Los marcalibros de Alejandro Navas

Realizado por: Camila Del Vecchio Sosa

Un marcalibros sirve para que el lector pueda saber en qué parte de su lectura quedó, sea con el doblez de una esquina de la hoja, un pedazo de papel o un lápiz, todos funcionan para lo mismo, marcar un sitio. 

Alejandro Navas utiliza los libros como ese separador que le ayuda a recordar momentos de su vida. Así como muchos usan la música, las películas o la moda para regresar en el tiempo, Navas viaja a través de los libros, que lo acompañan desde la niñez. 

“Uno cree tener en la vida hitos, sí, e identifica esos hitos como, digamos los motivadores de determinadas acciones, yo tengo algunos hitos. Sin embargo,  yo creo que a mí me empezó a gustar la literatura desde el vientre”.

Acaban de escuchar a Alejandro Navas, presidente de la fundación El Libro Total, la biblioteca virtual más grande de América, y gestor de las operaciones de Sistemas y Computadores, entidad matriz del proyecto del Libro Total. 

Navas es más santandereano que los asados de carne oreada con caldo de cabro, disfruta del tinto, trabaja como un berraco y habla fuerte, con precisión en cada palabra y un vocabulario simple, que suena difícil por la cantidad de términos diferentes que emplea; super poder que ha adquirido a través de la lectura. 

Acostado en su cama, antes de dormir, ya con la lámpara de noche encendida, Alejandro escuchaba a su mamá leerle los cuentos de los hermanos Grim, de Andersen y las poesías de Pombo. Su mamá, argentina, y su papá, un bumangués enamorado de la lectura, tenían a las letras como parte de la dieta diaria de la familia; algo que era extraño en las casas bumaguesas de los 60’s. 

Por más de emprender viajes imaginarios con los libros que le leían en la noche, a Alejandro no le interesó el mundo de la literatura hasta los 10 años, por un castigo que le puso su padre por perder primero de bachillerato. 

Su papá, enojado y frustrado porque sus tres hijos perdieron el año en el colegio, decidió no dejarlos salir de la casa durante todas las vacaciones. Alejandro se pasaba el día sin nada que hacer, aburrido y fastidiado. 

Uno de esos días monótonos, a su papá se le ocurrió que al castigo le hacía falta algo que apoyara con las faltas académicas. Alejandro, tendido en su cama, vio cómo su papá le lanzaba un ladrillo de 3.540 páginas, “El Conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, un clásico de la literatura francesa de 1845. 

“Libro inmenso con hojas de Calcante porque eran las hojas parecidas a las de las Biblias de antes. A mí no me quedo otras cosas que empezar a leer. Era como una especie de castigo porque él me decía: en la noche llegó el trabajo y le pregunto qué ha leído. Después como de la tercera pregunta ya no me volvió a preguntar porque me vio que yo me enganché con el libro”.

Esas 3.540  páginas fueron su inicio en el mundo de la lectura, del cual no tenía un tiquete de retorno. Su pubertad y adolescencia estuvieron acompañadas por Gabriel García Márquez,  Mario Vargas Llosas, Saramago, Balzac, Borges y Dante; con quienes compartió, acostado en su cama, sentado en una silla abullonada o en la biblioteca, horas de sus días. 

Lo único que no soportaba de lecturas en esos años eran los tomos clásicos, que al igual que el Quijote con los molinos de viento,  los veía como gigantes aterradores, aburridos e inentendibles. Además, el colegio incrementó ese fastidio que él sentía por el género al obligarlo a leerlo para las clases. 

“Yo tuve una anécdota con un profesor de español, él nos ponía a leer libros, pero yo nunca leía nada de lo que él nos dijera. Dictando la clase vio que yo estaba distraído y me sacó de la clase, entonces yo me salí de la clase, saqué el pupitre y me senté allá. Seguí haciendo lo que estaba haciendo que era leer; salió el profesor y me dijo usted: “que está haciendo” . Yo le dije, estoy leyendo “La guerra del fin del mundo” de Mario Vargas Llosa, entonces me miró y me dijo: entonces váyase a la biblioteca y siga leyendo”. 

Caminando agarrado de la mano de los libros, Alejandro empezó a considerar la idea de un libro de libros, que Dante, Borges y Derrida le susurraron al oído en varias ocasiones, a través de sus escritos. 

En su adultez, se volvió a cruzar con lo clásicos, pero esta vez tenía una andamiaje fuerte para pararse frente a estos gigantes, entenderlos y comenzar a ver el valor que tienen para la sociedad. En ese momento, seguía con su idea de un libro de libros, y encontró al protagonista de ese libro: la literatura clásica. 

Para ejecutar su idea, Navas tuvo que tener paciencia, graduarse de abogado, escribir libros, seguir leyendo y trabajar en SYC. El Libro Total empezó a marchar cuando SYC adquirió La Casa Del Libro Total, la restauró y la convirtió en un lugar para que las personas pagaran sus impuestos de forma rápida. 

Los Navas, hermanos, padres y primos, comenzaron a escuchar que las personas veían que en los espacios de esta casa colonial quedarían bien exhibiciones de arte, un café, conciertos y  eventos culturales. Todos pusieron sus manos a la obra para transformar el espacio en un ambiente cultural de la ciudad, en el que también podías pagar tus impuestos. 

Al comenzar ese trabajo de responsabilidad social, al padre de Alejandro se le vino a la mente esa idea del Libro de Libros y le propuso que con SYC Editorial, hicieran una biblioteca virtual.

“Mi padre que es el el ideólogo precisamente del libro total, decíamos cómo es posible que se esté perdiendo todo lo que se está perdiendo, entonces empezamos a hacer recuperación de patrimonio cultural, literario, pictórico y musical y dijimos, tenemos la herramienta perfecta: Libro Total y empezamos a migrar todo al libro total, entonces empezó a haber una conjunción entre el libro total y lo que hacíamos en la casa”.

Alejandro ya sabía cuál sería el eje principal, los clásicos, que no solo pegaban perfecto con la casa colonial base de la idea, sino que eran los que permitían que la biblioteca fuese un espacio en el que el lector curioso, como Alejandro, pudiera sumergirse en un libro y otros contenidos que han escrito sobre este. Además los clásicos, se pueden leer en desorden y son atemporales, un tiquete sin fecha de caducidad, despegue o aterrizaje definido. 

Todos los Navas, de acuerdo con la idea de un libro que contuviese todos los libros y que todo se pudiera conectar, idearon el proyecto de responsabilidad intelectual El Libro Total en 2006, una biblioteca virtual que exalta los clásicos y a los lectores que toman como separador de sus vidas a los libros. 

El Libro Total cuenta con más de 80.000 mil obras y fue reconocida por la OEA como la biblioteca hispanohablante más importante del mundo.