Una mujer de negocios

Por: Andrés León

Levantarse a las 4 de la mañana. Alistarse y uniformarse. Recorrer varios kilómetros junto al frío del crepúsculo gironés. Preparar la masa. Limpiar su puesto de trabajo. Poner a calentar el aceite. Amasar una y otra vez hasta lograr la consistencia necesaria. Armar los buñuelos y churros del día. Encomendarse a dios y esperar a que el primer cliente aparezca.

Esta es la rutina que durante 15 años ha seguido Luz Marina Saavedra, una santandereana oriunda de Onzaga, criada en la vereda Padua y residente de Girón que ha dedicado gran parte de sus 55 años a los negocios, pero no de oficina y abogados, sino de fe y esfuerzo.

Luz Marina llegó a Bucaramanga con tan solo 8 años, y aunque se supone que los niños no deben trabajar, desde que tiene memoria se ha ganado las cosas con su propio sudor, pues nació en un hogar humilde donde las únicas dos opciones eran laborar o no comer.

“Había que buscar la leña, había que ayudar con los pollos, había que hacer todo eso. Y mi edad era de seis, siete, ocho años, y pues yo les colaboraba a ellos”.

Alimentando vacas, criando pollos e incluso cocinando Luz Marina se ganó su comida y ropa desde que tiene memoria en la finca de sus abuelos en Padua. La vida en el campo no es nada fácil actualmente, y tampoco lo fue mientras ella vivió en esta vereda, donde como muchas otras no llega el Estado que hoy, como en los años 80, tiene a los campesinos casi regalando
lo que tanto les cuesta producir.

Fue la escasez del paisaje rural la que trajo a Luz Marina a la capital, donde residía su madre, con quien nunca tuvo una relación amorosa e ideal.
María Benigna Saavedra era una mujer cabeza de hogar que se dedicaba a trabajar en casas de familia haciendo varios oficios. A sus hijos los dejó con sus papás para poder viajar a la capital santandereana en busca de un futuro mejor. Luz Marina recuerda a su madre como una persona no muy cariñosa pero responsable, quizás fue de ella de quien sacó el talante que
la llevó a los 9 años a trabajar también en una casa de familia en la misma ciudad que su madre, pero lejos de ella.

“Ahí me ‘amañé’ porque me fueron colaborando y ahí ya fue más suave la vida”.

Sin embargo, para Luz Marina el trabajo no lo es todo en la vida. Hoy en día recuerda lo mucho que le gustaba estudiar, y las dificultades que tuvo que sortear para poder hacerlo, pues los lapiceros rojo, azul y negro que le pedían en la escuela no podían ser parte del presupuesto familiar.

“De repente dijeron mis tíos “escríbale a su mamá, hágale usted misma una carta para que le mande para lo del estudio”, y, pues, realmente ella acá se rebeló y dijo “plata no hay pa’ mandarle”. Entonces a ella le sugirieron “pues vaya y tráigala, venga y la ponemos a trabajar acá y que se pague el estudio””.

El gusto por aprender de Luz Marina le ha servido para todo en la vida, pues aunque tuvo que pausar su primaria mientras se mudó a Bucaramanga, y hacer su bachillerato en la jornada nocturna para trabajar mientras había sol, aprendió todo lo que necesitaba para mantener una
casa en orden, se volvió diestra en el arte de la costura y tiene más conocimiento que cualquiera cuando de cocina se trata. Sus habilidades culinarias la llevaron a tener un negocio ambulante de empanadas y limonada el día que su esposo, Moisés, fue despedido de su
trabajo de celador.

“Pues se podía vender limonada por la calle y se animó, y, pues, era un trabajo que él nunca había pensado, pero lo animaron los amigos y a mí también una amiga me animó, y nos conseguimos un triciclo y ahí salía con su limonada y sus empanadas”.

Antes de tener su puesto de buñuelos y churros en la Casa de Mercado de El Poblado, Luz Marina también incursionó en la venta de ayacos. Este manjar criollo envuelto en hoja de plátano y relleno de pollo, carne y hasta garbanzo fue el que le permitió celebrar la primera comunión de su hijo menor, David.

“Queríamos celebrarle la primera comunión y yo dije “quiero hacer fiesta porque va a recibir al señor”, y, pues, no había plata, entonces me dediqué a hacer ayacos y eso fue rapidito que levanté, e hicimos una reunión muy bonita por la primera comunión del niño. Y ahí seguí con ese negocio durante siete años”.

Este negocio fue próspero en las manos de Luz Marina y ponía en su mesa la comida necesaria mientras sus dos hijos, David y Lizzeth crecían; sin embargo, tuvo que dejarlo porque ya no era rentable.

Los negocios que ha tenido doña Marina, como la conocen en la Casa de Mercado, han tenido su tiempo de auge, pero casi todos han sido reemplazados cuando se ponen difíciles o cuando sale uno mejor. Este fue el caso de su venta de ropa tejida, que inició con la máquina de tejer
que recibió como liquidación el día que salió de la casa de familia donde trabajó durante sus primeros 11 años en la capital.

