Es otra historia de una venezolana

Por: Danna Rincón, estudiante de Periodismo.

“Dios mío ya, ¿hasta cuándo tanto sufrimiento, tantas cosas?”, dice sentada frente a mí la mujer que, acompañada de unos gestos de tranquilidad contrastados con unos de dolor, expresa lo que fue una de las etapas más importantes y difíciles de su vida. La transición de una vida de lujos a ir de un país a otro fortaleció el núcleo familiar que hoy radica en Colombia.

Eran las 9 y pico de la mañana cuando por la puerta de un pequeño cuarto de rayos x en la clínica Villa de San Carlos en Piedecuesta entraba Jessica Ibarra, parecía venir de afán por la cantidad de pacientes que tenía en urgencias por atender, pero de manera cordial y con una timidez fácil de detectar, comenzamos a entablar una conversación la cual inició por la travesía que ha estado viviendo desde el 2017 que decidió salir de Mérida, Venezuela. “Yo salí en el 2017, salí primero a vivir a Cúcuta y en Cúcuta duré como seis meses, pero nunca conseguí trabajo, se nos acabó el dinero, dormíamos en colchoneta, en un colchón inflable con mi papá, en un apartamento, y se nos explotó obviamente por el peso. Mi esposo y mi papá se decidieron ir a Bochalema, más allá de Cúcuta y yo tuve que dormir en el piso, porque obviamente no teníamos para comprar una colchoneta ni nada. Así fueron dos semanas, teníamos que comer solamente arroz con huevo porque no teníamos dinero para comprar que si carne, pollo y esas cosas”.

Con olores a químicos por los reveladores y fijadores que se utilizan en este ámbito laboral, tratábamos de seguir con nuestra conversación. La venezolana carismática que había conocido hasta el momento se veía cada vez más comprometida a seguir escabullendo en su pasado para retratar y poder entender lo que está viviendo en el presente.
“Estuve solita porque no conseguía trabajo, lo que conseguía era como de vaciladera pues, porque no me tomaban en serio, porque no tenía documentación todavía. Después me llego un señor para que trabajara de asistencia de salud para la guerrilla, obviamente yo me asusté muchísimo, pero yo le dije que no, no y que no. De ahí yo me fui a vivir a
Bochalema, ahí si duré seis meses otra vez, me tocó trabajar en limpiar un hotel, limpiaba 26 habitaciones, lavaba 17 baños, cocina, todos los patios del hotel”.

Vaciló un momento antes de seguir, estaba clarísimo que traer a la memoria lo que fue trabajar en oficios que desconocía no era algo que quisiera hacer todos los días. Sin embargo, se acomodó en la silla en la que acostumbra a trabajar y continuó. “Yo no podía ejercer nada, yo si tramité mi cédula en el consulado de Colombia de Venezuela, pero esto… obviamente no me había salido, yo solamente tenía era como la tarjeta, pero yo no me defendía con eso pues, acá no lo recibían. Entonces así pasó, ya no aguanté más, tenía problemas en la columna, trapear tanto, lavar tantos patios no me daba. Yo me regreso a Venezuela y él sigue para Perú”.

El regreso a Venezuela traería un cambio radical en la vida de Jessica, la preocupación iba a ser doble de ahora en adelante. “Pasa el año, yo llego un diciembre de ese mismo año a Venezuela y obviamente pues estaba mareada con ganas de vomitar no se qué. Salí embarazada. Pasaron 7 meses y yo estuve en Venezuela todo, controles allá todo, todo. A los 7 meses pues yo decido irme a Perú, embarazada, sola, pues con las personas que viajaban ellos me ayudaron con las maletas en cada frontera, pasar a cada bus, para seguir a otro país y así llegue a Perú. 5 días
duré viajando, y pues obviamente los pies super hinchados, ya no podía ni caminar”. No obstante, el trajín que pasó para llegar a tierras Incas, al parecer no fue suficiente a comparación de la baja calidad en la salud de este país. Esto claramente no fue de mucha ayuda para poder terminar su proceso de embarazo y habla del tema como quien no quiere volver a ese lugar nunca más. “Allá di a luz a mi hija, mi hija es peruana. Nada, allá no podía trabajar, la asistencia a la salud es pésima, no tienen mucho conocimiento y pues obviamente di a luz en un hospital, la pase súper mal, me desgarraron, me agarraron 10 puntos, estaba solita pues era mamá primeriza, no sabía de nada, no podía agacharme para bañar a mi hija, vivíamos solo en una habitación, solo la cama, la cocina. Ya eso era todo”.

Ser mamá por primera vez, en un país desconocido, sin dinero y sin familia. Esto para la venezolana de Mérida tuvo un escalón de terror que por los pocos gestos que podía ver por encima del tapabocas, aún no se superaba. “Esto… Como que reunimos dinero como pudimos para yo poder llevarme a mi mama de Venezuela a Perú y que me ayudara un mes, pero obviamente yo seguía sangrando, mi esposo trabajaba 13 horas al día y esto, pues me tocaba sola, llamar a otros vecinos venezolanos, a una señora que me ayudara con la bebé pues, porque yo no sabía de nada”.

