Mónica Dotti, una uruguaya que ve a Bucaramanga como el lugar perfecto para vivir

Por: Yerly Estefanía Meneses, estudiante de Periodismo.

Migrar de un país a otro tiene sus dificultades. En el caso de Mónica Alejandra Dotti la migración a otro país ha sido más que un desafío, una enseñanza de vida. Es una mujer que ha tenidos varias aventuras y experiencias culturales.

Nació en Colonia, Uruguay, pero desde 2006 ha vivido en otros cuatros países cómo Paraguay, México, Honduras y
Colombia. Su trabajo como coaching ontológico es lo que le ha permitido vivir en diferentes lugares y explorar nuevas culturas. “He tenido la oportunidad, por diferentes experiencias laborales, de ir conociendo y absorbiendo de muchas culturas. He vivido en Paraguay, en Honduras, en México y bueno sin duda, en varias oportunidades en este maravilloso país”.

Desde un comienzo, su compañero de viajes fue su esposo, Francisco Moreno, con quién lleva 15 años de casados. Pero, desde 2009 y 2011, sus hijas Giulianna y Angelina los han acompañado y han sido determinantes para la toma de sus decisiones y elegir el país en el que se radicarán. “Hemos sido familia de cuatro viajando por muchos lugares. Estuvimos en 2006 acá, en el 2009, estuvimos en el 2012 en otra temporada viviendo acá dos años. Y a Bucaramanga
por primera vez llegamos en el 2012”.

Durante 2006 y 2009 vivió en Bogotá junto a su esposo y su hija mayor, ambos con nacionalidad colombiana. Un punto a favor que facilitó el trámite de la visa de trabajo y los demás papeles legales para vivir en Colombia. “Por tener una nena acá en Colombia y estar casada legalmente fue muy sencillo. Hicimos los trámites y todo salió muy bien. Después cada tres cuatro años los renovás, sacás la visa y quedás nuevamente como residente. Para ser ciudadana tenés que vivir cinco años permanentemente, con salidas menores a seis meses del país. En esta oportunidad creemos que quizás logremos sacar la ciudadanía”.

En 2010 se mudó con su familia a Paraguay y allí tuvo a su segunda hija. Para 2012 volvió a Colombia, pero en esa ocasión llegó a Bucaramanga. Ciudad en la que vivió dos años. Tiempo suficiente para conocer un poco de la cultura y las tradiciones propias de Santander y del país en general. La tranquilidad, el clima, el tamaño y las oportunidades que encontraron en la capital santandereana fueron los motivos por los cuales decidió llegar a esta ciudad, que de a poco se ha convertido en un lugar encantador y atractivo para vivir con su familia. “Tomamos la decisión de que queríamos una ciudad pequeña, que nos pudiéramos mover bien, que el clima fuera agradable y que tanto a nivel cultural como socioeconómico fuera estable. Entonces nos pareció que esta es una ciudad que lo tiene todo. La gente es sumamente agradable, el clima es perfecto. Y, para el área de la educación con lo que trabajamos es idónea”.

Sin embargo, solo estuvo por dos años. En 2014 vivió en México. Mientras que en 2015 y 2016 decidió irse a Uruguay para que sus hijas aprendieran de esta cultura y a su vez para que entendieran algunas costumbres que tenían en casa.
“Tenía muchas ganas de que ellas conocieran mi cultura. Yo siempre decía ‘están aprendiendo de todas las culturas y quiero que se empapen más de la mía’. Entonces tuve la gran oportunidad de que entendieran la forma de hablar, los gustos, la educación, porqué en Uruguay no se pide el favor y que conocieran esos valores familiares que para mi son tan importantes: el domingo cocinar todos juntos, hacer los tallarines, los rabioles o irte a hacer un asado”.

Desde 2017 volvió a la ciudad bonita y se radicó en el mismo conjunto donde había vivido antes y en el que vive actualmente. En esta ocasión, llegó al país junto a su esposo, sus hijas y su madre. Mónica y su familia se adaptaron rápidamente a la cultura santandereana. Sin embargo, algunas expresiones lingüísticas les costaron un poco más. En especial a sus hijas, quienes en la escuela debían omitir expresiones uruguayas y usar términos propios de nuestra cultura, como pedir el favor o responder “si, señora”. “Una de las palabras que acá llamó mucho la atención, es que la nena decía: ‘Profe, me dice que hay allá arriba’. Y no decía: ‘Profe, por favor me dice que hay allá arriba’. Allá no
pedimos el favor nunca. Es la realidad. Y no le decimos señor y señora a nadie”.

