María José Ramírez: Al son de tiples y gaitas

Por: Priscila Sáenz Figueroa, estudiante de Periodismo.

Salir del propio país no es algo fácil, requiere esfuerzo, valentía y determinación. Es una decisión que conlleva muchas implicaciones como dejar a su familia, amigos, trabajo y hogar. En pocas palabras, es comenzar una vida desde cero. Iniciar una travesía sin llegar a saber si esta va a ser exitosa o solo será un recorrido sin fin en busca de una vida mejor.

Hace aproximadamente cuatro años, María José Ramírez Salamanca dejó su país natal, Venezuela. Ella relata que la vida allí era muy complicada, la escasez muy notoria y las oportunidades mínimas. “La situación se nos puso bastante difícil, la comida era exageradamente cara y muchas veces no se conseguía. No tenía oportunidad alguna para seguir con mi carrera”.

A raíz del giro que da su vida por los cambios económicos de su familia toma la decisión de venir a aventurarse a Colombia en busca de nuevas oportunidades para desarrollar su talento musical y ayudar a su familia. Pero solo fue hasta la muerte de su abuela materna que esta idea se volvió un hecho. “O sea, fue muy grande de verdad el giro que dio nuestra economía y decidimos tomar una decisión. Porque era cuestión de decisión. Y pues bueno, eso como que lo venía planificando y luego falleció mi nonita. Entonces nosotros decidimos venir la entierro, al velorio, todo eso. Y ahí fue cuando yo conocí a la que cuando yo llegué acá fue mi jefe. Yo la conocí comenzamos a hablar de que yo estaba estudiando diseño de modas, de que a mí me gustaba mucho la costura. Hicimos feeling, nos caímos bien. Ella “No, este, pero vamos a hacer algo. Te vienes, trabajas conmigo”.

Esta decisión de venirse a Colombia también tenía implícito el deseo de continuar con un fuerte amor. Amor que la distancia no pudo mantener. “Pues yo estaba enamorada de un muchacho y era como esa cosa de que él se venía para Medellín y yo “¡Ay , no! Él se va para Medellín, entonces yo lo voy a perseguir porque los dos…”, porque, o sea, él me había dicho que nos casáramos. Entonces fue  como que “Bueno, nos casamos. Listo, chévere”. Claro, uno joven dice como “Sí, el amor”, pero realmente uno como que no piensa”.

Ser extranjero e iniciar una vida nueva fuera de casa es muy complejo. Conocer nuevas personas, adaptarse a una cultura diferente, intentar encajar. María José relata cómo fue este proceso. “Bueno, para mí no fue para nada sencillo. Obviamente llegué sola, a pesar que a uno lo recibía la familia de uno, pues, es familia con la que uno no trataba todo el tiempo. Realmente yo los conocí tres meses antes de venir a vivir. Pero siento que el hecho de poder ayudar a mis papás económicamente, el hecho de poder estar con la tranquilidad que me brindaba Colombia, no solamente económica sino también emocional fue una ayuda muy grande para poder sobrellevar todo el proceso que llevó poder venir para acá. Siento que a mí me fue muy bien. O sea, hay mucha gente que ha tenido experiencias como malas, como malucas. Pero, yo siento que mi experiencia con el colombiano en general ha sido muy buena. O sea, siento que Dios ha puesto en mi camino personas de calidad. Ha sido gente como muy bendecida, muy linda, gente que no ha querido como el mal, o no me ha hecho el feo. O de pronto, conociéndome, no ha tenido como esa necesidad de hacer una exclusión”.

Sus abuelos maternos son nativos de Colombia. Y esas raíces colombianas de María José, que influyeron en su crianza y desarrollo, fueron un factor determinante para evitar ese choque cultural por el cambio de país. Ella comenta que sus abuelos se fueron por las mismas razones que ella se vino: comodidad, estabilidad y tranquilidad. “Realmente, no fue algo drástico, porque pues yo venía con una formación si te pones a pensar en una formación de colombianos, porque pues mis nonos. Las costumbres de ellos son de acá de Santander. Mi nono sí, todavía está en Venezuela. Él tiene su propiedad acá pero dice que se siente más cómodo allá. A pesar de la situación, a pesar de todo lo que está sucediendo en el país. Mi nono…y a pesar de ser colombiano completamente, pues, él se siente más cómodo allá, hizo su vida allá y pues allá es donde está”.

