Personajes – Adela Manrique, la abuela de los aguacates

Realizado por Silvia Gómez, estudiante de periodismo

Entre el ruido de los buses y de las personas que pasan de derecha a izquierda y de arriba abajo vendiendo o comprando se encuentra Adela Manrique Páez, una mujer de 66 años que se ha dedicado por casi 40 años a vender los mejores aguacates del centro de Bucaramanga.

Adela nació en Puerto Wilches,pero a los pocos días de nacida tuvo que huir a una finca en Tibú, un municipio que queda a casi cuatro horas de Cúcuta, pues su papá había sido amenazado por la guerra bipartidista de ese momento. “Cuando hubo guerra sacaron a mi papá, la guerra de los chulavitas, contaba mi papá que lo habían corrido de allá y por eso nos fuimos a vivir a Cúcuta y yo era una bebé recién nacida”

No le gusta hablar mucho sobre su infancia, pues cada vez que lo hace sus ojos se le llenan de lágrimas, así que se limita a resumir en que fue triste. “¿Mi infancia? Mi infancia fue muy mala, fui criada con una madrastra, maltrato infantil, violación”. 

De sus 8 años hacia abajo no recuerda mucho y cuando cumplió esta edad comenzó a trabajar como empleada de servicio en algunas casas de Cúcuta. “Yo no tuve infancia, cuando uno media crecía lo ponían a trabajar. Yo no alcanzaba ni el lavaplatos. Uno se la pasaba muy triste porque estaba con gente que no conocía ni nada”. 

Mientras a sus hermanos los separaron llevándolos a diferentes partes del departamento.”Cuando nos vinimos de la finca nos separaron a todos. Mi hermano vivía en el Putumayo,  porque unos señores se lo llevaron para allá para el monte y hasta ahora nos conocimos. Eso fue una cosa hermosa en el Hospital de Tibú, donde yo fui a recogerlo porque como ya no sirve, lo echaron de la finca. Tengo otro hermano que vive en Cúcuta, el mayor, y tengo otra hermana que vive en Palmira, Valle. Somos cuatro hermanitos, todos vivimos pero estamos separados porque de pequeñitos nos separaron y fue una cosa hermosa. Fuimos Rosa, Pedro y yo y nos encontramos en Tibú hace dos meses porque a él lo hospitalizaron en Tibú”. 

En una de estas casas, gracias a la solidaridad de las hijas de sus patrones, aprendió a leer y a escribir. “A la edad de ocho años me llevaron para Cúcuta, me internaron en una casa de familia. Ahí aprendí a leer y a escribir porque cuando yo estuve trabajando donde doña Olga y ella tenía siete hijas, y de las siete, dos iban para reinas de belleza allá en Cúcuta, entonces ellas me enseñaron a leer y a escribir”.  

A los 16 comenzó a trabajar en una bodega en la que conoció a su primer esposo. “Hasta que tuve 16 años porque el dueño de ahí tambien me iba a violar, y la señora se dio cuenta y me sacaron. Me fui a trabajar  a una bodega, que en Cúcuta es un lugar donde venden mercado y medicamentos. Después nos tocó irnos para una casa de la misma familia en la que me pusieron a vender droga, yo no sabía que era droga, a mi me pusieron a vender las pastillas de mejorar, pero era droga. Y ahí yo conocí a un muchacho de la misma edad mía y nos fuimos a vivir, con él fue que tuve tres hijas. A Yaneth Cristina la tuve a los 27 años, a Leidy Johanna a los 30 años y a la otra la tuve a los 42 años.

Y aunque se hayan separado hace tanto tiempo, han mantenido la comunicación y tienen una buena relación. “Con el primer esposo sí yo me hablo, cuando él viene a Bucaramanga a visitar la familia, pasa por acá y me saluda normal, como la mamá de sus dos primeras hijas. Él se casó y con la que ahora es la esposa tiene dos varones entonces para que no se repita la historia de que los hermanos se enamoran”. 

Durante los 6 años de relación tuvo sus dos hijas y comenzó a trabajar como vendedora ambulante hasta que fue víctima de un atraco. “Yo me puse a trabajar como vendedor ambulante como a los 30 años, allá vendía pollo y pescado que contrabandeaba en San Antonio y una vez nos atracaron, a mi me robaron todo, me tocó prestar $50.000 en ese entonces y todavía los debo”

En su segundo hogar tuvo otra niña  que nació en Bucaramanga en 1986, el mismo año del atraco, ya que le ofrecieron una oferta de trabajo a la que no pudo acceder. “En 1986 me vine a vivir a Bucaramanga, cuando una tenía 6 y la otra 8 años. A mi me trajeron engañada porque me dijeron que fuera a trabajar a Telecomm en la 18 con 35, y como yo sabía cocinar y les gustaba mi sazón, entonces me engañaron y me dijeron que me iban a dar un trabajo allá como cocinera y para atender la cafetería de adentro. y cuando llegué, por no tener estudio no me dieron el trabajo y eso nunca me lo preguntaron antes. Pero yo le doy gracias a Dios porque medio esa salida para acá porque allá en Cúcuta no sé qué hubiera hecho. En cambio acá me independicé, llevé mucho del bulto al principio como todo mundo que no conoce una ciudad. 

