Resiliencia y coraje, la historia de Maria Ester

Realizado por: Javier Pineda

En el corazón de Bucaramanga, entre las calles vibrantes y el bullicio de la ciudad, se esconde una historia que teje los hilos del dolor y la esperanza. Es la historia de María Ester Martínez, una mujer de 56 años, nacida en el sur del Cesar, en el municipio de  Gamarra. Una historia marcada por el desplazamiento forzado, la violencia y la lucha incansable por un futuro mejor.

Era el año 2006 y la violencia azotaba Gamarra, dejando un rastro de dolor y miedo. María Ester, con el corazón roto por la pérdida de su esposo y el temor por sus dos pequeños hijos, tomó la difícil decisión de huir. Subió a un autobús con rumbo incierto para ella, buscando un refugio lejos de la barbarie.

“Me vine desplazada por la violencia, por todas las cosas feas que se vivieron, en el 2006, muy asustada después de que mataran a mi compañero”.

El destino la llevó a Bucaramanga, una ciudad desconocida que prometía oportunidades. Sin embargo, la realidad la golpeó con dureza. Llegó al barrio Colorado, en el norte, con sus hijos, sin un lugar donde dormir. La noche cayó y la desesperación se apoderó de ella.

“Llegué a una cantina con mis dos hijos. Tenía uno en brazos de ocho meses y  el otro tenía tres añitos, fue muy duro. Pues una señora no sabía dónde posar con mis hijos donde estar. Y una señora muy gentil me dio alojamiento. Dormimos en un asiento, pero bajo techo”.

Al día siguiente, María Ester se armó de valor y emprendió la búsqueda de un hogar. Encontró una pequeña habitación en el barrio Los Nogales, donde comenzó su lucha por la supervivencia. Trabajaba en todas las labores que se le presentaran, buscaba oportunidades y tocaba puerta tras puerta con tal de no dejar sin comer a sus hijos.

“ Luego conseguí por los nogales ahí. Una habitacioncita. Comencé a la vecina le lavaba los trastes, la ropa por comida,  Luego viví momentos muy difíciles, muy críticos con mis pelos, la gente dudaba,  No querían darme empleo. No sabía que hacer con mis hijos”.

Un día, en medio de su búsqueda incansable, María Ester encontró una oportunidad trabajando en el centro en un negocio de fritos donde ayudaba a cocinar y a vender. En ese momento a pesar de lo difícil que estaban las circunstancia, Maria Ester pensó que por fin todo iba a mejorar, y es que su historia de valentía y resiliencia apenas comenzaba.

“Bueno, comencé,  trabajando ahí. Ya me fui. Me sentí más estable, Un día cualquiera se volteó el caldero y me cayó en el pie izquierdo. Pues tuve una quemadura de segundo grado, pero como necesitaba trabajar, llevar el sustento. Yo no, no tenía medicina, No tenía médico, pero la herida me seguía doliendo y cada día peor”.

La gravedad de la quemadura obligó a María Ester a ser trasladada de urgencia al hospital. La angustia se apoderó de ella, no solo por el dolor físico, sino también por la preocupación por sus hijos y la incertidumbre sobre su situación económica.

“Ya llegó un punto que que no me cicatrizaba, que no podía andar, que me vendaron. Y fue donde ya como pude, pues fuí a un hospital. Y ahí ya me reconocen que tengo azúcar y que, pues no, obviamente no podía trabajar. Porque, estuve a punto de perder el pie, me iban a cortar el pie a amputar la pierna y mis dos niños pequeños sería,  la angustia, esa esa cantidad de oraciones que le imploraba a nuestro señor Jesucristo”.

Mientras María Ester yacía en la cama del hospital, luchando contra el dolor y la incertidumbre por su pierna, su mente se inundaba de imágenes de sus hijos. La culpa la carcomía al pensar en ellos, solos y desamparados, sin su madre para cuidarlos y proveerles el sustento diario.

“De verdad que tuve unos momentos muy, muy difíciles, pensando en mis hijos, el no poder trabajar, fueron muchos días que mis chiquiticos se acostaron, con un almuerzo, muchas veces con solo arroz, muchas veces sin nada”

Tras semanas de hospitalización y dolorosas curaciones, María Ester inició el largo camino hacia la recuperación. La rehabilitación era lenta y exigente, pero su determinación, el amor por sus hijos y fuerza de voluntad la impulsaban a seguir adelante.

Finalmente, María Ester pudo regresar a su hogar. La alegría de volver a estar con sus hijos y retomar su vida era inmensa. La experiencia la había marcado profundamente, pero también la había fortalecido y le había dado una nueva perspectiva de la vida.

“Vivo muy agradecida con esta ciudad porque después de tantos sufrimientos, tantos padecimientos, un tiempo tropecé con un sacerdote de la ciudad del niño. Estuve allí con mis hijos, trabajaba hacía aseo y eso me  ayudó mucho a yo tener una estabilidad por un tiempo”.

Las cicatrices físicas y emocionales del accidente quedaron grabadas en la memoria de María Ester. Sin embargo, estas marcas también se convirtieron en un símbolo de su fortaleza, resiliencia y capacidad para superar las adversidades.

“Pues hoy, gracias a Dios hago aseo, vendo revistas, vendo tinto, soy de todito, pero esta ciudad me acogió y mis hijos en la actualidad están en el Sena, estudiando y ya me ayudan a trabajar. Están adelantados en carreras técnicas. Estoy tranquila, feliz y agradecida con Dios. Y uno, nunca esto uno nunca debe perder la esperanza, la fe, porque después de tanto sufrimiento tanto padecer hoy puedo contar esta historia”.

La historia de María Ester es un testimonio inspirador de la fuerza del ser humano para superar las adversidades. Su lucha incansable por recuperarse y seguir adelante a pesar del dolor y la incertidumbre nos recuerda que la esperanza siempre puede florecer, incluso en los momentos más oscuros.