Hay un aspecto en el que María José sí tuvo complicaciones, además del acento golpeado de los santandereanos, como ella lo llama,  y fue en la forma en la que se llamaba a ciertas cosas. “Yo siento que me adapté como muy rápido. De pronto la forma del hablado así marcado del santandereano, como golpeado, yo sentía al  principio que me están regañando y ahora yo hablo golpeado. Pero realmente es algo que si usted lo practica todos los días, si usted no escucha todos los días y no escucha un acento que no sea ese todos los días, pues obviamente usted como que se adapta a eso. Ya es algo, pues siento que eso no lo controla uno.
Lo que sí me costaba a veces era entender ciertas palabras. Por ejemplo, la crispeta. Acá se dice crispeta, allá se le dice cotufa. Bueno, el trapero. Allá se le dice coleto y acá se le dice trapero. Acá se le dice tenis a pues, se le dice allá bota deportiva. ¿Sí? O bota. Entonces, por ejemplo, yo acá cuando recién empecé con Jessiel, con mi novio, yo le decía: “No, es que me voy a comprar unas botas”. Y él: “Amor, pero por qué te vas a comprar unas botas si… No, yo siento que tú tienes mucho calor para que te compres unas botas. Más bien, cómprate unos tenis”. Entonces siempre había como ese choque y yo como que “Los tenis, los tenis. Me voy a comprar son unos tenis”. Iba a decir botas y era como que ¡tenis! Son como cosas que uno va cambiando para poder adaptarse al dialecto ese de acá”.

El proceso de adaptación de un migrante no es sencillo. Deben estar moviéndose de lado a lado y muchas veces no encuentran un lugar fijo para echar raíces. Para María José, vivir esto fue de aprendizaje ya que conoció personas maravillosas que la ayudaron a surgir. A inicios de 2019, consigue arrendar un apartamento para ella sola. Sin embargo, esto significaba adquirir más compromisos económicos.

“Pues mis gastos no solamente eran cubrir mi comida, mi arriendo, porque yo también colaboraba con los servicios de allá. Sino también, empezó a ser un gasto mandar a mi papá para las quimioterapias, ¿sí? Pues mi mamá iba hasta la frontera, buscaba la quimio y se la llevaba porque allá no había los medicamentos. Entonces yo lo que hacía era pedir una por medio de una farmacia, otro por medio de la parte de la liga contra en cáncer y otras por medio de un amigo que era hermano de una compañera de trabajo. Entonces como que se conseguían todas las medicinas y yo lograba enviarlas”.

Ese mismo año, su madre y su hermanito se vienen a Colombia a vivir con ella, pero lastimosamente unos meses después su padre muere. María José nos habla sobre esta situación. “Antes de venirme a él lo había operado, pero no sabían que era cáncer. Ya luego fue cuando fue la operación mayor, que fue cuando yo me quedé tres meses allá, y luego quedaron en que lo iban a operar otra vez, pero ya no se pudo porque, pues, no había opción de abrirlo. Ya era como algo que, o se tenían que hacer las quimios o no se podía hacer nada. Se hizo todo lo que se pudo, se invirtió lo que se pudo y Dios ya tenía predestinado que él debía fallecer, que debía irse con él. Ya era el momento. Entonces, pues, falleció y,  bueno, en parte eh…obviamente a mí me pegó muchísimo porque era mi adoración. Mi papá era como wow. Pero, en cierta parte también pienso que fue algo muy bueno, ¿sí? O sea, siento que  para todo lo que él estaba pasando, lo que pasó fue lo mejor. porque fue… obviamente yo no quería que él se muriera es lógico, pero para el sufrimiento que él tenía era la solución perfecta. Para que él no sintiera más dolor.
El saber que él estaba sufriendo, que me dijera “Mamita, ya no puedo más” o cosas así, pues ya para mí era muy duro, porque yo decía “Dios mío, ¿Qué puedo hacer?”, y yo lo intentaba, o sea, yo buscaba por todos lados cómo hacer para que él estuviera bien con todo, mandándole cositas, mandándole detalles. Entonces ya después del fallecimiento la caravana económica y la carga emocional se volvió más liviana”.