Aunque Adela llegó a Bucaramanga sola, su segundo esposo vino a buscarla y decidieron intentarlo de nuevo. “Allá en Cúcuta conseguí otro hogar, donde peleamos y yo me vine a vivir acá, por la oferta de trabajo que me daban, en 1986. Después de eso vino mi segundo esposo, él me busco y nos reconciliamos, tuvimos una vida bonita, pero ahí tuve a mi tercera hija a los 43 años. Yo con él viví 25 años y  nos dejamos porque él eligió la vida de la calle, él se volvió indigente. Aún vive, le dio trombosis parcial dos veces y quedó paralítico como un vegetal, yo no lo cuido porque yo ya no vivía con él y a mi no me queda tiempo para cuidarlo, a él lo ayuda su hijita, la hija menor  que tuvimos”. 

Después de un tiempo de no encontrar trabajo aparecieron Capulina y El Grillo, como ella les llama, dos amigos que también son vendedores ambulantes, le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. “Con los centavos que tenía ahorrados, cuando eso eran como 20 mil pesos, sobreviví y busque una pieza en arriendo, me costo dos mil pesos y cuando ya vi que no tenía ni mercado ni nada y me daba pena con los vecinos que me regalaban comida, me puse a buscar trabajo. Como nadie me dio trabajo por no tener estudio, entonces me tocó ponerme a ayudarle a un señor, en ese entonces, a vender aguacates. Ahí fue donde empecé la venta de aguacates, porque “Capulina” y “El Grillo” me ayudaron con la venta de aguacates y me daban trabajo, me pagaban 500 pesos diarios”.

Y hace más o menos 20 años, “La abuela de los aguacates” como le gusta que le digan comenzó con su propio negocio.  “Cuando empecé con mi propio negocio, hace un promedio de 20 años, un muchacho nos da, nosotros le pagamos le abonamos y él nos va dando carga, esa me la dan a crédito y a medida que voy vendiendo voy pagando porque el aguacate es un artículo que vale mucha plata”

Adela dice que se siente muy feliz de vender en la calle y  que lo que más le gusta son sus clientes, pues disfruta venderles un buen producto para que vuelvan. “Yo vivo muy contenta acá en la calle vendiendo aguacates, me gusta mucho porque les digo a mis clientes que aprendan a conocer el aguacate y ellos dicen que no, que ellos van y compran en otro lado y les sale malo, y yo les digo que no porque aquí el que trae aguacates es un sólo señor. Los niños de Financiera me compran, Comultrasan, Banco de Bogotá, de todos esos lados me compran”.

Además cuenta que le gustaría tener un puesto de helados también, ya que tiene conocimiento de cómo hacerlos. “Me gustaría poner una venta de helado pero la gente es muy molestona por la vaina de la pandemia, dicen que no, que por el virus que le caen, pero a mi toda la vida me gustó poner una venta de helado porque sé preparar las canastas, sé preparar todo eso”.

Y lo que menos le gusta es cuando las personas le hacen reclamo cuando los aguacates les salen malos, pues ella siempre ofrece cortarles una parte para demostrar que están en su punto. “Cuando salen malos, salen feitos,  yo trato de darle otro después para no correr al cliente. La gente es inconsciente, porque a veces salen dañados y uno no tiene la culpa, como el señor de ahorita dijo “No me los destape” y yo le digo no venga se lo destapó para que vea que salen buenos o a veces ellos llegan, escogen y dicen ¡Ay, me salieron duros! ¡Me salió tieso o me salió fibra!, ahí uno no tiene la culpa”.

Aunque hay ocasiones en las que “la abuela de los aguacates” quisiera quedarse en su hogar, su mayor motivación es terminar de pagar su casa y hacerle algunas modificaciones, por eso todos los días sale a trabajar. “Yo vivo muy feliz, yo madrugo a trabajar en la mañana, por ahí hasta las tres guardo y me voy para la casa. Pues yo quisiera quedarme en la casita a ratos cuando llueve mucho, pero usted sabe que la necesidad, todavía las deudas me acogen, pagar la casa, acabar de pagar la casa y meterle un arreglito porque está toda feita”.

Finalmente Adela cuenta que se siente muy mal con los comentarios discriminatorios que recibe y trata de enfrentarlos gritándoles. “Se siente uno mal,  muy triste, acá se burlan de uno y lo  tratan mal, igual que en la bodega porque allá es donde guardamos bastantes vendedores. Yo peleo con ellos, los trato mal, les digo que le agradezcan a Dios que ellos tienen papás que les han dado estudio y todo eso, porque si yo tuviera estudio, yo no sería vendedora ambulante. Y vea le di estudio a mis hijas para que no fueran como yo”.

La historia de Adela representa la de muchas personas mayores que han llegado a Bucaramanga con diferentes tipos de abuso en su infancia y sin educación en busca de oportunidades y ven como única salida ser vendedores ambulantes, un trabajo que no les brinda estabilidad económica pues si no trabajan, no comen.