Una uruguaya enamorada de Colombia

Por: Sara Valentina Vargas, estudiante de Periodismo.

Marisa Elizabeth Barretto Quilici, vivió hasta sus 24 años en la ciudad de Canelones, Uruguay. Marisa, recuerda su niñez y adolescencia en Uruguay de una manera muy bonita, muy sana, muy distinta a como los niños viven ahora su
infancia, alejada de tanta tecnología, jugando por las calles, siendo niña en realidad. “Salíamos a jugar a la calle en los meses en que se podía, en el invierno todos adentro de la casa, pues, lógicamente cuidándose porque el frío es muy muy fuerte, cómo te diría, como el clima del páramo de aquí, de Colombia, muy fuerte, son 3 meses cada estación, pero los meses de primavera y verano, la pasábamos jugando en la calle, hacíamos carreras de triciclos, andábamos en zancos. Fue una infancia tranquila, feliz, la que yo hubiera querido que tuvieran mis hijos”.

Marisa, recuerda su ciudad natal, Canelones, como una ciudad amena, muy tranquila, donde no había inseguridad ni peligros que pudieran afectar su integridad ni la de sus familiares. “Y la vida era muy tranquila, o sea yo nunca supe lo que era, tener que cerrar la puerta de la casa, pues si la cerrábamos, pero para que no se metieran los perros callejeros, pero no por inseguridad, ni ninguna cosa, yo no sabía lo que era eso. Nunca lo había vivido. No sabía lo que era tener que cuidarse que lo roben a uno por la calle”.

Con esa misma tranquilidad que sentía al vivir en su país, pudo estudiar, pues en Uruguay, la educación es gratuita y Marisa fue beneficiaria de ello. “La educación, la mejor clase de educación, era la educación pública, nunca tuve que pagar ni un peso, ni en primaria, ni en secundaria, ni en los estudios universitarios”.

Marisa Barretto, estudió música en el Conservatorio Nacional de Música en Montevideo. Allí, ganó una beca para ir a hacer un curso de especialización en Metodología y Didáctica de la música en Rosario, Argentina. El primer curso que
hizo la OEA para profesores de esta carrera. Esta era la primera vez que Marisa salía de Uruguay y que conocía gente de otros lugares, entre ellos tres colombianos. Para poder obtener este curso, los becarios después de hacerlo, debían trabajar dos años obligatoriamente en sus países para transmitir el conocimiento adquirido. El Ministerio de Educación, no le pudo garantizar a Marisa un trabajo, entonces ella estaba exenta de trabajar estos dos años en su país, Uruguay.

Junto con los tres colombianos que había conocido en el curso de especialización, les propusieron venir a Colombia durante seis meses, organizar distintos seminarios en diferentes ciudades y conocer el país, con todo pago. “Y la verdad es que, que te ofrezcan la oportunidad de ir a conocer otro país, tener donde llegar, conocer a la persona con la que vas a llegar y que además te paguen por conocer, entonces, a mí me pareció genial”.

Marisa en ese entonces no tenía mucho conocimiento sobre Colombia, cómo era este país, cómo eran las personas, cómo se comportaban, pues en el exterior lo que se conoce es muy poco y solo se asocia el país con estereotipos erróneos y clasistas. “Mientras yo vivía en Uruguay, esa era la imagen, pues en realidad lo que había, que el café, que la cumbia, ya después conocí todas las variedades de música, las maravillas del folclor colombiano que es hermosísimo, que ojalá se conociera más, la música llanera que es bellísima, la música andina, la música del pacífico”.

Marisa Barretto llegó a la capital de Colombia, Bogotá, a vivir con su compañera que había conocido en la especialización. Los seminarios demoraron en organizarse más de lo esperado, entonces su compañera, quien trabajaba en la Universidad Pedagógica Nacional, la animó a trabajar en esta universidad, ya que precisamente iban a inaugurar el área de música, entonces allí fue contratada. “Después entré a trabajar en otras partes de la Universidad Pedagógica, en el Instituto Pedagógico, total que en cuestión de mes y medio yo ya tenía trabajo y estaba trabajando muy bien”.

Para Marisa, del cambio de país, lo que más difícil le pareció fue el cambio de comidas, ya que la gastronomía de Colombia es muy distinta a la de Uruguay, y por este cambio llegó incluso a enfermarse. “Me costó tremendo, sobre todo porque al principio, pues, yo no tenía mi propio sitio, mi propia cocina como para hacerme mis comidas, entonces tenía que comer de lo que hubiera, de lo que cocinaran allí, en la familia, o en el colegio, además,
porque en el colegio me la pasaba todo el día, entonces almorzábamos allá, me dio, incluso hasta me enfermé”.

También, le fue difícil lograr entender la manera de hablar de los colombianos, pues es muy distinta a la de su país.
“Pues nosotros, por lo menos mi familia, éramos muy al pan, pan y al vino, vino y la cultura bogotana es muy cuidadosa de lo que se dice, a veces me decían una frase larguísima y yo me quedaba pensando, Dios mío, que será lo que me quiso decir, me está diciendo que sí o me está diciendo que no, a mí tampoco me entendían hasta que yo aprendí a utilizar ciertas palabras y a expresarme ya de otra forma”.

Marisa fue profesora de música de niños de segundo grado y vivió varias anécdotas graciosas, porque ella decía palabras de su país que los niños no entendían. “Entonces, yo le decía por ejemplo a un niño, agarrá la tiza y pasá al pizarrón, el pobre niño no sabía qué hacer, a dónde ir, hasta que yo, bueno, aprendí que eso no era pizarrón, sino tablero, bueno, una cantidad de cosas”.