De su padre, María José heredó el talento musical. Creció al son de tiples y gaitas. Las notas musicales retumbaban en sus oídos desde muy pequeña. Eso le abrió puertas en muchos escenarios tanto venezolanos como colombianos. Por eso, con alegría habla de sus anécdotas musicales. “Para mi vida siempre ha sido de la música primero sinceramente. Cuando veo las cosas de la orquesta sinfónica y del sistema de orquestas, pues, me lleva a mis recuerdos, ¿no? Cuando viajaba con la orquesta, cuando íbamos a Caracas y hacíamos los montajes con Gustavo Dudamel y, pues, ese sentimiento que tenía uno cuando iba ya a empezar la obra como tal. El sentimiento de cuando el director hace así y ya va a marcar la entrada, y usted siente que entra todo ese gentío a cantar con la orquesta, y usted, la adrenalina, es demasiado brutal”.

En Colombia, desarrollar su profesión musical fue un poco más complicado, pero aun así se encontró con personas que la ayudaron a crecer. En estos momentos, depende económicamente de aquello que ama hacer. “Este trabajo también ha abierto muchas puertas, ¿sí? O sea, también me ha llevado a que mucha gente pues me contrate, a que mucha gente me vea mi talento, ¿sí? Con la mayoría de músicos, bueno pues, con todos los músicos que he logrado compartir ha sido una bendición, porque todos han sido muy chéveres, ha sido pues muy bonito. Ahorita en este momento pues totalmente dependo de la música y trabajo con serenatas, trabajo haciendo bodas, trabajo con el sonido, trabajo donde clases de canto. Esta es como mi principal fuente de ingresos”.

En el amor, María José fue muy afortunada al encontrar un santandereano que desde el primer momento se preocupó por hacerla sentir feliz y amada. Pero, así como la mayoría de mujeres, ignoró las señales de conquista. Y, aunque normalmente suele ser tarde cuando uno se da cuenta,  en este caso el amor triunfó. “Y pues nos conocimos en el taller y como que “hola, ¿Cómo estás? Ta, ta, ta, ta. Pues en el momento yo no, pues no, no pendiente. Pero siempre había como una excusa para salir. Yo no sé, yo no lo veía de esa manera. Yo lo veía como un amigo súper chévere, la verdad. Pero, llegó y, bueno, empezó a salir con una chica, como a coquetearse con una chica, y yo como que bueno, no pasa nada, chévere. Cuando yo llegué él me fue a buscar con la muchacha a un ensayo. ¡No, no, no, no, no! A mí me entraron unos celos, pero unos celos. Yo llegué y me monté toda brava al carro. Y entonces él “pero, ¿Qué tiene?” Y yo “No nada, todo bien” y yo con ella sí como que ish. Entonces él como que “Bueno, está bien” y yo “ay, gracias por traerme. Que esté muy bien. Chao, chao. Que esté muy bien. Chao, chao” y me subí. Entonces, pero ¿Qué tenías?, que no sé qué, ta,  ta, ta. ¡No! y yo arriba mordiéndome de la rabia. Yo “¡este hijuemadre tipo qué le pasa!” Claro, yo al rato reacciono y digo “No, ya va. ¿Por qué estoy haciendo yo esto? y yo ¿Qué es lo que realmente siento?” Claro, me di cuenta que estaba pensando todo el tiempo en él. Él me dice que él le había pedido el favor a ella para pues darme celos”.

Actualmente, María José tiene 25 años. Espera concluir sus estudios en Licenciatura de Música, y más que componer canciones y ser una cantante famosa, cosa que no descarta de sus metas, espera echar raíces en Colombia y lograr emprender no solo en la música sino también en el área textil con su madre. Para ella, su vida es sinónimo de confianza, crecimiento y madurez. Agradece a la vida por todo lo que le ha puesto en el camino.

“Le agradezco a Dios el hecho de poder haber salido. Siento que mi mente se expandió. Creo que he hecho cosas que yo jamás pensé que sería capaz. Todas esas cosas malas que me pasaron fueron  necesarias para ser lo que soy ahorita. El cumplir retos, establecer metas hace que sienta tranquilidad. Siento que eso ahora es parte de mi felicidad”

María José Ramírez Salamanca concluye que su vida se basa en tres pilares fundamentales: Dios, su familia y la música.