“Mi liquidación fue una máquina de tejer con la cual me dediqué a trabajar en la casa. Me dio tiempo de mensajera y me dio tiempo en la casa cuidando a la niña y después el niño y tejiendo. Donde yo compraba los hilos me daban muy buenos créditos y yo hacía mercancía y salía y la ofrecía, y se vendía también a crédito y ahí íbamos saliendo”.

Fue en este trabajo donde conoció a su esposo. Luz Marina acostumbraba a visitar a sus abuelos en Padua cada dos años en sus vacaciones, y en una de tantas visitas se reencontró con algunos viejos amigos.

“Tuve la oportunidad de volver a la finca donde había nacido y por allá nos reunimos con algunos paisanos y allá me encontré con un muchacho que había conocido y había estudiado conmigo cuando era niña”.

Este muchacho veinteañero recién salido del servicio militar la convenció para que se lo trajera a la capital con ella y lo ayudara a encontrar un trabajo con el que pudieran independizarse y formar un hogar.

“Una semana de amistad y tal, y fue para mí una sorpresa cuando él decidió venirse para la capital conmigo; sin embargo, hablamos todo el camino. Hablamos mucho, nos conocimos, actualizamos todas nuestras realidades, y me enteré que él en Bucaramanga no conocía a nadie y yo dije “Ah, juepucha, llega a Bucaramanga y a dónde va a llegar””.

Pasaron dos años para que la pareja de novios pudiera casarse e irse a vivir juntos como lo habían planeado. Desde entonces se han dedicado a trabajar juntos como si de una misma persona se tratara. La venta de empanadas, los ayacos, incluso la ropa que Luz Marina hacía con telas compradas y vendidas a crédito, fueron negocios en los que los dos hicieron su
mayor esfuerzo juntos, y con esa unión de vidas y sacrificios criaron a sus dos hijos, a quienes les han inculcado desde el primer día el hábito del trabajo honrado.

“Dios nos ha premiado porque nuestros hijos salieron muy juiciosos”.
Gracias a su habilidad para los negocios, Luz Marina pudo cumplir en sus hijos uno de sus más grandes sueños jamás hechos realidad. Cuando tenía 20 años y su título de bachiller, su mayor ilusión era entrar a la universidad, pues la pasión por aprender que la acompañaba desde niña tenía como meta una carrera profesional con la que pudiera lograr su
independencia en todo sentido. Sin embargo, los sueños muchas veces tienen precios que el bolsillo no puede costear, y este fue el caso de doña Marina.

“Estuve tocando puertas en varias universidades pero fue difícil por falta de apoyo económico. Mi mamá no podía, a mi padre yo no lo había conocido, y, pues, yo dije “bueno, hasta ahí dio mi estudio”.

Pero esa puerta que se le cerró a Luz Marina en su juventud solo hizo que tuviera claro que quería ver a sus hijos graduados de la academia, y está a punto de lograrlo.

“Ellos estudiaron, entraron a la universidad. Gracias a dios juntos van a ser profesionales”.

Luz Marina Saavedra ha tenido aciertos y derrotas en todos sus negocios, y siempre ha aprendido de cada uno. Junto a su socio, Moisés, y sus dos accionistas, Lizzeth y David, ha acumulado conocimiento y pericia para saber llevar las riendas de su puesto de buñuelos y churros. No importa que sean alimentos de época decembrina, en el puesto de doña Marina y
don Moisés hay clientes todo el año. Todo aquel que entra a la Casa de Mercado es conducido hacia ellos, y se va satisfecho, ya sea que compre un buñuelo de 200 pesos, varios de 500 y mil o churros de dos mil pesos.

“Y él es el que nos ha ayudado bastante a salir adelante y para apoyarlos a ellos en la universidad y en lo que están estudiando ahorita. Económicamente ahorita tenemos una vida más o menos balanceada”.

Sin duda alguna, la comercializadora de churros y buñuelos es el negocio más próspero de doña Marina.

“Vivimos muchísimo mejor, con un poquito más de comodidades, muchas satisfacciones porque, pues, el esfuerzo que hemos logrado hacer durante este tiempo ha sido muy satisfactorio, y ahí vamos. Hoy en día pues ya tenemos muchísimos años (se ríe)”.

Gracias a la perseverancia que caracteriza a esta onzagueña hoy en día puede decir que tiene su propio apartamento, un carro, y la estabilidad económica con la que soñaba desde que era una niña y su madre se quedaba con los 100 pesos que ganaba limpiando casas y cocinando
para extraños.

Doña Marina no sabe por cuánto tiempo continúe con su negocio de churros y buñuelos, de lo que sí está segura es de que todo lo que tiene hoy es la recompensa de dios por una vida de esfuerzo y sacrificio, y dice que seguirá trabajando hasta que él le dé salud, pues, sin importar cuánto tiempo pase, siempre será una mujer de negocios.