Un día normal de clases, un niño le preguntó que para ella la palabra coger que significaba. La palabra coger en su país es una grosería. “Me puse verde, amarilla, pálida, todos los colores del arcoíris pasaron por mis mejillas, pasé saliva, entonces pude calmar la situación preguntándole bueno, y para ti que quiere decir eso, muéstrame un ejemplo, entonces lógico, cogió alguna cosa y me dice: esto. Y yo ah sí, lo que pasa es que en Uruguay decimos agarrar
o tomar. Y ya, pero sí, entonces cuando yo diga agarrá la tiza, quiere decir que hagas eso”.

De todas las palabras nuevas que tuvo que aprender Marisa, “coger” fue la palabra que más le costó decir, no era capaz de decirla, le parecía grosero, sentía que no era capaz de pronunciarla, hasta que un día, años después de estar en Colombia, se atrevió, pues su hijo mayor Javier, había nacido, y ya pronto iba a empezar a hablar colombiano. “Yo dije bueno, será hijo de uruguaya, pero, él es colombiano de nacimiento, se va a criar acá, va tener que hablar como hablan acá, y lo que hice, fue encerrarme en el baño, duré 20 minutos mirándome el espejo, hasta que me atreví a decir la palabrita”.

A Marisa, también le causó mucha impresión lo distinto que es el trato entre los hombres y las mujeres en las relaciones sentimentales en Colombia. En su país el hombre le ayuda mucho a la mujer en las tareas del hogar, las tareas se dividen y esta responsabilidad no solo recae en la mujer. “Es que allá pues, tu veías las parejas y tanto el hombre como la mujer se turnaban para atender la casa, o lavar la ropa o cocinar, incluso yo recuerdo ver a mis tíos compitiendo con mi mamá y con su hermana a ver cuál de todos hacia la masa más deliciosa para la pasta casera que se hacía en la casa”.

Marisa, al cumplir los seis meses en Colombia, pensó en regresar a su país natal, pero esto no fue posible debido a que hubo un golpe de estado en Uruguay y comenzó una dictadura militar en el país que duró 12 años. Meses después conoció a quien sería su esposo y compañero de vida, Fernando González, se hicieron novios, se casaron y tuvieron 4 hijos: Javier, Patricia, María Fernanda y Gabriela. “Yo ya, decidí quedarme aquí, en ese momento mi madre hacía años ya que había muerto, solamente quedábamos mi papá y yo, como al año de estar aquí ya, lo trajimos a vivir con nosotros, él vivió el resto de su vida acá, conoció a sus nietos, entonces, total que terminé yo quedándome a vivir en Colombia, casada, con cuatro maravillosos hijos”.

Y cuando Marisa parecía entender por fin la manera de hablar de los bogotanos y creía que todos los colombianos hablaban igual, junto a su familia, se mudó a Barranquilla y se dio cuenta que esto no era así, pues la manera de hablar en Bogotá, era completamente distinta en Barranquilla. “En Barranquilla, fue completamente distinto, la manera de hablar de los costeños, yo no les entendía nada, una de las cosas que me gustó mucho cuando estuve en Bogotá es esa manera de decir, de referirse a las personas diciendo sumercé me parecía tan dulce, tan tierno y llegué yo a vivir a la costa, toda orgullosa de que ya hablaba colombiano, a tratar de sumercé a los costeños, cosa que parece que les
disgusta muchísimo, entonces, aprenda a hablar, aprenda a entender porque hablaban muy rápido, había personas que yo no les entendía nada”.

Y aunque al inicio, entenderse con las personas y comunicarse con ellas, fue difícil, pues a cada ciudad de Colombia que llegaba, las personas eran distintas, hablaban distinto, se comportaban distinto, esto fue lo que precisamente a Marisa le encantó, la variedad de culturas que hay en el país. “Cuando uno cambia de departamento allá en Uruguay como es tan pequeño el país, es la misma cosa. Misma manera de hablar, misma cultura por decir, las comidas, todo, la misma cosa, pero aquí en Colombia es como cambiar de país, no tiene nada que ver una persona que viva en Barranquilla o en Cartagena, aun entre ellos hay diferencias también, a una persona de Antioquia o una persona de
Bucaramanga. A mí eso me tiene fascinada, en un principio me confundía toda porque yo decía bueno, ya, ahora sí aprendí, ya sé cómo se dice esto, lo otro, lo demás y no, lo que era una bolsa de leche en Bogotá, en la costa no era una bolsa de leche sino una chuspa, bueno, una cantidad de cosas”.

Marisa, lleva viviendo más de 40 años en Colombia y le agradece al país, por haberle dado a su esposo, a sus cuatro hijos, a sus nietos y los recuerdos más lindos de su vida. “Y realmente sí, yo a este país lo quiero mucho, es el país de mis hijos, el país de mis nietos y el país en el cual termine sin pensarlo, no era mi intención emigrar a Colombia, sino que termine acá, creo yo que era mi destino y realmente estoy muy agradecida, yo vivo enamorada de Colombia, de sus paisajes, de sus variedades, de la variedad de gente, de la gente hermosa que he conocido, tengo amistades desde hace años de años y sí, realmente estoy feliz acá, ya vieja, retirada, descansando, disfrutando de mis nietos”.

Actualmente, Marisa Barreto vive en Cali con una de sus hijas, María Fernanda y con su nieto Julián. Y aunque se encuentra lejos de tres de sus hijos, se comunica día a día mediante las redes sociales con ellos, espera que pronto culmine esta emergencia sanitaria que estamos viviendo a nivel mundial para poder volverlos a ver y abrazar.