11 de la noche. “Yo me encargo de la parte administrativa, pero siempre estoy pendiente de todo. Esto es mi vida”.

“Necesitamos pagar nuestras deudas y esta fue la única manera de salir de ahí”. /Tomada por Vanessa Castro

La esquina de la constancia
Desde las cinco y media de la mañana, en una esquina de Barrancabermeja, ya se escucha movimiento en “La Esquina de La Floresta”. Aunque su menú comenzó con empanadas, fue la comida rápida la que terminó dándole forma y vida al negocio. “Aquí hacía falta un lugar donde la gente pudiera disfrutar algo bueno y económico.” dice don Jaime Rodríguez, su fundador, mientras acomoda las mesas al inicio de la jornada.
El ambiente es tranquilo, familiar, lleno de historias. “Aquí todos se conocen. Muchos vienen desde hace años. Algunos venían cuando eran jóvenes y ahora traen a sus hijos o nietos”, comenta el dueño con una sonrisa. La clientela fiel ha sido su mejor capital. “Lo que hace especial este lugar es el cariño con que preparamos todo.
El sabor no ha cambiado en 27 años”. Cuando llegó la pandemia, no sabían si volverían a abrir. Pero se reinventaron. “Hicimos combos, vendimos por teléfono, llevábamos los pedidos a la casa… así fuimos saliendo”, cuentan. En el fondo, sabían que no podían parar, pero supieron volver esta adversidad una manera de crecer. Hoy, La Esquina de La Floresta sigue de pie, aferrada a sus tradiciones y a su gente.

Queríamos emprender y este tipo de negocio resultó ser la opción más viable”. / Tomada por Sarah Ariza 

Una fórmula que va más allá del sabor
Lo que une a Paola y a los de La Floresta no es solo lo que venden. Es la fuerza con la que han resistido. Es el modo en que han convertido papas, salchichas y pan en una fuente de ingresos, pero también de orgullo. “He aprendido a tener paciencia, a no rendirme. Con trabajo duro, todo se puede”, dice uno Paola López.