En medio de su adaptación y la de su familia, asegura que no ha sido atacada o rechazada por ser extranjera. Por el contrario, se ha encontrado con gente buena, especial y acogedora. Cosa que ha beneficiado todo este proceso y le ha permitido tener gratas experiencias en el país. “Yo siento que al extranjero se le abren mucho las puertas. La gente, para mí, es muy querida. En el interior, vos entras a la casa del más pobre, de barro, y te brindan absolutamente todo lo que tengas; el café, la almojábana, la aguapanela. La gente es muy querida. Yo a veces escucho a gente que se queja y yo siempre les cuento mi experiencia. Considero que aquí la gente es amorosa”.

Incluso, afirma que el santandereano y el uruguayo tienen ciertas cosas en común que facilitan de a poco su estadía en Bucaramanga. Por ejemplo, resalta que la población de ambos lugares tiene carácter fuerte y son directos al momento de hablar. “Los uruguayos hablamos muchas veces fuerte y no pedimos tanto el favor. Y eso se ha adaptado muy bien porque aquí en Bucaramanga, la gente siento que es fuerte. Imponente diría yo. Entonces por esos lados hemos ido como de la mano”.

Pero a su vez, encuentra varias diferencias que inciden en el día a día. Por ejemplo, la educación de sus hijas. “El sistema educativo para las nenas fue fuerte. Sobre todo, las horas que pasan en el colegio. Allá vas cuatro horas y te vas para tu casa. Yo recuerdo que la nena de segundo (grado) llegaba con una tarea, la desarrollaba sola. No se demoraba más de 15 minutos, cerraba cuaderno y a jugar. Acá no. Acá llegaban del colegio, después de tener ocho
horas de clase, a hacer una troja de tareas”.

También recalca una de las diferencias más notorias entre ambos países: la división de la sociedad por estratos. Una situación que le extrañó mucho y que al poco tiempo entendió. “En Uruguay, yo siento que no se ve es el tema de los estratos. Allá eso no existe. Eso fue una de las cosas que más me choqueó. Yo me acuerdo de hacer entrevistas y las
chicas me decían: ‘bueno, yo vivo en un estrato bajo, pero yo soy así y así’. Y yo dentro de mi decía ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver? ¿Por qué me estás dando todos esos argumentos? Después entendí que se juzga mucho”.

Por el lado de la gastronomía hay muchas diferencias. La forma de preparar, la cantidad de la comida y la diversidad de alimentos varían mucho entre Uruguay y Colombia. “En el tema de la comida hay un abismo total. A mí me cuesta mucho ver los platos con ese montón de variedades. Nosotros si es sopa, es sopa. No hacemos sopa y seco. Nos
encantan las sopas, pero no las combinamos tanto. Comemos como un poquito diferente. Hay algunas frutas que se fueron adaptando poco a poco, porque el lulo, el tomate de árbol y la pitaya no se dan en otras zonas del continente”.

Pese a eso y en medio de su estadía acá, ha quedado deleitada con platos tradicionales como la bandeja paisa, el tamal y el ajiaco. “Me encanta la aguapanela. Me fascina el tamal, la bandeja paisa, la papaya, que tampoco la había probado. El sancocho me ha gustado mucho. Probé lo que es propio de Bogotá, el ajiaco santafereño y me fascina, me encanta y el pescado que hacen en la costa me parece delicioso”.

Pero eso sí, ese alimento colombiano que ya no le puede faltar es la arepa. Incluso afirma que extraña prepararla y comerla cuando viaja a Uruguay. “De las comidas, lo que sí extraño cuando estoy allá o siento que me hace mucha falta, es el tema de las arepas. Me fascinan. Si bien no como muy seguido arepas. Preparo una vez a la semana o cada 15 días, es algo que me encanta. Me fascina”.

Sin embargo, en su día a día aún mantiene gran parte de las tradiciones gastronómicas de Uruguay. Por ejemplo: hacer un asado cada fin de semana y preparar junto a su familia ravioles o tallarines. “El sábado o el domingo, un día es un asado al horno, porque no tengo una parrilla donde hacerlo, con un buen chorizo. Y al otro día del fin de semana, si o si es una pasta casera. Pero una pasta que la elabore yo. Que yo elabore la masa, que yo haga el tallarín o que haga la lasaña, o los canelones, o el sorrentino o el ravioli. Si o sí, no es ni una vez al mes, es una vez a la semana”.

