Mi vida en una maleta

Realizado por: María Paula Parada

En medio de la cruda realidad del conflicto armado en Colombia. Durante los años 80, más de seis millones de personas se vieron obligadas a huir de sus hogares, para buscar seguridad y una nueva vida lejos de la violencia. 

Este fenómeno convirtió a Colombia en el segundo país con más personas desplazadas en el mundo, según un informe publicado por el Centro Nacional de Memoria Histórica.

La década del 80 fue el comienzo de una de las épocas más oscuras en San Vicente de Chucurí, un municipio ubicado en el departamento de Santander y la cuna del Ejército de Liberación Nacional, ELN. Escenario de combates entre guerrillas y tropas del ejército, territorio de reclutamientos, desapariciones forzadas y masacres perpetradas por paramilitares. 

De 1984 a 2018, los enfrentamientos entre los actores armados dejaron más de 14 mil víctimas, según la Unidad de Víctimas. Esto equivale a casi la mitad de la población actual del municipio.

Este escenario lleno de violencia generó el desplazamiento de más de 9 mil chucureños desde 1985 hasta hoy, según el Registro Único de Víctimas.

Esto convierte al pueblo en el cuarto municipio de Santander con mayor número de personas desplazadas.

Los años ochenta fueron críticos. Las dos sentencias de restitución de tierras proferidas hasta el momento en San Vicente, documentan que los movimientos sociales tuvieron su mayor expresión en esta época, alentados en gran parte por la izquierda.

De allí partieron movilizaciones campesinas populares, que condujeron al Paro Cívico de 1987 y a las Marchas Campesinas de mayo del 88. 

En ese mismo año se dispararon los desplazamientos, con más 500 casos denunciados, una cifra que se mantuvo alta hasta el 2008.

Una de las familias que tuvieron que dejarlo todo y mudarse a otro lugar fue la de Luz Niño, la mayor de sus 4 hermanos y una mujer que desde muy pequeña experimentó una de las etapas más difíciles de la historia colombiana. 

Criada en una finca cerca a San Vicente de Chucurí, disfrutaba de una vida tranquila y cómoda. Su padre trabajaba como carnicero y su familia se sustentaba gracias a la agricultura y el ganado.

 “Recuerdo ser muy feliz hasta los 4 años. Jugaba con mis hermanos, no me preocupaba por nada… Hasta que un día todo cambió”. 

La violencia y el conflicto armado cambió por completo la vida de Luz Niño y su familia. Sembró el miedo y la incertidumbre, no solo en su hogar, sino en todo un país. 

“Fue una de las cosas más difíciles que he tenido que vivir… Para mí fue algo que marcó mi niñez y mi vida para siempre”.

En la década del ochenta, el ejército aumentó su tropa con la instalación del Batallón Luciano D’Elhuyar, ampliamente cuestionado en las versiones de ex paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, en el proceso de Justicia y Paz. Por su presunta complicidad con las autodefensas proclamadas como ‘Los Masetos’, ‘Los Grillos’ y ‘Los Tiznados’.

En las veredas los chucureños eran tildados de ‘guerrilleros’, de manera que, en los noventa los bombardeos fueron más intensos.

“Un día, a las 5 de la mañana una explosión me despertó. Cuando me levanté de mi cama, mis papás estaban muy preocupados en la cocina. Luego de eso, otros vecinos vinieron y les dijeron a mis papás, que en una finca cerca de ahí los paramilitares habían matado a toda la familia, a los obreros que trabajaban allá. Desde ese día, vi cómo mis papás se desesperaron día a día para poder sobrevivir en ese lugar”.

En medio del caos y el miedo, la única salida que les quedó a Luz Niño y su familia, fue dejar atrás su hogar en la finca y buscar refugio en las montañas durante varios meses.

Allí, rodeados por la naturaleza, trataron de encontrar un respiro ante las amenazas de los paramilitares y la guerrilla, sin embargo el miedo era una emoción constante, que nadie era capaz de ocultar.