¿Y qué pasa con los planes de volver a Colombia? Le pregunté y se desató la segunda parte que nos acercaría más al presente. Le bajó un poco al aire que congelaba la habitación y seguimos. “A los seis meses de mi hija yo meto papeles acá en Colombia, ya me había salido la cédula y me vine solamente con mi mama y mi hija, mi esposo no, no teníamos
dinero para poder venirnos todos. Yo llego acá en casa de una prima, me dice bueno, yo te voy a dar hospedaje por dos meses y yo bueno esta bien. Así fueron dos meses”.

Llegar a Colombia ya estaba hecho, ahora nos cuenta cómo ha vivido la situación económica desde que llegó a Bucaramanga y específicamente a Piedecuesta. “Yo entré solamente ganando $500 mil acá, siempre he estado en esta clínica. Yo metí papeles acá por un amigo, un compañero de Venezuela y me aceptaron, yo ya tenía la cédula colombiana y ya tenía todos mis papeles apostillados, entonces acá estaban necesitando urgente y yo me vine para acá. Se cumplieron los meses y obviamente yo tenia que mudarme. Arrendé una casa, $600 mil y ganaba $500 mil, entonces esto, dije ni modo ahí vemos como hacemos. Yo me mudé con mi hija y mi mamá”.

“Él llego 5 meses después de yo estar acá. Obviamente él no tenia trabajo, yo me ayudaba con lo que cobraba acá y esto, luego si fui comprando mis cosas. En una quincena guardaba un poquito, en otra para otro y así fui comprando todas mis cosas. A veces no tenía para pagar el arriendo, pero resolvía, que, si prestando dinero y luego lo pagaba, porque acá la clínica empezó con un atraso, entonces pues así estoy”.

Aunque en Perú trató de organizar su vida, Colombia siempre fue la primera opción. Pero ¿por qué? “Siempre fue la primera, mi papá es colombiano, pues obviamente yo tenia la nacionalidad, lo que pasa es que, pues siempre se demoraba un poco en llegar la cédula”. Y mientras hablaba, por mi mente pasaba ¿por qué vivían en Venezuela y no acá? “Allá se podía tener todo, la calidad de vida era mucho mejor. Yo acá en Colombia no me quejo porque obviamente pues tú lo que ganas, puedes mantenerte, puedes darte algunos lujos, pero pues allá en Venezuela se podía dar todo, lujos, vacaciones, tener tu casa, tener tu carro, todas esas cosas. Las universidades eran públicas, son públicas, entonces pues tú puedes estudiar cualquier carrera porque obviamente tienes la posibilidad. El que es
profesional es porque aprovechó ese tiempo para graduarse y para estudiar”.

Ya la notaba ansiosa, de esas que golpean con los pies el piso una y otra vez. Entendí las señales y apresuré la marcha.
Habló de que las diferencias culturales nunca fueron algo que afectara en el estilo de vida que lleva acá, incluso, al contrario, hay cosas muy positivas y que destaca de nuestro país. “No pues, eso no me ha afectado mucho porque las culturas son muy parecidas, por eso yo también decidí mucho Colombia, obviamente cuando salí yo pues no pensé toparme con tanta gente… ¿Y qué? Esto… las culturas son muy parecidas, la comida, la gente es más agradable, bueno, me ha parecido no”.

Minutos atrás en la entrevista, trató de hablarme de las malas experiencias que tuvo en tierras peruanas, y esta fue otra excusa más para hablar de eso. Sin titubeos respondió a si había y cuáles eran esas diferencias que podía percibir entre Perú y Colombia. “A diferencia de Perú obviamente la cultura es más indígena, ¿si? Tienen toda la tecnología pero no la saben utilizar y no hay casi educación pues, la gente no te contesta un buenos días, la gente te grita, te empuja de cuando te vas a bajar de los buses, no importa que estés embarazada o que vayas con niños, arrancan así… todo el mundo te habla es gritando, entonces por eso yo dije no, es Colombia”.

Jessica Ibarra, venezolana berraca, como se apoda ella, tiene claro que, si el futuro no fuera incierto, lo único que quisiera sería volver a su país y que su hija tenga una vida totalmente opuesta a la de ella. “Mis planes a futuro es tener a mi casa en Venezuela obviamente o tener una casa acá, pero darle una estabilidad a mi hija. Lo que pasa es que acá con un sueldo no tienes las posibilidades de poder mantener a tu hija en una universidad porque no te va a alcanzar ¿si me entiendes? Entonces pues mis proyectos es que mi hija estudie en Venezuela porque allá las universidades son gratis. Que ella tenga su estabilidad de casa, que no esté como nosotros pagando arriendos, viendo donde vivir”.

La ilusión de poder volver a su país está intacta, pero mientras eso sucede, Jessica se despedía con un apretón de mano, muy conveniente por todo esto del Covid-19 y con la satisfacción del deber cumplido. Con su gorro de ciruja, guantes, tapabocas, bolsas en los pies y el celular que no le dejaba de vibrar, salió por la misma puerta, pero había algo distinto. Ya había contado otra historia, de otra venezolana.