Y eso sí, nunca puede faltar ‘el mate’ que lo toma junto a su madre y sus hijas. “Se apronta el mate, viste que tiene una bombillita, un litro de agua, se calienta y tomas en compañía. Lo tomo todos los días en la mañana y en la tarde. Gracias a Dios tengo a mi mamá que me acompaña en eso, y bueno, mis nenas también. Cuando llueve, mis nenas me dicen: Mamá, mate con tortas fritas“.

Cuando vuelve a Uruguay de vacaciones busca que su familia conozca más de Colombia y Santander. Por eso, reúne a gran parte de su familia para prepararles exquisitos platos colombianos. “Yo ya les preparé: bandeja paisa, arepas rellenas y les fascinaron. Pero me quedé con muchas ganas de prepararles ajiaco. Allá no se consigue la papa criolla que es deliciosa y solo se consigue acá”.

Después de un intercambio gastronómico y cultural, sus familiares afirman que Mónica ha adquirido muchas costumbres colombianas. Tanto así que le dicen que ha perdido el acento uruguayo y usa muchas expresiones de acá.
“Cuando yo llego allá, a mí me dicen que he perdido el acento uruguayo. Que hablo ya muy colombiano”.

Entre risas recuerda una anécdota en el aeropuerto Internacional de Carrasco, en Montevideo, en donde se dio cuenta lo familiarizada que estaba con una expresión colombiana y como la usaba sin darse cuenta. “Llegué a Uruguay y en la terminal había una cafetería, y le dije a la muchacha: ‘Me regalas un café con leche y una empanada’. Y me dijo: ‘Acá no regalamos nada’. Ese es un término que se me había pegado porque acá lo usaba mucho. Después que tuve ese
acontecimiento, como que caí en cuenta y he intentado no utilizarlo. Pero en ese momento se me había pegado”.

Por otro lado, se refirió a la importancia que tiene el deporte en la sociedad como tal. “El deporte en sí me parece que une, que ayuda y transforma, sin duda, sociedades. Desde la parte de la inclusión el deporte es muy necesario”.

Y a pesar de que en Uruguay se practiquen muchas disciplinas deportivas, resalta que allí el fútbol tiene un valor especial. Además, que cree que ese seleccionado nacional refleja mucho lo que es el uruguayo. La fuerza, la garra y el ir por todo no es solo un estilo de juego de una selección. Es la identidad de los habitantes del país ‘Charrúa’ que desde muy niños inician a jugar a la pelota. “El uruguayo es así. Es fuerte, es de frente, es imponente y lucha por lo que quiere. A veces es demasiado impulsivo y en eso el maestro Tabarez a trabajado mucho. Lo más normal es que un nene tenga cuatro años y con un calor tremendo o un frío de bajo cero, vaya a practicar. Y en todos los barrios hay un club que apoya al deporte para que todos los niños puedan tener acceso a ‘Babyfútbol’. Y creo que por eso Uruguay exporta y saca tantos jugadores”.

Para Mónica Dotti vivir en este país ha sido una gran experiencia. Conocer a los colombianos, disfrutar sus tradiciones y visitar diferentes lugares le han permitido corroborar que es un país alegre. Pero a su vez, cambiar esa imagen negativa que tenía de Colombia, antes de venir por primera vez. “De Colombia siempre se escucha que es un país muy contento, muy alegre. Por supuesto tiene un estigma. Pero después de vivir aquí, de recorrer este territorio por
muchos ángulos: Medellín, Cali, Bucaramanga, Boyacá, todo lo que es la costa, todo el eje cafetero, realmente creo que he explorado bastante y me siento muy segura en este país. Muchísimo más segura que quizás en otros países que he tenido la oportunidad de vivir”.