“Esto… yo como niña, y como pues yo era una de las más grandes, sentía muchísimo miedo. Todos los días veía a mis papás como se desesperaban. Ya no íbamos a la finca, nos quedábamos en la montaña. Porque a toda la gente de ese sitio de San Vicente de Chucurí, mejor dicho, del Carmen de Chucurí… Toda esa gente era amenazada por los paracos, ahí habían paracos, guerrilla…”

En medio de amenazas y el miedo al conflicto, los padres de Luz Niño vivían constantemente bajo presión para proteger a su familia. 

“Mis papás tenían que darles de comer, tenían que darles, legumbres, panela, yo recuerdo eso y para mí ellos eran como si fueran militares, o sea, yo nunca pensé que ellos eran malos, pues porque yo era niña y uno de niño no entiende nada de eso… Hasta cuando ya nos tocó salir de allá.”

Ante el peligro inminente, el desplazamiento forzado se convirtió en una realidad, quienes en 1987 decidieron dejar toda su vida en el campo y todo lo que conocían, para buscar seguridad. 

“Fue una de las cosas más difíciles que he tenido que vivir”

Con tan solo 4 años, la vida de Luz Niño comenzó a cambiar radicalmente, conforme pasó el tiempo dejó de ver el mundo de forma inocente, su realidad se volvió tan fuerte que tuvo que madurar muy rápido.

“Para mí… no sé, me sentía desprotegida. Tenía muchísimo miedo, pues porque ya escuchaba yo de niña ya escuchaba que mataron al vecino, que mataron a los hijos, que violaron las niñas. Entonces algo en mi mente cambio, o sea, yo ya no veía la vida como niña, sino como un adulto bregándose A proteger de que, de que no nos fueran a matar”.

La familia de Luz tuvo que tomar la difícil decisión de huir de San Vicente de Chucurí, en busca de un futuro más seguro. Sin embargo, escapar no fue fácil. Tuvieron que inventarse formas de salir de su pueblo sin ser reconocidos.

“Entonces ponían como panfletos de qué familias estaban buscando y ahí estaban buscando a mi familia. Entonces lo primero que hicimos fue que mi papá se disfrazó. Y salió de del Carmen de Chucurí hasta Yarima, y se resguardó en un hotel a esperar que saliera mi mamá. “

Yarima, corregimiento de San Vicente, también fue testigo de la presencia y actividad de diferentes grupos guerrilleros y paramilitares, que buscaban controlar territorios, recursos y poblaciones para sus intereses.

En 1987, grupos como las FARC, el ELN y las AUC tenían una fuerte presencia en la zona. Durante esta época se desencadenó una oleada de terror y crímenes que comprometió la integridad de estudiantes, trabajadores comunales y campesinos.

En el siguiente año. Habitantes de varias veredas de San Vicente y El Carmen se movilizaron a Llana Caliente para unirse a protestas en Bucaramanga.

Exigían cumplimiento de acuerdos, desmilitarización, cese de la guerra y disolución de paramilitares. 

Lamentablemente, estas manifestaciones terminaron en una masacre perpetrada por grupos armados.

Estas masacres se defendían como una manera de detener o prevenir acciones de protesta relacionadas con grupos guerrilleros. Ya sea su participación directa o su infiltración en manifestaciones organizadas por campesinos o colectivos de otros grupos sociales.

Las amenazas, los enfrentamientos armados y la persecución por parte de la guerrilla, obligó a muchas personas y familias a abandonar sus hogares y mudarse a la ciudad.

El destino final de Luz Niño y su familia era Bucaramanga. 

“Recuerdo que a todos nos subieron en un bus en la parte de encima, y nos trajeron a Bucaramanga, a un parque, no recuerdo bien si era el Parque Santander. Ahí nosotros llegamos con la ropa en un saco”. 

La transición no fue sencilla. Llegaron sin nada. Enfrentando la incertidumbre y la falta de recursos. 