Además, recuerda el miedo y la angustia que tenían sus familiares al saber que viviría en Colombia. Un país que a nivel mundial era reconocido e identificado por la violencia y que no parecía ser un destino adecuado para migrar. “Yo recuerdo muchísimo que cuando le conté a mi familia que me venía a vivir acá les daba miedo. Uno cree que la violencia está por todas partes. Uno viene con unas expectativas de cuidado. No quito que hay que andar con cuidado por el robo. Y, hoy en día que se ha incrementado y todo. Pero realmente, yo creo que el conflicto y la violencia esta adentro, en la selva. Por eso, siempre invito a todo el mundo a que venga y lo recorra porque me parece bellísimo”.

Pese a esto, la perspectiva de sus familiares sobre Colombia cambió, luego de que tuvieran la posibilidad de visitar y conocer Bucaramanga en varias ocasiones. Incluso, se fueron enamorados de la ciudad, de la gente y de su gastronomía. No ven la hora de volver y conocer más lugares de Santander. “Mi mamá ya había venido en otras oportunidades. Vino a pasear, a conocer un poco de la costa aquí y de la zona de Boyacá. Todos sus hermanos ya han venido. En ese año 2019 estuvieron todos. Vinieron también amigos míos. Así que tengo la grata experiencia de haber podido mostrar bastante de este país y todos han quedado enamorados. Ya unos están deseando poder sacar pasajes para regresar ahora a fines de octubre o noviembre”.

Al igual que su familia, Mónica Dotti se siente feliz y muy cómoda en la ciudad. Además, reconoce que hasta el momento la capital santandereana es el mejor lugar para desarrollar sus proyectos profesionales y brindarle una buena calidad de vida a sus hijas. “Me siento a gusto con lo que estoy viviendo en Bucaramanga. Es donde quiero estar,
porque es donde quiero que mis hijas, en este momento, crezcan. Considero que la calidad de vida acá es muy buena y siento que estamos bien. El Uruguay en el que yo volví hace dos años no es el Uruguay en el que yo me fuí en el 2006. Bueno, la educación es gratuita y podés tener salud gratuita, pero los costos son muy altos. Y, la inseguridad
de delincuencia común creció muchísimo”.

Sin embargo, no sabe que le depara el futuro. Junto a su esposo no cierran la posibilidad de migrar nuevamente a otro país y vivir nuevas experiencias. “Yo siempre digo que nosotros somos viajeros. Me gustaría tener otras experiencias, pero quizás cuando mis nenas ya estén un poco más grandes. Pero por el momento sí quedarnos acá”.

Por el momento, Mónica, su esposo y sus hijas quieren seguir viviendo en Bucaramanga. Como papas consideran que es el mejor lugar para que sus hijas crezcan, estudien y formen sus amistades. “En este momento se quieren quedar acá, y fue una de las decisiones por la que queremos establecernos. Hemos viajado mucho con ellas de chicas. Siempre vamos los cuatro para todos lados. Entonces, consideramos que, por su estabilidad, en esta edad son muy importantes sus amistades, sus iguales y sus raíces. Incluso, decidí volverme a este mismo conjunto porque ellas ya habían generado unos lasos de amistad. Y la educación que le quiero dar a mis hijas creo que aquí se desarrolla muy bien”.

Pero cualquier cosa puede pasar. Esta feliz de vivir en Bucaramanga, pero es consiente que sus proyectos profesionales la pueden llevar a vivir nuevas experiencias y conocer más países.

De momento seguirá en la capital santandereana junto a su familia. Continuará con sus estudios virtuales de psicología en la Universidad Internacional de la Rioja y buscará implementar más proyectos educativos y tecnológicos en las escuelas de la ciudad y de los pueblos aledaños.

“Luego de terminar la carrera, poder el año que viene, ponerme firme a llevar esos proyectos a nivel educativo. Con mi esposo estábamos trabajando donde se le pueda llevar a los chicos diferentes realidades a través de, por ejemplo, robótica para ver el sistema nervioso, conocer las células, ver lo que es el mundo marino o la parte de astronomía como ya trabajamos a través de lentes 3D, diferentes dimensiones. Todo lo que tenga que ver con tecnología y realidades aumentadas”.

No sabe que pueda pasar en unos años, pero está feliz en el país que le abrió las puertas y que rápidamente se robó su corazón. Tanto así, que tiene en mente adquirir el pasaporte colombiano junto a su hija menor, que es paraguaya. Pero es una decisión que de a poco irá teniendo una respuesta. Por el momento espera que su familia y amigos
puedan venir a visitarla o que ella pueda viajar a Uruguay, para reencontrase con sus demás familiares y así prepararles unas buenas arepas.