“Mi papá nos dejó en el parque y se fue a buscar un familiar para conseguir un lugar donde dormir. Nosotros duramos todo el día ahí sin comer. La gente que pasaba por ahí nos tenía como lástima me imagino yo, y nos daban galletas, cositas así. Mi papá ya como a las 7 de la noche vino y recogió a mi mama, con un primo”

En Bucaramanga, la familia de Luz se enfrentó a numerosos desafíos mientras intentaban reconstruir sus vidas. 

“No teníamos donde vivir, vivíamos de arrimados donde un familiar de mi papá. Luego mi papá no conseguía trabajo”. 

En medio de la incertidumbre y la falta de recursos, la familia se aferró a la esperanza y la voluntad de salir adelante. Con trabajo arduo y determinación, sus padres lograron conseguir empleo, aunque las condiciones seguían siendo precarias. 

“Vivíamos de verdad con muchísimas necesidades, demasiadas necesidades. Carentes de amor, carentes de alimentos, porque mis papás todo el día estaban ocupados, trabajando, bregando a buscar para que nosotros pudiéramos comer”.

A pesar de los contratiempos, la familia Niño no perdió la esperanza y continuó trabajando incansablemente por un futuro mejor. Su padre, en su afán por sacar adelante a la familia, se empleó en diversas ocupaciones. 

“Consiguió de celador, luego de ayudante de construcción, y al final de lo que mis papás tenían ganado en la finca, un señor le sacó unas vacas y les dieron 200 mil pesos. Con eso mis papás compraron un ranchito, o sea algo en un barrio del norte, era todo encerrado como en tabla, y ahí nosotros llegamos a vivir”.

A medida que Luz y su familia se adaptaban a su nueva vida en Bucaramanga, comenzaron a surgir signos de esperanza.

“Entonces comenzamos a vivir un poco mejor, mis papás ya nos traían mejores alimentos para que cocináramos, entonces ya fue cambiando la vida. Mis hermanos ya crecieron más, todos íbamos a la escuela ya cuando teníamos como 14 años. Ya no teníamos una casa de tablas, sino mi papá hizo una casa de material”. 

La violencia y el desplazamiento dejaron una marca en Luz Niño. Los momentos de privación y escasez fueron cosas que marcaron su infancia. Estas experiencias no solo afectaron su bienestar físico, sino también su salud emocional y su desarrollo personal. 

“Para nosotros la verdad de todas las cosas que yo viví de niña, pienso que me marcó mucho la violencia porque me robó mi niñez. La oportunidad de ser feliz. De ser adulta de 5, 6, 7 años porque me tocaba cuidar a mis hermanos. Para mí una de las cosas más difíciles definitivamente fue esa, porque me robó mi niñez. Nunca pude jugar, nunca pude ser, en sí ser feliz”.

La ausencia de comodidades básicas simbolizaba mucho más que una simple carencia material; representaba la lucha diaria de la familia por sobrevivir en medio de circunstancias extremadamente adversas. La niñez de Luz se vio truncada por las demandas de la vida cotidiana, donde las tareas domésticas y la ayuda a sus padres se convirtieron en prioridades inevitables. 

“Tuve que madurar siendo muy niña porque… Porque me tocaba ayudar a mis papás, a cuidar a mis hermanos, a cocinar, a lavar”. 

En lugar de disfrutar de juegos y actividades propias de su edad, Luz asumió roles de adulto, con menos de 8 años. Enfrentándose a responsabilidades que sobrepasaban su edad. 

A pesar de los desafíos y las dificultades que enfrentó a lo largo de su vida, Luz nunca perdió la determinación de construir un futuro mejor para sí misma y su familia.

“Siempre tuve algo claro en la vida, que fue que… Yo debía de estudiar para salir adelante, he hecho eso, hoy en día soy un profesional, soy profesional, trabajo en una empresa. La vida, pues sí, ha cambiado, pero porque nosotros nos hemos esforzado”. 

A pesar de los desafíos en su camino, Luz logró superarlos y alcanzar el éxito en su carrera profesional. Su historia es un testimonio inspirador de cómo las personas pueden enfrentar y vencer los obstáculos, pero también nos recuerda la dolorosa realidad de la violencia y el desplazamiento que muchas víctimas han enfrentado.